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Por: Alejandro Vizcarra Estrada Al llegar al ISSSTE fui atendido por la Coordinadora de Trasplantes, licenciada Gloria Pulido Preciado, junto con los doctores Ismael González Contreras y Jorge Martínez Ulloa quienes luego de recibirme (muy amablemente), me hicieron una valoración física. Mostré exámenes de laboratorio, así como diagnósticos de nefrólogos y cardiólogos a quienes había consultado previamente. Les di a conocer a los cirujanos que un servidor buscaba ser integrado a la lista de espera para ser trasplantado pero que además buscaría un donador vivo, relacionado conmigo o no. No tenía pensado llevar a cabo el Programa de Diálisis por los efectos que tendría en mi cuerpo: disminución de mi expectativa de vida, deterioro de órganos y estar buena parte del tiempo pegado a una máquina. Sin olvidar los efectos secundarios como mareos, vómitos y debilidad. Mi decisión era trasplantarme a la brevedad, fuera con donador vivo o cadavérico.
Los trasplantólogos González y Martínez Ulloa me entregaron una serie de órdenes para visitas a médicos y laboratorios. Me hicieron saber que aún cuando cumpliera con todos los requisitos necesarios para ser trasplantado la operación sería de alto riesgo, pues de acuerdo con su valoración médica, yo presentaba múltiples problemas de salud: hipertensión, diabetes, alto grado de colesterol y mi edad (65 años). Además, hace diez años sufrí un derrame cerebral, y aunque lo superé satisfactoriamente esto no dejaba de ser un punto en mi contra. Así las cosas, inicié mi protocolo de trasplante. Por ello, tuve que visitar a un equipo multidisciplinario: neurólogos, nefrólogos, cardiólogos, dentistas y psicólogos, entre otros profesionales de la salud.
Cada especialista que visitaba, algunos en el ISSSTE y otros más en consultorios o clínicas particulares, me ordenaba diversos estudios de laboratorio, pues para poder acceder a la cirugía de trasplante es necesario estar totalmente exento de de infecciones. Una simple gripe puede retrasar la operación, es más, cualquier infección puede ser muy peligrosa para el paciente trasplantado.
Pasé el protocolo con éxito; sólo se me detectaron piedras en la vesícula. El trasplantólogo Martínez Ulloa me dio a conocer la necesidad de extirparlas lo antes posible. Él sería el cirujano encargado de la operación. Le hice saber al doctor que desde el año 2006 presentaba molestias. En Mexicali un especialista se rehusó a extirparme las piedras pues éstas se encontraban ubicadas muy cerca del páncreas y temía rasgarlo; cualquier daño sería mortal, me dijo. Dicho galeno optó por ofrecerme un tratamiento que dio resultado, y las dolencias se alejaron.
Cuando le expuse esta historia al doctor, él sólo esbozó una sonrisa y dijo: "No se preocupe señor Vizcarra, lo operaré por laparoscopía; le haré tres pequeñas incisiones en el pecho y le extirparé su vesícula". La cirugía se realizó exitosamente en el mes de septiembre.
No cabe duda que la juventud se impone. El doctor Martínez Ulloa tiene 34 años de edad y el médico de Mexicali alrededor de 75; éste último es un galeno con bastante experiencia, pero Martínez Ulloa con arrojo, energía, conocimientos, capacidad y métodos más modernos y efectivos, hizo la diferencia.
Por aquel entonces (2008), se llevarían a cabo una serie de eventos impulsados por la Secretaría de Salud, presididos por José Guadalupe Bustamante Moreno. Septiembre fue denominado "Mes de la Donación de Órganos", y las autoridades de salud impulsaban la cultura de la donación a través de conferencias, foros, pláticas en centros escolares, clubes, etcétera. Entre estos actos se realizó un Donatón en el Parque Morelos, donde un servidor y otros colegas apoyamos al doctor González Contreras y a la licenciada Gloria Pulido.
Para el evento en el Morelos conseguimos de manera gratuita, una presentación de Los Moonlights y el prestigiado guitarrista Javier Bátiz, así como la participación de Ana Gabriela Colina como conductora, entre otros participantes. Lamentablemente, no asistí físicamente pues me recuperaba de la operación de vesícula y tenía fuertes molestias en las piernas, sin embargo, en el pensamiento estuve en primera fila.
Durante el proceso del protocolo de trasplante de riñón, otro más entre los escollos que se presentaron fue la consulta con la psicóloga del ISSSTE, quien quería lograr un compromiso de mi parte para que después de la operación quien esto escribe llevara una vida de mucha tranquilidad: leer, ver televisión, viajar, etcétera. Me resistí a aceptar tal consejo, pues me negaba a dejar de ser productivo; no quería ser estorbo para mi familia y la sociedad. Es probable que la psicóloga tuviera razón, pues una dinámica sin estrés ni problemas que surgen de las actividades laborales y sociales prolongarían la vida del órgano que me fuera trasplantado. No logró convencerme. Hoy pienso que mi actitud ante la especialista influyó en la decisión del Comité Interno de Trasplantes en el ISSSTE para negarme el trasplante de un donador vivo. De esto hablaremos en la tercera parte de esta historia, si me lo permiten mis amables cinco lectores.
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