|
Por: Alejandro Vizcarra Estrada He tenido una vida muy agitada, de mucho ajetreo. Durante décadas he pensado que el tiempo hay que aprovecharlo, y vaya que lo hice. Descanso y diversión pocas veces entraban dentro de mis planes. Tuve empleos y negocios al mismo tiempo. Siempre pensé que tener dos ingresos me daría seguridad al momento de tomar decisiones y, de llegar a equivocarme, no peligraría mi seguridad económica ni la de los míos. Podría perder un ingreso, pero mantener el otro. Tuve razón, tal conducta aseguró el bienestar de mi familia. Desafortunadamente, en el largo plazo, mi salud se fue deteriorando. La falta de diversión y descanso, el stress provocado por jornadas extenuantes me provocaron varias enfermedades. A finales de los noventa me detectaron hipertensión arterial. Un día, al tener un fuerte disgusto en uno de mis negocios, tuve un derrame cerebral que me dejó postrado seis meses. Fue necesaria una serie de fisioterapias, pues quedé paralizado de medio cuerpo. Tuve que apoyarme en una silla de ruedas por varios meses. El cardiólogo que me atendió recomendó que dejara la vida tan agitada y extenuante que llevaba. Me anunció que si no desistía de tal forma de vida, me provocaría en un futuro diabetes y, posteriormente, la mortal insuficiencia renal crónica terminal. No escuché los consejos y seguí con mi terquedad de vivir aceleradamente. A los tres años del derrame, se presentó la terrible diabetes y, cuatro años después, mis órganos renales empezaron a fallar. Se inicia un severo deterioro de mi salud, los órganos aludidos dejaban de funcionar poco a poco. Se me pronosticaba que en poco tiempo sufriría de síntomas catastróficos como fuertes dolores de cabeza, vómitos, calambres en todo el cuerpo y desmayos, entre otras cosas. La falla de los órganos renales no permitiría que mi sangre filtrara las toxinas para expulsarlas en la orina. Por consiguiente, dichas toxinas se transmitirían a órganos vitales como el corazón, los pulmones, el páncreas, el cerebro, el hígado. Los envenenarían y me provocarían la muerte. Pregunté a los médicos a los que había acudido sobre las alternativas para seguir viviendo. Sólo tuve dos opciones: la diálisis o el trasplante de un riñón. Investigué, quería saber cuánto tiempo me quedaba de vida si iniciaba la diálisis. Descubrí que la diálisis reducía mi expectativa de vida en un setenta y cinco por ciento, teniendo yo 65 años sólo me quedarían dos o tres años de vida. Al observar a varios enfermos de IRCT en diálisis, me di cuenta que la mayoría de ellos salían de la clínica en muy malas condiciones: agotados, mareados, hasta vomitando. Al preguntar sobre cuántos de estos enfermos se podían trasladar me dijeron que más de ochenta por ciento. Era absurdo, prácticamente todos podían trasplantarse. “Sí – me dijeron- pero no hay órganos para trasplante”. La razón de esta carencia era la falta de una cultura de donación de órganos en nuestra sociedad. Parece que a nadie importa promoverla. Se me dijo que si estos pacientes no se trasplantaban, su término de vida se reduciría. Guardé silencio e hice una plegaria. Si Dios me daba oportunidad de trasplantarme, con su apoyo y guía, me comprometería a llevar a cabo una verdadera campaña de donación de órganos para que los enfermos de IRCT puedan acceder a un trasplante.. Me resulta increíble que personas fallezcan por la falta de un órgano, cuando millones de cuerpos van a la sepultura con órganos que pueden dar vida a enfermos sentenciados a muerte. Los médicos a los que había acudido me cotizaban la operación de trasplante en 25 mil ó 30 mil dólares. En la mayoría de las clínicas particulares a las que acudí me informaron que el cirujano trasplantólogo que me intervendría era siempre el mismo: Ismael González Contreras, el especialista de mayor experiencia en el noroeste del país. Platiqué con mi familia de la necesidad de trasplantarme e iniciar una especie de colecta entre mis familiares, conseguir préstamos o créditos y, con algunos ahorros, poder reunir el dinero para la cirugía. Rosario, una de mis hijas, maestra, me preguntó si había acudido al ISSSTE para que me valoraran los doctores de la institución. Yo no tenía esa prestación, pero mi hija me había registrado hacía ya varios años, incluso me había dado mi credencial de afiliación. Con copia en mano acudí al hospital Fray Junípero Serra del propio instituto. Me apersoné con la coordinadora de la clínica de trasplante, la licenciada en enfermería Gloria Pulido, quien me llevó con el titular de la clínica. Vaya mi sorpresa, pues ¡se trataba del doctor Ismael! sobra decir que de inmediato inicié el protocolo para trasplantarme en dicha institución. Junto con el doctor González Contreras, me atendería el doctor Jorge Martínez Ulloa.
Dios me da una segunda oportunidad.
|