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Por: Aquiles Medellín Silva Es una lástima que en invierno los atardeceres sean tan cortos, tan rápidos en la ciudad. O al menos así lo parecen. No vemos prácticamente nunca la puesta de sol porque las casas ocultan el horizonte. Era de día y ya es de noche. La transición de los climas acostumbra a pasarnos inadvertida, encerrados como estamos, a menudo, entre cuatro paredes. Trabajando, frente al ordenador o al televisor. Si miramos por una ventana, nos damos cuenta de repente, de que ha oscurecido. Pienso en los largos atardeceres de verano de mi infancia y adolescencia, cuando los he vivido en algún pueblecito tropical del Sur del México, o en la belleza de la Isla del Carmen paseando entre casas bajas o sentado en un banco, mirando al horizonte marino. En este escenario, el anochecer no corre; más bien, camina, tiene su paso magistral sincronizado al de los astros. He visto la lenta puesta de sol sobre el mar, sobre el Atlántico y en el Pacífico. Pero quizá ninguna es tan sugerente como la inmensa puesta de sol que hay en los páramos de California, en las tierras altas y llanas de los alrededores de San Francisco. Mi amigo Steve me lo hacía ver: estamos a mil metros de altitud, no hay ninguna sierra a poniente y ningún obstáculo oculta al sol en su último tramo de descenso. De este modo, allí las tardes son largas y luminosas sobre un paisaje llano, donde el desvanecimiento de los colores es progresivo, casi imperceptible ante el frío constante. En Ciudad de México el atardecer es un tránsito que nos pasa más inadvertido. Aquí no se trata de una hora contemplativa. Estamos haciendo cosas entre muros. O vamos a toda prisa por la calle o en el auto. No somos sensibles a cada paso de retiro de la claridad solar. Y llega un punto en que no veo: enciendo la luz de encima de la mesa y escribo estas líneas. Lo siguiente, el hambre que se dejará venir este 2010. Un mendigo entró en una panadería en México. Agarró una baguette del mostrador sin pagar el importe de la pieza de pan. La panadera intentó evitar el hurto, el mendigo la agarró por la bata y la amenazó verbalmente para amedrentarla. En el pequeño forcejeo la baguette se rompió en dos, la mitad cayó al suelo, y de allí se la llevó el ladrón, que inmediatamente se dio a la fuga. El juicio se celebró el 25 de febrero del 2009. Por supuesto, el atracador de panes no se personó en la vista al no haber sido posible localizarle debido a carecer de domicilio fijo. La jueza pedía 18 meses de cárcel y la sentencia lo dejó en un año de prisión, no tanto por la cuantía de lo robado sino por el miedo de la dependienta. Cabe suponer que el indigente, de haber asistido a su juicio, habría esgrimido el estado de necesidad en el que se encontraba con el hambre que campea en el país. El acto de robar está penalizado en todas las civilizaciones. Ladronzuelos de pan en países de hambre crónica pueden acabar con el brazo destrozado por habérseles aplicado una ley realmente cruenta. Pero no se trata del objeto robado, sino del hecho mismo de tomar como propio lo que en realidad es ajeno lo que determina el delito. Estos días estamos asistiendo a un curioso debate entre el gobierno y algunos ciudadanos sobre el derecho que asiste a consumir el pan de la cultura. Sean canciones, fotografías, películas o libros, los internautas exigen del gobierno que haga la vista gorda ante este tipo de apropiaciones indebidas. Esgrimen en su favor el derecho a la cultura, que es por lo visto un eximente mucho más ennoblecedor del robo que algo tan vulgar como es el hambre de los pobres en un país como el nuestro donde vivimos una profunda desigualdad social. Los susodichos portavoces internautas no han llegado todavía a la inanición cultural ni económica. Prueba de ello es su capacidad adquisitiva, que les ha permitido comprar su ordenador de gran capacidad y los adminículos necesarios para sus descargas. Si alguno de ellos se encontrara en la situación del mendigo de la baguette, difícilmente podría aducir un estado tan dramático de necesidad nutricional como para subordinar la compra del pan o de la sopa de sobre a algo básico como es el ordenador o la electricidad que lo sostiene. O sea: que todas las cosas que nos rodean, cualquiera de nosotros sabe que tienen un precio. Todo menos la creación artística. Ya no digamos el talento, que ese no vale nada. Pagamos por todo, pero la tecnología genera valores perversos. Se da por supuesto que el novelista, el músico o el cantante son unos millonarios que no precisan de la contribución social y que viven simplemente de los aplausos. Pero no quieren admitir que en toda esa historia de supuestos derechos los verdaderos millonarios son Bill Gates o Carlos Slim. El arte no paga, pero la tecnología se paga. Y entonces se va al gobierno a pedirle que sancione con su autoridad arbitral la barra libre para todos los bienes culturales. ¿Y qué aportan esos internautas que son recibidos incluso por la autoridad gubernamental? Absolutamente nada. Su derecho se basa simplemente en haber comprado –sí, comprado– un ordenador. Ponga usted un ordenador en su vida y ya puede escupir sobre esa supuesta caterva de creadores peseteros que son los culpables de la ignorancia global. Pero tranquilos, siempre nos quedarán Shakespeare, los tangos de Gardel o la Divina Comedia, que no es otra cosa que ese menosprecio a los autores que hoy intenta dignificarse bajo el paraguas de la libertad, pero el hambre en el estómago crece en este país, alguna vez cultural. Quiero concluir con lo siguiente: Hay una extraña pulsión humana que lleva a cierta gente a estar en los sitios. Tal vez no van allí a hacer nada extraordinario, pero están. Y luego lo cuentan, porque no es tan importante el hecho de ir como el de haber ido. Así, con este acto presencial, se configuran las oligarquías. Existen para esta gente lugares y tiempos determinados. Sitios de encuentro colectivo, espacios siempre más pequeños que la cantidad de personas que pueden acoger, recintos mágicos en los que se puede vestir de una determinada manera y se puede callar de maneras muy interesantes. El resultado de estas orgías verbales acaba siendo un bonito juego de espejos en los que los menos importantes se iluminan con el reflejo cercano del importantísimo. Junto a estos ávidos colonizadores del instante se podría encontrar a sus antónimos: esos personajes díscolos, asociales, más propensos al exabrupto que a la genialidad, artesanos del ceño fruncido y de la ignorancia forzada. Allá ellos que con su pan se lo coman. Feliz año 2010.
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