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Por: Aquiles Medellín Silva Hay meses que reclaman una publicación. Mejor dicho: hay artículos que deben ser escritos, de forma obligada, para un mes como diciembre. Hay días en los que solo puedes escribir a partir de la excusa que la tradición te pone en bandeja. Diciembre, por supuesto. No pienso marearles con análisis geopolíticos (que seguro que han leído demasiado durante este 2009 a punto de concluir), ni con un montón de anécdotas personales (tengo demasiadas), pero sí con minúsculas percepciones de los aguijonazos que tuve bien vivir los meses anteriores, igual que hace uno, dos y tres años, de la mano de la historia que, solícita organiza al periodista una apresurada ruta vivencial de temporalidad en nuestra vida. Pocos lugares habrá que generen tanta memoria de ciudad en el observador que nunca ha estado allí. Tanta literatura, cine, información, fotografías, llevan a que incluso el más ignorante del alma berlinesa sea capaz de distinguir los monumentos, las amplias avenidas de tilos, el tranquilo río Spree, la serenidad verde del Tiergarten. Ya has estado en Berlín, cuando la hayas visitado. Pero lo que más emociona (y esto seguramente sólo lo sabes si pisas la huella fantasmal del Muro, si palpas los pocos restos de cemento que sirven de memoria) es la sensación –aún viva, aún presente– del enorme desgarro humano que provocó la muralla de separación. Sólo si has estado en Berlín, si has visto la estación de Friderichsstrasse, la balaustrada donde se diluían los abrazos, donde se prolongaban las despedidas, eres capaz de comprender, con el goteo aún de los llantos, con la inhumana herida de alambre en las almas, lo que significó la partición de la bella ciudad. Después, cruzando la Puerta de Brandenburgo, puedes comprar gorros del Ejército Rojo e insignias soviéticas. Y hacerte fotos que convierten la historia en un disfraz este año de sus primeros 20 años, otra vez libre. Y volviendo a los artículos que publicamos y compartimos con los lectores, lo que más me gusta es saber a quién tengo al lado en la página: si es una reseña teatral, una entrevista a un genio de la música o una crítica de cine, porque el artículo se acaba aposentando y oliendo a lo que le acompaña. A veces, olores de nostalgia. Miro a mi izquierda, abajo y espero ansioso saber qué habrá de leer aparte de lo mío. ¿A qué olerá este número? Buen mes de diciembre, los quiero lector(es) amable. Pero también escribir de curiosidades y gustos culinarios. Venga. La firma Cárnicas Maldonado, de Alburquerque (Badajoz) en España tiene previsto poner a la venta este mes de diciembre el jamón “más caro del mundo”, a mil 500 euros la pieza, que ha bautizado como Albarragena, nombre tomado de una ribera del municipio pacense. Este producto es el sucesor de Alba Quercus, otro artículo gourmet que en el 2006 ofreció al mismo precio y que tuvo eco en medios de comunicación como The Washington Post, la revista Forbes y las cadenas de televisión ABC, Fox o Univisión. La empresa extremeña pondrá a la venta, previsiblemente durante esta Navidad, 100 unidades de este exclusivo jamón, que cuesta alrededor de 250 euros el kilogramo, ha explicado el empresario Manuel Maldonado. El secreto de Albarragena es la pureza ibérica del cerdo unida a su alimentación con bellotas y otros productos naturales, y a que el animal que vive en estado semisalvaje en la dehesa mediterránea. También influye su elaboración o curación artesanal, “tal y como se hacía en el pasado pero con algo menos de sal”, ha explicado el industrial. La pureza ibérica de los animales está garantizada por los análisis de ADN que han realizado investigadores del departamento de Genética de la Universidad de Córdoba. Ochenta por ciento de las ventas se realizará en España y el resto se comercializará en otros países europeos, principalmente Inglaterra, Portugal y Bélgica. Hay que disfrutarlo con un tinto fuerte y hogazas de pan recién horneado. Provecho. Y ahora sigamos con los vinos blancos y tintos. Estos últimos años se habla de “blancos y tintos”. Un estudio japonés afirma que hay razones objetivas para que bebamos vino blanco con el pescado: un grupo italiano ha descubierto que la uva blanca es un mutante de la tinta y, finalmente, se insiste en que beber un par de vasos de tinto al día prolonga la vida. Para aquellos que vivimos en Baja California, el vino es parte de nuestra historia y nuestra cultura, pero también de nuestra salud. El estudio del grupo japonés afirma que cuando se come pescado o marisco y se bebe vino, a menudo queda un sabor desagradable en la boca. Según el estudio, eso se debe al hierro que hay en el vino. Si el vino es blanco (que es más ácido y con menos hierro), el efecto es menor. Esto explicaría la costumbre de acompañar el pescado con caldos blancos. Por otra parte, hace pocos días, en un curso sobre Genética Vegetal en el siglo XXI, en CosmoCaixa, se demostraba que la uva blanca tiene una mutación en un gen que impide la síntesis de las sustancias que dan color a la uva negra. Y también se nos decía que el vino contiene antioxidantes que hacen que un par de vasos de tinto al día ayuden a una vida saludable. El vino nos acompaña en nuestra dieta mediterránea todo el año. Y en estos tiempos de brindis mejor. Entonces digamos salud con un tinto o con un blanco. Fue Schumacher el autor del libro Small is beautiful (Lo pequeño es hermoso), que conoció un notable éxito. No hace falta decir que en él se oponía a la creencia imperante en el mundo económico de que la eficiencia exige una gran dimensión. No sólo ponía en duda su fundamento empírico, sino que insistía en que, caso de que fuera cierta, la concentración de poder que conlleva el gigantismo empresarial tiene efectos negativos que superarían con creces los positivos de la supuesta eficiencia. Viene esto a cuenta de la batalla que estos días se libra en EU, y en el Reino Unido, sobre la conveniencia de una normativa que ponga coto a la dimensión de las entidades financieras. Esta última crisis ha puesto en evidencia que, cuando un banco alcanza unas dimensiones tales que su quiebra puede causar estragos de gran consideración en el conjunto de la economía patria, al Estado no le queda más remedio que inyectarle los fondos suficientes para evitar su descalabro, con lo que los accionistas y quizá tampoco los gestores salen castigados por su imprudente conducta. Y no solo eso. Los depositantes se sentirán inclinados a confiar sus ahorros a los bancos de grandes dimensiones, puesto que la sombra del Estado los hace más seguros, con lo que se crea un círculo vicioso. A mayor dimensión mayor tasa de crecimiento. Esta red protectora que la acompaña puede tener, pues, efectos perversos. Los accionistas y, sobre todo, los gestores de la entidad bancaria, conocedores de su tácita existencia, pueden lanzarse a operaciones imprudentes, pero tentadoras por su esperanza de rentabilidad. Es el fenómeno del riesgo moral bien conocido por los economistas. Parece que los bancos en México no lo creen preocupante, a juzgar por el trato dado al cuentahabiente que, por otro lado, no tenía dimensiones relevantes. O es que ha puesto el listón muy bajo. El Gobernador del Banco de Inglaterra propugna una normativa que impida la existencia de bancos que sean «demasiado grandes para dejarlos fracasar». Y el Congreso de EU discute un proyecto de ley con el mismo objetivo. Ya veremos cómo finaliza el debate. Es todo por este 2009. Lo mejor de 2010 para cada lector y familia.
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