Los mexicanos universales de Raúl Anguiano PDF Imprimir E-mail

Por: Pedro Ochoa

Raúl Anguiano se dedicó a retratar y dibujar con talento y gran maestría un entorno que él y su generación encuentran, ven e imaginan fascinante. La nueva realidad mexicana recientemente descubierta después de la ancha avenida que abrió la Revolución Mexicana, porque como se ha afirmado en innumerables ocasiones la revolución, además de ser un movimiento político y social de gran escala, descubrió a México ante los ojos de los propios mexicanos. En este sentido, la década de 1910 a 1920, tuvo un alto contenido cultural y sociológico.

Si para Luís Cabrera la Revolución es la revolución, para otros, la Revolución es la revelación. Anteriormente, incluso hasta principios del siglo xx, se tenía una visión fragmentada e incompleta del país; aún éramos muy lejanos los unos de los otros, se tenía una convivencia demasiado rural, pero la revolución hizo que se adquiriera conciencia colectiva de la extensión territorial del país, de sus riquezas naturales, de la pluralidad de las poblaciones, así como de la diversidad de las manifestaciones culturales.

A éste magnífico y novedoso país es al que la generación de Anguiano rinde culto.. En él, encuentra el maestro desde un principio su inspiración original, interés fundamental, preocupación, y gusto. Es a partir de entonces cuando se puede empezar a hablar de la identidad  nacional: surge el muralismo  mexicano encabezado por Diego Rivera e  impulsado por José Vasconcelos (más tarde se sumarían a la primera generación de muralistas José Clemente Orozco y David Alfaro Sequeiros), se crea la novela de la Revolución Mexicana, con Mariano Azuela, Martín Luís Guzmán, Mauricio Magdaleno (El compadre Mendoza),  Rafael F. Muñoz, entre otros escritores, y en la música, Blas Galindo, Silvestre Revueltas y, por supuesto, José Pablo Moncayo.

La obra de Anguiano, pertenece a este movimiento que va con el reencuentro con lo más genuino del México profundo. Anguiano ha enaltecido la imagen de los habitantes del campo y de las calles de nuestro país del siglo xx y transformó, como Agustín Yáñez, a los peones de Jalisco, a las mujeres indígenas del sureste mexicano, a las alfareras esforzadas, a los campesinos laboriosos, al pueblo en armas, a las vendedoras de iguanas, a las graciosas danzarinas, a los hábiles pescadores, y a los contemplativos lacandones de la selva chiapaneca, en verdaderos personajes universales por su estética y la aplicación depurada de la proporción áurea.

 

Colaboradores

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