Confidencial / Diciembre 2009 PDF Imprimir E-mail

Por: Marco Antonio Blásquez

El fraude y Calderón

Hasta el viernes 20 de noviembre de 2009 creía a Felipe Calderón capaz de las peores triquiñuelas. Lo que es dejarse empujar por una maquinaria fraudulenta para encaramarse al poder, quebrar deliberadamente a las pocas empresas estratégicas que le quedan al Estado para rematárselas a sus socios, inventar servicios inútiles y perjudiciales como el Siave y la Cédula de Identificación con el único objeto de enriquecer a los contratistas y apelar a la conmiseración popular a través de un paquete tributario, cuando lo que siempre buscó fue obtener recursos para sostener a su obeso aparato burocrático. Entre otras.

Sin embargo, luego de sus declaraciones de ese 20 de noviembre en Los Pinos, quedé convencido de que en ese sujeto habita un golpista o autogolpista de Estado que no se tocará el corazón para frustrar cualquier intento de emancipación popular, porque él ya lo sentenció en el multicitado discurso: “Hagamos del 2010 el año de la reflexión desde las distintas vertientes… cambiemos lo que haya que cambiar y hasta donde se tenga que cambiar para transformar al país”.

No es posible que el político repudiado por el país sea el que se autoproponga para encabezar el diálogo de refundación republicana. ¿Qué contestaría Calderón a la respuesta tácita, categórica de que al primero que queremos cambiar es a él? En la respuesta a esta reflexión se puede apreciar el peligro que representa un presidente que no supo acatar el mandato de un proceso electoral, y que menos aún, sabrá darse por enterado de que la mayor parte de los mexicanos creemos firmemente que el primer paso hacia una transformación es pedirle que se retire para nombrar un gobierno provisional o bien, derrotarlo a él y a su partido en los próximos comicios (eso si el IFE lo permite).

Los mexicanos de la actualidad hemos sido testigos de la consumación de dos fraudes electorales: el de Carlos Salinas de Gortari en 1988 y el de Felipe Calderón en 2006. Ambos supusieron costosos e inconfesables compromisos con grupos del exterior e interior que colaboraron en la deshonrosa tarea de validar un gobierno ilegítimo.

La constante de los dos fraudes es que la agraviada siempre fue la izquierda y el beneficiado, el PAN.

Así se explica: en 1988 el PAN, que venía de la escisión de Pablo Emilio Madero y Jesús González Schmall, se sumió hasta la tercera fuerza electoral. Y no fue sino a través de la validación del fraude de Salinas de Gortari como pudo colocar sus primeros gobernadores y dictar estructurales reformas constitucionales que allanaron su ascensión al poder en el año 2000. En el 2006 el fraude permitió que Felipe Calderón llegara por la puerta trasera (pero llegara al fin), a la presidencia.

Tener en el mando a un hombre con las características de Felipe Calderón en un momento tan crítico, resulta singularmente peligroso. El pueblo querrá respirar aires de cambio en 2010 y Calderón, lejos de darse por enterado, ya se propone como el administrador de esos ideales. Los mexicanos queremos refundar nuestras instituciones, ponerlas al servicio del bien común, y en estas miras no caben Calderón ni ninguno de sus peleles colaboradores.

¿Alguien se ha puesto a pensar qué sería de Felipe Calderón sin la “industria del fraude”? ¿Sin el fraude de 1988 hubiera podido ser secretario y luego presidente de un poderoso partido? ¿Hubiera podido ser diputado plurinominal? ¿Sin el fraude de 2006 hubiera podido ser presidente?

El desenlace de la historia será: hasta dónde llegará el pueblo en su ánimo emancipador, y hasta dónde Calderón, por seguir siendo el líder de un pueblo que no lo eligió, no lo soporta y no quiere sino removerlo.

 

Colaboradores

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