De migrante a indigente: del "american dream" a la pesadilla PDF Imprimir E-mail

Por: Iliana Álvarez / SIP

La migración es un fenómeno que va más allá del deseo por cruzar la frontera. Tijuana sigue siendo la ciudad con mayor tránsito migratorio en México, se presume que por aquí circula la mitad de trabajadores indocumentados de todo el país, quienes lo único que buscan es estar “del otro lado” del bordo para mejorar sus condiciones de vida. Este sueño ha cobrado la vida de más de seis mil personas en los últimos 15 años.

En la actualidad la crisis por la que atraviesa el vecino país del Norte, ha ocasionado incremento en el número de repatriados. Por desgracia, 41.24 por ciento de las deportaciones son efectuadas por Tijuana. Es ahí donde inicia un verdadero infierno para los migrantes que pensaban que “la habían armado” y sin imaginarlo, de un momento a otro cambió su vida y nuevamente están del lado donde nacieron.

El único deseo del migrante es regresar a EU pero cada vez es más difícil lograrlo, pues la frontera norte se ha convertido en un espacio militarizado. Se ha establecido un máximo control para evitar la entrada de los allá llamados “aliens”. Además, se realiza una campaña intensiva de deportaciones.

Discriminados en su propia tierra
Cuando los migrantes son deportados y pisan Tijuana, su situación se vuelve muy delicada; en la primera etapa, los repatriados no reciben atención adecuada por parte de las autoridades federales mexicanas, las cuales son las responsables de brindarles apoyo para su retorno.

Por otra parte, las autoridades municipales tampoco garantizan su seguridad sino todo lo contrario, los migrantes también se vuelven vulnerables para la policía, quien da la bienvenida despojando del poco dinero y pertenencias a los deportados. Si las víctimas se niegan a entregar sus bienes son sometidos con maltrato físico, para posteriormente robarles sus documentos y trasladarlos a la estancia de infractores mejor conocida como la “20”. Ese acoso en el Primer Cuadro de la ciudad de Tijuana es constante. Se sabe que sin ningún criterio se amenaza y detiene a quien no porte documentos de identificación que la misma policía quita.

Al sentirse tratados como delincuentes e indocumentados en su propio país, las personas repatriadas comienzan a sentir resentimiento contra su propia tierra; señalan que lo único que reciben por parte de autoridades y sociedad es discriminación.

La Procuraduría de los Derechos Humanos y Protección Ciudadana de Baja California ha resumido las denuncias bajo los conceptos de homicidio, lesiones, abuso de autoridad, detención arbitraria, empleo arbitrario de la fuerza, discriminación, libertad de tránsito y derechos de la niñez. Son estas instancias las que han tejido una serie de redes para la defensa de los migrantes en los estados de tránsito. En ese sentido, le han quitado un gran peso al gobierno local y aún así, los apoyos del Estado a estos grupos altruistas han sido muy limitados e insuficientes ante la magnitud del problema. Jamás se ha sabido que alguna autoridad sea sancionada por maltrato físico y psicológico.

Hay quien por su forma de vestir y andar cerca de las zonas del cruce fronterizo, fue detenido y revisado, luego de sufrir esa acción denigrante y al verse sin apoyo y desfalcado en un lapso de una semana se convierte en indigente. Su única opción para poder sacar algunos centavos es limpiar y lavar vehículos en la Zona Norte. Aunque de ese poco dinerito tiene que dar una cuota a los agentes municipales, quienes se las exigen para evitar llevarlos nuevamente a la estancia de infractores.

A esas personas que solían andar bien vestidas y limpias, se les dificulta hoy conseguir un empleo, por lo que rápidamente se convierten en gente de la calle y en la calle. La canalización del Río Tijuana y los basureros se vuelven su hogar. De igual forma, los botes de basura son ahora su fuente de alimentos que jamás llegaron a imaginar.

“Allá (en EU), tenía todo: carro del año, casa, familia, ellos ni se imaginan que yo vivo ahí. A mí no me gusta vivir así pero ¿a dónde me voy? En la canalización tuve que hacer mi penthouse, es el más limpio”.

Los migrantes, personas despojadas de sus pocos bienes, de sus ilusiones y de su dignidad, poco a poco se van envolviendo en un mundo de perdición, se sienten impotentes y en una segunda fase comienzan a robar bajo amenazas de los oficiales policíacos.

“Si ellos nos dicen: me gustan los rines de ese carro, te doy dos horas para que me las consigas, ahorita regreso si no las tienes ya sabes, te llevamos a la 20 después de una calentadita”, relata Eduardo, quien vivió desde los cinco años en EU. Después de 26 años, Eduardo fue repatriado sin ninguna consideración y tiene un año sobreviviendo en Tijuana. Suman tres veces las que ha intentado regresarse al que considera su país, pues lo único que ha recibido de México es discriminación. “Desde que llegué, me tumbaron los mismos placas. Me puse a buscar trabajo y nadie me quiso dar, y uno se agüita por eso; siento feo no bañarme, traer la misma ropa todo el tiempo, por eso voy a seguir intentado cruzar el bordo. Sólo necesito que a un migra se le duerma para poder estar del otro lado, y en vez de estar triste, cuando este allá voy a estar feliz de dejar la que se supone que es mi tierra”.

“Queremos trabajo”
La falta de apoyo de autoridades competentes es quien los orilla a convertirse en escoria social, pues 80 por ciento de los migrantes que se quedan en Tijuana se vuelven drogadictos.

“Yo antes no usaba drogas, y cuando me deportaron caí aquí y no tenía a donde ir. Nadie me ayudó, al contrario mis mismos paisanos me tratan mal. Si la autoridad nos diera un poco de ayuda no seríamos un estorbo. A ver, ¿por qué no nos agarran a todos los migrantes y nos llevan a trabajar, a sembrar? Queremos trabajo, no queremos estar sin hacer nada”, afirmó Daniel que se resignó a quedarse en Tijuana tras varios intentos frustrados de cruzar a EU.

Existen pocas organizaciones no gubernamentales y grupos religiosos que intentan ayudarlos, pero su gran esfuerzo no es suficiente para brindar atención a los miles de migrantes que transitan cada mes por la ciudad.

Muchos piensan que Tijuana es la ciudad de las oportunidades. Para los migrantes es un lugar de dolor, donde ellos no tienen ni voz, ni voto. Cambiaron del sueño americano a una pesadilla en la frontera.

En ocasiones, los paisanos mejor callan estos abusos. Jamás formalizarán las quejas, por la falta de confianza en la autoridad y sus leyes. Afirman que no existe ley para protegerlos sino únicamente para condenarlos. Los repatriados viven en constante temor por las amenazas y prefieren no meterse en más “problemas” que le perjudicarán su estancia en la ciudad.

 

Colaboradores

Alejandro Vizcarra Estrada
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Pedro Ochoa
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