O todos con tesis o todos ilustrados PDF Imprimir E-mail

Por: Carlos Monsiváis

¿Qué tanto revelan las tesis profesionales de los políticos, los funcionarios, los empresarios? Por lo común, son trabajos escolares solo atentos a la obtención del título, ya no el emblema trascendente o la patente de corso de otras generaciones, pero todavía así sea descoloridamente, la garantía de respetabilidad y de (algunos) conocimientos específicos. Y en este orden de cosas, la importancia creciente de la industria académica ha llevado en fechas recientes a la curiosidad mínima sobre las tesis de los Presidentes de la República, curiosidad antes sólo reservada a sus profesiones. Ya se sabe: Don Benito Juárez es abogado, Porfirio Díaz es militar y Francisco I. Madero es contador. En su turno Álvaro Obregón es agricultor y Plutarco Elías Calles maestro de escuela, aunque el título primordial es la condición de generales revolucionarios, y este también es el caso de Abelardo L. Rodríguez, Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho. Pascual Ortiz Rubio es ingeniero y general, Emilio Portes Gil es abogado y Adolfo Ruiz Cortines es burócrata y—si se entiende esto como profesión—persona de edad madura, de allí que el Don, imprescindible para don Adolfo, oficie como certificado de altos estudios.

Famosamente, son abogados de la UNAM Miguel Alemán Valdés, Adolfo López Mateos (que se sepa nunca se recibió, no hay constancia de su título), Luís Echeverría Álvarez y José López Portillo. Esto se explica fácilmente: hasta la década de 1970 la UNAM es la Universidad, y Leyes es la Facultad de los necesitados de poder y representatividad, que consiguen como abogados la plataforma de acceso al poder político y económico.
La tesis de José López Portillo y Pacheco, Valoración de la estatal (1946) es un museo de sitio de frases y conceptos de los grandes juristas (Kelsen, sin falta), y un anticipo de la oratoria que de seguro empleó don José en sus clases de Teoría del Estado. “El hombre es un ser que se mueve; es decir, que varía; es una fuerza que va o viene; el mundo objetivo lo atrae o repele; su acción corresponde a un estímulo y el estímulo se graba o no, en la naturaleza en el modo de ser del hombre”. A esto supongo que López Portillo lo llamará dialéctica. Desde mi humilde punto de vista es un anticipo de los conceptos asombrosos de sus libros Don Q y Quetzalcóatl.

Miguel de la Madrid es, todavía, abogado de la UNAM pero con previsión, busca la coexistencia fragmentaria con la Economía. En la década de 1950 un abogado apegado exclusivamente al Derecho ya atisba la obsolencia. Y De la Madrid que al principio se propone ser un teórico del Estado, opta por apresurar su recepción profesional y se recibe en 1957 con la tesis El pensamiento económico en la Constitución mexicana de 1857, un trabajo muy en deuda con su maestro Mario de la Cueva y con don Jesús Reyes Heroles. La tesis, la mejor redactada (no alcanza el nivel de bien escrita) de las que he revisado, es fiel a la retórica de esos años y exhibe una capacidad de ordenamiento de ideas que luego se debilita o se extingue con los cargos altos que ocupa. De la Madrid retiene algo de coherencia, pero su ambición intelectual desaparece al ingresar a la burocracia hacendaria. Dicho sea de paso, esto es casi una ley. La gran mayoría de los funcionarios relevantes, al terminar su tesis profesional, abandonan toda gana de rigor y lecturas o —lo más dramático— producen libros en serie que no suelen escribir, revisar o leer. ¡Oh, el desperdicio de papel!

Si De la Madrid hace una tesis sin fines ulteriores (quiere acercarse a un tema entonces prestigioso y sentar fama de constitucionalista con dotes de economista), Carlos Salinas de Gortari, previsor en todo menos en lo que se refiere a su suerte desde 1994, se recibe con la tesis Agricultura, industrialización y empleo. El caso México (1971). Si el trabajo de doctorado en Harvard es sobre políticas agrarias, el de licenciatura es ya el esbozo de la hilera de discursos que en su oportunidad Salinas pronunciará (“Recorrer la patria es encontrar muchas, demasiadas manos levantadas que piden. Pero no es limosna lo que demandan, sino la oportunidad de utilizarlas...”). Por lo demás, la tesis es una sucesión de lugares comunes, citas en profusión (cerca del 50 o el 60 por ciento de todas las tesis consiste en un almacén de frases que el postulante seguirá declamando el resto de su vida). Salinas —que dedica su tesis “A mi hermano Raúl, compañero de mil batallas— recorre la historia de México y las citas sobre la historia de México, y concluye con un pronunciamiento no muy acorde con su sexenio:

“En resumen, nuestra burguesía, altamente protegida, ni siquiera es totalmente nacional, lo que significa que el Estado no sólo enfrenta presiones más importantes del grupo de “negociantes” sino que parte muy importante del grupo son extranjeros”.

También, el radicalismo o el izquierdismo de muchos políticos expira cuando redactan su tesis (afirmación válida hasta el año 2000).

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De las tesis de Ernesto Zedillo en el Instituto Politécnico Nacional y en la Universidad de Yale no tengo noticia, pero si me atengo a su paso por el gobierno, tan necesario para su meta definitiva, el reino de las asesorías, las supongo esforzadas, dogmáticas, al resguardo de cualquier posibilidad de lectura y, por lo mismo, de refutación. Y la tesis, para recibirse de Licenciado en Administración de Empresas en la Universidad Iberoamericana, registrada a los 57 años de edad, por Vicente Fox y Quesada (Generación del plan básico de Gobierno 1995-2000 del estado de Guanajuato. Reporte de trabajo en el campo profesional) es, tan sólo pero eso debía bastarme, la presentación de su programa de campaña, apenas aderezado por sus asesores que en algo debían intervenir. De la tesis del licenciado Felipe Calderón no se tienen noticias.
Las carreras suelen extenderse más allá de la obtención del título (por lo común, no mucho más allá), y como cualquier mortal, los Presidentes de la República se reciben de profesionistas con la esperanza —cabe suponer con generosidad— que nunca nadie se acerque a las páginas que provocaron el título que los acompañará el resto de su vida.

 

 

Colaboradores

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