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Por: Aquiles Medellín Silva Si Felipe Calderón y la cúpula del PAN hubieran hecho caso a Abraham Lincoln, estos años se habrían podido ahorrar el bochorno al que les somete la parte pública del sumario en las urnas (remember 5 de julio). Incluso se podrían haber abstenido de reconvertir una oración transitiva en otra perifrástica pasiva y evitar la expresión de quien escucha al que, teniendo la trama en casa, se nos presenta como su víctima. El histórico Presidente de EU dejó dicho que «hay momentos en la vida de todo político en que lo mejor que puede hacer es no despegar los labios». Claro que si esto lo hicieran los actuales protagonistas, todos, que rigen o aspiran a regir los asuntos públicos poco darían de que hablar, porque han sido ellos, con la ayuda de las nuevas técnicas de comunicación, quienes han convertido la política en constante verborrea mediática. Tanta, que a veces parece que no hay hechos, sólo palabras. Y eso es exactamente lo que les ha sucedido a tantos y tantos destacados políticos mexicanos de ayer y hoy. Que por haber salido en defensa a ultranza de sus destacados militantes señalados por el dedo acusador de las pruebas y haberse embarcado en la teoría de la enésima conspiración política ahora tienen que tragarse la peor rana de la temporada y en ayunas. Tiene la política, para los que la practican profesionalmente, un toque de religión ortodoxa que les hace peores que a los conversos. Y ponen por los colegas la mano en el fuego que no pondrían por la familia. Por supuesto, se queman. Es su errónea manera numantina de cerrar filas esperando que escampe el temporal. Ya ven la defensa a ultranza con Germán Martínez. Sucede, no obstante, que con el cambio climático y social, político y mediático, la tormenta puede acabar siendo tan perfecta como insuperable creían los gladiadores que era su trama. Y no. Ya nada queda impune aunque así lo tema la impaciencia de quien denuncia y señala, porque la condición humana también está hecha de codicia e impericia; avaricia y confianza; orgullo y pasión. Y llega el día en que, por engaño, traspié, despido o venganza; deuda o revancha; promesa incumplida o ayuda olvidada, se desata la furia del despechado, la rabia del abandonado o el dolor del plantado hasta provocar el primer remolino de lo que acaba siendo un huracán. Es entonces cuando el imprudente inicial debe agarrase al palo mayor de la embarcación sin garantía absoluta de que el fuerte oleaje no le engulla por las aguas bravas del océano hambriento. Y eso es lo que le está pasando a la cúpula panista. Que no daba importancia al catálogo de señalamientos de fracasos de sus políticas públicas que lucían en frentes sus hombres de confianza. Ni las manchas en los trajes de vestir (antes impolutos cuando eran oposición) ahora también en sus cargos administrativos. Ni a los autos de toda gama de lujos en sus militantes destacados. Ni a las celebradas fiestas con chicas alegres o a las envidiadas relaciones de compadres, amigos y parientes ambiciosos viviendo en los presupuestos de nóminas públicas. Don Vito creía que podía con todos porque sabía que todos tienen un precio (¿recuerdan El Padrino?). Y estos Corleones mexicas han tensado tanto la cuerda que en cualquier momento se puede romper. Les está sucediendo como a aquél famoso jugador de cuello blanco que de tanto acumular billetes de 500 euros olvidó que son los más fáciles de seguirles el rastro. O a Berlusconi, que de tanto querer adaptar Italia a sus intereses ha empezado a ver que sus intereses no son necesariamente los de Italia. Quizá por eso acaba lanzándose vivas a sí mismo. Es lo único que le quedará. Y hablando y escribiendo de asuntos más interesantes que no sean éstos politiquería. Nuestros antepasados se conformaban con ir de visita a Ciudad de México o a La Paz (era el viaje de su vida), pero hoy la gente prefiere largarse a las Fidji, y los hay que no cejan hasta completar la vuelta al mundo. Phineas Fogg, el héroe creado por Julio Verne, tardó en dar la dichosa vuelta 80 días, que se mantienen como un hito en el imaginario popular. Sin embargo, ha llovido mucho desde entonces y, por poner dos ejemplos, Kasprowicz y Sheik necesitaron en 2008 solo 11 días para dar la vuelta al mundo en helicóptero, y Steve Fossett tardó 67 horas en un ultraligero avioncito. Claro que esas marcas son minucias, si nos fijamos en el récord del Concorde: 31 horas, 27 minutos y 49 segundos. Conocedores de esta fiebre viajera, varias compañías aéreas europeas y americanas emiten los Round The World Tickets, billetes que te permiten dar la vuelta al mundo haciendo unas cuantas escalas a lo largo de un año. Más que billetes, parecen pasaportes para un sueño, pero no hay que fiarse, ya que puede pasarte lo que a un canadiense que conocí sobrevolando la zona arqueológica de Palenque y sus confines. El hombre me preguntó con expresión alelada dónde estábamos, y cuando le dije que íbamos a aterrizar en un pueblecito cercano con Guatemala, respondió: «Quiero saber el país. He contratado una vuelta al mundo en 18 días y me estoy haciendo un lío». Son las desventajas de querer abarcar demasiado. Puestos a viajar, prefiero la sosegada vuelta al mundo que cuenta Joseph María Romero en Siempre el Oeste. Tardó 437 días en volver a casa y no se subió a ningún avión. Y es que, cuando viajas, la prisa y querer verlo todo son malos consejeros: el mayor lujo es disponer de tiempo, renunciar a completar la colección de cromos y disfrutar del día a día escribiendo es una buena manera de vivir.
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