Por la redención de México PDF Imprimir E-mail

Por: Agustín Basave

Los tres principales partidos de México se encuentran ante sendas encrucijadas. De cara a la segunda mitad del sexenio y, sobre todo, frente a la sucesión presidencial del 2012, cada uno de ellos diseña la estrategia de sus fracciones parlamentarias. El PAN elucubra hasta dónde llevar en los hechos el planteamiento de Felipe Calderón en su mensaje con motivo del Tercer Informe de Gobierno: si el propósito sólo es dejar constancia de la audacia presidencial y de los ideales del panismo a favor de la sublimación de México y al mismo tiempo poner la presión de la opinión pública sobre el PRI, las bancadas panistas tendrán mucho trabajo mediático pero poco quehacer legislativo; si se trata de un genuino llamado a una transformación de fondo, tendrán un enorme reto en términos de negociación política.

Los priístas, por su parte, habrán de escoger entre tres opciones: 1) apoyar la agenda de "cambios estructurales"del gobierno (reformas fiscal, laboral y energética y un largo etcétera) a fin de recibir un país más sólido sin cargar con la mayor parte del costo político y social de medidas impopulares; 2) convertirse en oposición frontal, deslindándose inequívocamente de una administración que terminará mal y borrando de la mente del electorado cualquier reminiscencia de alianza o colaboración; 3) dar la imagen de un partido responsable pero no corresponsable, es decir, jugar a apoyar y a oponerse al gobierno, respaldando al PAN en aquello que no lo salve de la derrota y bloqueándolo cuando el hacerlo no le granjee la animadversión de la gente. Finalmente, el PRD habrá de dirimir su conflicto interno y apostar por la movilización social y la toma de tribuna o por la lógica institucional y electoral, o de plano seguir en la esquizofrenia.

La experiencia me dice que son escasas las probabilidades de que la combinación de acciones partidarias brinde como resultado reformas de gran calado. Al PAN le preocupa más bajar al PRI en las preferencias del electorado que convencerlo de que apruebe la nueva agenda presidencial, cuyo costo social sabe alto. El PRI no va a ceder en nada que oxigene electoralmente a su rival. El PRD, que parece haber optado por mantenerse unido, no va a apoyar nada que sea inadmisible para su ala radical. Con todo, tengo muchas ganas de equivocarme en este pronóstico. Y es que nuestro país requiere muchos cambios, y dos de ellos le urgen. Uno es la reforma del Estado, sin la cual el sistema político seguirá siendo disfuncional. Ya se ha dado un paso, pero falta lo más importante: sustituir el presidencialismo por un régimen parlamentario. Aunque la mayoría de los presidencialistas se ha dado cuenta de que lo que tenemos es ya insostenible, el parlamentarismo es en México la necesidad que no se atreve a pronunciar su nombre. Algunos hablan de "adecuar y actualizar" el diseño de 1917, los más audaces exigen un "semipresidencialismo", pero más allá de eufemismos que buscan disimular el imprescindible viraje cada vez más académicos y políticos piden en voz baja una inyección parlamentara. Todavía quedan por ahí algunos despistados que dicen que eso no conviene porque debilitaría al presidente, ¿más todavía? Por favor, salvo alguna excepción, los sistemas europeos propician mayor gobernabilidad y otorgan más poder a sus primeros ministros que lo que actual esquema mexicano da a nuestro jefe de Estado y de gobierno. Pero así es nuestra cultura política, misoneísta y simuladora.

El otro cambio urgente es el del modelo económico y social. No, nadie pide acabar con el capitalismo, entre otras razones porque no existe alternativa viable, pero sí hacerle ajustes significativos. Restringir y gravar su faceta especulativa, realizar una reforma fiscal que minimice regímenes de excepción y consolidaciones, forjar un Estado de bienestar. Esto último es esencial. Los templarios de la mano invisible suelen pregonar que no podremos ser globalmente competitivos mientras no tengamos una flexibilidad laboral "primermundista", pero soslayan el hecho de que México carece del subsidio a los desempleados que les permite ser flexibles a los países del Primer Mundo. Lo anticipo a guisa de rendija por donde puede colarse la gran oportunidad que da la gran crisis. Para ello, desde luego, el gobierno tiene que dejar atrás el doble discurso. Antes de las elecciones nos anunció planes contracíclicos y magnas inversiones públicas para reactivar la economía y ahora nos endilga recortes presupuestales y aumentos de impuestos; antes regañaba a los catastrofistas y ahora nos advierte de la catástrofe para sensibilizarnos del apretón de cinturón; antes presumía las reformas posibles y ahora proclama la lógica de los cambios de fondo. ¿Por qué no acepta de una vez que en esta coyuntura un pesimista es un optimista bien informado?

La única forma en que los tres partidos podrían hacer el milagro de gestar un hito reformador es el miedo al estallido social. No sé si lo tengan, pero por si acaso me atrevo a proponer, además de la reforma fiscal, un pacto de redención nacional con dos vertientes: una política, en torno a un cambio de régimen que entre en vigor a partir del 2012, y una socioeconómica, que geste la reforma laboral a cambio del seguro de desempleo. Hay muchos puntos más que podrían incluirse en la agenda, pero en política es mejor disparar con bala rasa que dar escopetazos. De lo que se trata es de encontrar un detonador, un par de consensos que desaten un círculo virtuoso de negociaciones ulteriores para avanzar después en otro quid pro quo entre izquierda, centro y derecha que bien podría ser la edificación de un sistema de salud universal a cambio de ciertas concesiones a la inversión privada. Y de ahí a una cruzada por la honestidad y a un renacimiento educativo. Claro, acuerdos de esta naturaleza sólo serían posibles si nadie intentara monopolizar las medallas, si hubiera conciencia de que sin generosidad se pueden obtener ganancias partidarias a corto plazo pero a la larga la Nación entera pierde.

Se dice fácil, lo sé. ¿Cómo van a unirse los partidos en torno a algo tan ambicioso si no se ponen de acuerdo en cosas mucho menores? Lo dicho, solamente si perciben que las cosas pueden ponerse peor y que un pacto de esa magnitud es el único antídoto contra la ingobernabilidad. Ojalá que los líderes de cada uno de los tres principales institutos políticos tengan el patriotismo, la sensibilidad y la visión de estadistas que estos tiempos calamitosos exigen. Ojalá que, por una vez en nuestra historia, sean previsores y no esperen la hecatombe para actuar. Ojalá que ellos y todos los demás mexicanos le digamos al Presidente que si su mensaje del Tercer Informe fue una desesperanzada constancia de buenas intenciones, se pudo haber ahorrado el discurso, pero que si fue un genuino llamado a enmendar el rumbo, por el bien de México le entramos todos. Ojalá todos comprendamos lo que está en juego.

 

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