Historia y actualidades PDF Imprimir E-mail

Por: Aquiles Medellín Silva

A las cinco de la mañana del día 1 de septiembre de 1939, el Gauleiter del Partido Nazi en Danzig telegrafió al canciller del Reich, Adolf Hitler, en estos términos: «Mi Führer: acabo de firmar y poner en vigor una ley estatal básica que proclama la reincorporación de Danzig al Reich alemán. (…) Danzig le envía con entusiasmo, mi Führer, un sentimiento eterno de gratitud y devoción». Horas antes, el Ejército alemán había invadido Polonia. Es conocida la fotografía de una docena de soldados alemanes que apartan al unísono la barrera de un puesto fronterizo. Parece la travesura de un grupo de jóvenes que están de excursión. Pero seguro que, si alguno de ellos hubiese imaginado cómo se hallaría su patria al cabo de seis años, se le hubiera helado la sangre.

William Shirer, corresponsal de la CBS en Berlín y autor de un diario clásico sobre aquellos días, nos ha dejado una versión vívida de lo que sucedió por aquel entonces en la capital alemana. «El viernes 1 de septiembre ha amanecido gris y nublado. La gente de la calle estaba apática cuando me dirigí a la rundfunk para mi primera emisión del día, a las ocho y cuarto. Enfrente del Adlon los trabajadores iban a su trabajo como si no hubiera sucedido nada. Ninguno compraba las ediciones extra de los periódicos». Y, más adelante, añade: «Tengo entendido que, en 1914, la excitación que se vivió en Berlín el primer día de la Guerra Mundial fue tremenda. Hoy no ha habido excitación, ni hurras, ni vítores. Ni lanzamiento de flores, ni fiebre bélica, ni histeria. Por no haber, ni siquiera ha habido odio hacia los ingleses y británicos, a pesar de las diversas proclamas al pueblo, al partido, al ejército del Este y al ejército del Oeste, acusando a los belicistas ingleses y a los capitalistas judíos de haber iniciado esta guerra».

Lo que muestra, una vez más, por si aún hiciera falta, el origen artificial de buena parte de los conflictos humanos, provocados por unas minorías que instrumentalizan cualquier cuestión para convertirla en pretexto con el que azuzar un enfrentamiento del que ellas son, a fin de cuentas, las grandes beneficiarias.

El pensamiento, único autor intelectual de esta crisis mexicana va consiguiendo salir indemne de la tempestad. Su estrategia de exculpación funciona: el infierno fueron los otros y la culpa fue de la ceguera del regulador, la avaricia inversionista, los bonos inmorales en el gobierno de Calderón, los ejecutivos incompetentes o la fiebre del oro negro. El ciudadano no se equivocó, el modelo neoliberal y sus operadores tienen manchadas las manos…

A pesar de la evidencia abrumadora de la realidad subprime contra la cual nos hemos estrellado estrepitosamente, las verdades que ampararon semejante imperio del abuso se mantienen inalterables: el mercado nos hará libres; lo público esclaviza; el déficit es veneno; cuánto más barato sea el despido, más empleo crearemos; ¿bajar los impuestos es bueno?, y subirlos, ¿malo?; sin novedad en el frente. Decía Oscar Wilde que los solteros ricos debían pagar más impuestos porque no era justo que unos fueran más felices que otros. Visto lo visto, un principio de política fiscal tan válido como otro cualquiera en estos tiempos. Mover la fiscalidad solo es bueno o malo en el mundo de los apriorismos ideológicos y en la economía de la señorita neoliberal. En el mundo real depende: según qué impuestos, a quién y cuándo.

En los felices años del ladrillazo Zedillo-Fox y sus elogiadas y ortodoxas políticas económicas abarataron el despido y subieron los impuestos cuanto pudieron, especialmente a quien más beneficios acumulaba pelotazo a pelotazo. El resultado fue unos servicios públicos depauperados y funcionando con respiración asistida, mientras tanto no hubo ahorro fiscal y sí bolsillos privados y públicos engordados, tampoco mejoraron la calidad de vida y no hacía más competitiva o fuerte a nuestra economía.

Entre todas sus herencias, ninguna tan ejemplar de ese modelo como las sociedades de capital variable: ahorros millonarios para multimillonarios que utilizan la inversión y la supuesta creación de riqueza como tapadera. El golpe perfecto.

Si este gobierno calderonista quiere dejar de ser un boxeador tumefacto después de la paliza del 5 de julio, en lugar de seguir arreando golpes al aire como puede, ahora es su momento. Sin complejos, toca revisar la política fiscal para limpiarla y ponerla en orden, defender la misión de los impuestos como instrumentos irrenunciables para redistribuir la riqueza y las oportunidades, garantizar unos servicios públicos bien financiados, cumplir con un mínimo respeto hacia los principios de la decencia y la equidad, y acabar sin excusas ni piedad con los escandalosos cobros de la banca extranjera y los monopolios. Aunque sólo sea por el bien de la salud mental de todo el país.

En el mundo de la empresa innovadora, la práctica de la meditación regular y frecuente se va imponiendo con naturalidad, y se promueven espacios de silencio para poder mirar el entorno (y mirarse) con mayores dosis de imparcialidad y equilibrio. La meditación abre, cada vez más, las oportunidades a una gestión de las organizaciones en que las emociones tengan un papel más valorado y reconocido al mismo nivel que las aptitudes y las actitudes.

El estrés y la ansiedad, por ejemplo, se han convertido en una de las mayores causas de falta de competitividad y de baja laboral. Si añadimos la falta de relajación y de descansos adecuados, se produce un alarmante descenso de nuestra energía vital, condicionando nuestro estado de ánimo y este, a su vez, nuestro comportamiento y rendimiento globales.

El contexto de crisis, con sus escenarios de incertidumbre y complejidad, ha castigado duramente los delicados equilibrios emocionales que la vida moderna exige a las personas. «No he parado ni un minuto» es la frase recurrente que refleja una ocupación constante, sin pausa (descanso) ni silencios (reflexión), lo que perjudica enormemente la calidad de cualquier tarea. Las empresas se han dado cuenta del potencial que para la productividad y la innovación tienen el silencio reflexivo y la calma serena.

Mientras, la política parece que ignora estas consideraciones y desprecia la meditación y el cuidado del espíritu como estructura medular del carácter de nuestros representantes populares. La dimensión espiritual de la persona, por ejemplo, no puede ser ignorada, tampoco, desde la izquierda renovadora, y mucho menos desde el socialismo democrático y la derecha panista que tiene una base electoral de cultura religiosa y un anclaje histórico con el movimiento cristero de principio del siglo XX.

Pero no estamos hablando de religión ni de iglesias. Hay que multiplicar los gestos hacia las comunidades laicas y creyentes comprometidas con la acción social, sí; pero acercarnos también con respeto e interés hacia otros espacios de trascendencia espiritual no específicamente religiosa.
Hasta ahora, la izquierda se ha movido con un reduccionismo simplista, considerando lo espiritual como un fenómeno meramente religioso. Gran error. Lo espiritual, entendido como el sentido que le damos a las cosas y a nuestra vida, permite residenciar en valores y principios los verdaderos reguladores de nuestro comportamiento. Y ahí radica su potencial para la política. Un gestor público debe ser una persona de densidad moral y ética, y para ello es imprescindible una actitud reflexiva, pausada, así como una vida interior rica y equilibrada.

La política, con sus ritmos mediáticos y su inmediatez táctica, aleja a nuestros políticos, demasiadas veces, de la ponderación y la distancia imprescindibles. Nadie reclama, por ejemplo, tiempo para evaluar la respuesta adecuada, para estudiar una propuesta, para pensarla con calma. Es como si la distancia cautelar, que tantas veces debería guiar la actuación pública, sea un demérito o un defecto. Todo lo contrario.

Hay un nuevo espacio para la política meditada. La ciudadanía lo está pidiendo a gritos y lo manifestó en las urnas el 5 de julio. La meditación, el silencio, el retiro, el estudio, deben estar presentes en la vida política y en nuestros gobernantes. Necesitamos políticos con mayor capacidad de escuchar su interior y de compartir experiencias de profunda e intensa concentración personal. Una espiritualidad humana, profundamente humanista, como base de otra política. Necesitamos líderes reflexivos, capaces de meditar, de buscar en su equilibrio personal la fuerza y las ideas que guíen su actividad. Puede ser una dimensión religiosa, pero no necesariamente. Debemos fomentar las prácticas que buscan el equilibrio y la armonía y acercarnos a ellas con una nueva naturalidad. En México todavía hay un prejuicio latente hacia tales disciplinas que, ignorantes y petulantes, algunos identifican como raras.

Martin Boroson, autor del best-seller "Respira" (Urano), nos anima a recuperar el control personal con solo un minuto al día. Y recomienda seguir cuatro pasos: crear un lugar de silencio y soledad; sentarse en una silla con la espalda enderezada, con las manos y las piernas relajadas pero inmóviles; activar el reloj avisador en un minuto exacto y cerrar los ojos, centrando la atención de la mente en la respiración hasta que suene la alarma. ¿Se lo imaginan? Y todavía más: ¿Se imaginan a nuestros políticos con este minuto de serenidad?

 

Colaboradores

Alejandro Vizcarra Estrada
Agustín Basave
Aquiles Medellín Silva
Carlos Monsiváis
Edgardo Leyva
Héctor Castellanos
Héctor Mares
Jaime Martínez Veloz
J. Ignacio Carlos Huerta
Marco Antonio Blásquez
María Elena Estrello
Oscar Rivera
Pedro Ochoa
René Mora
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