Confidencial / Octubre 2009 PDF Imprimir E-mail

Por: Marco Antonio Blásquez

El miedo a la verdad

Los mexicanos de nuestra generación -los que nacimos en las décadas de los sesenta y setenta-, tenemos un amplio conocimiento del significado de la palabra “crisis”, así como de sus efectos sobre nuestros entornos sociales. Si hiciéramos un estudio sobre las palabras que más hemos enunciado o escrito durante nuestras vidas, encontraríamos que “crisis” aparecería entre las diez primeras.

Desde las devaluaciones echeverristas, las pillerías lópezportillistas, las medianías delamadridistas, las intolerancias salinistas, el entreguismo zedillista, las frivolidades foxistas y hasta el cinismo calderonista, los mexicanos hemos vivido siempre limitados, espantados y horrorizados por los cada vez peores “gobiernos” que elegimos, aunque algunos como el de Salinas y Calderón, francamente creemos arribaron por la vía del fraude electoral.

¿Cuántas metas e ilusiones truncadas por el efecto de esta crisis, cuántas carreras que no terminaron, cuántas viviendas embargadas, cuántos empleados despedidos, cuántas enfermedades adquiridas, cuántas familias disueltas? La respuesta a lo anterior es, por encima de la numerología, el verdadero efecto de la crisis.

Para ponerse a tono con la crisis, a los gobernantes fantoches que en mala hora nos han “gobernado”, les resulta de los más sencillo derramar un par de lágrimas, azotar el puño en un escritorio en señal de enfado, consignar con “calidez patriota” que lucharán hasta el límite de sus capacidades, o deducir que ya no hay tiempo, que ya no quedan oportunidades y que se requiere un impuesto para ayudar al pobre, cuando es a éste al que se ha sobajado y envilecido con las políticas de Estado.

Qué saben esos nerones modernos lo que significa vivir a pan y agua en un ejido, o lo que es ser hijo de una madre soltera que ni prostituyéndose alcanza los mínimos de bienestar…Qué sabe esa dinastía de desalmados de lo que es vivir de prestado o con la amenaza constante de ser lanzados de sus hogares por no completar la renta.

Muy a su interés, los cínicos gobernantes miden los efectos de la crisis en y con números. Sueltan cantidades exorbitantes que la generalidad del pueblo no logra digerir, y añaden términos vulgares y estúpidos como “apretarse el cinturón”, “la crisis que llegó de afuera”, “boquete presupuestal” y “gripita”, entre otros. Pero no explican que sus malas decisiones y raterías, condenan a la miseria a millones de seres humanos, los dejan sin escuela, salud pública y espacios de esparcimiento.

México lleva al menos diez años sumido en una profunda crisis social, bandas de delincuentes cada vez más descaradas y mejor organizadas, una juventud cada vez menos preparada y más adicta y un gobierno absolutamente incapaz de poner orden en las comunidades.

Las bandas de criminales y la debilidad del tejido social no son producto de una generación espontánea, sino de las crisis del pasado. Las bandas se crearon y fortalecieron porque el gobierno abandonó sus obligaciones sociales, y en vez de crear escuelas, fomentar la salud pública e invertir en el engrandecimiento del ser humano, orientó sus acciones al saqueo de la riqueza nacional, a tolerar las prácticas de abuso de los depredadores financieros y en su caso, hasta fondear sus desfalcos. Cuando el gobierno dejó de verse como una oportunidad de servir y se convirtió en un vehículo de enriquecimiento a gran escala, millones de familias se desintegraron, miles de escuelas, parques públicos y centros comunitarios no se construyeron, millones de niños fueron lanzados a la calle sin guía ni orientación y allí fueron fácilmente reclutados por quienes podrán dedicarse al robo y al secuestro, pero contrario al gobierno tienen muy claro lo que quieren, tienen reglas, códigos y, ahora se sabe, hasta íconos religiosos.

Por ello suena de retraso mental o a “olímpica desfachatez”, que ante esta “crisis que llegó de afuera”, el gobierno pretenda sacarle “agua a las piedras” con una cascada de aumentos que no servirán sino para que los jefes de la burocracia sigan despilfarrando a manos llenas, sirviéndose de la hacienda pública, pero nunca, ni de casualidad ni por error, ayudar como se dice a los pobres.

A Calderón lo que menos le importa es el sufrimiento de los pobres o la expectativa de la clase baja. Ya demostró en sus primeros tres años de administración que su ánimo está en amasar una fortuna que le permita vivir con desahogo económico el resto de su vida, aunque no podríamos decir que con tranquilidad, mucho menos de conciencia.

Ya los malos gobiernos quebraron al país, envilecieron a nuestra sociedad, nos tienen sin escuelas y a medio comer. La pregunta es ¿esta crisis que vino de afuera terminará también con la relativa paz social que nos queda?

 

Colaboradores

Alejandro Vizcarra Estrada
Agustín Basave
Aquiles Medellín Silva
Carlos Monsiváis
Edgardo Leyva
Héctor Castellanos
Héctor Mares
Jaime Martínez Veloz
Marco Antonio Blásquez
María Elena Estrello
Oscar Rivera
Pedro Ochoa
René Mora
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