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Por: Carlos Monsiváis 1. La demografía de las grandes ciudades, siempre a la alza y siempre sujeta a la normatividad última, los escollos del tráfico que separan a las parejas y las familias, fijan los límites de la familia extensa, ya fragmentada en unidades cuya cordialidad acrecienta el trato. Al ser tan claramente la parentela un seguro de vida orgánico, se debilita su condición obligatoria. Dios nos dio la familia, Dios alejó la familia y se la llevó al otro extremo de la ciudad o la dejó en el lugar natal, o le facilitó la ida a Estados Unidos, bendito sea el nombre de Dios. 2. Falta todavía para que repercutan socialmente las consignas de escritores como André Gide (“Familia, te odio”), y Octavio Paz (“Familia, criadero de alacranes”). En la medida en que la ciudad, simultáneamente, crece y se desintegra (“Es tan grande que nunca se pueden reunir los pedazos”), la Familia es el primero y el último de los refugios, situación que no desmiente la conformación de las nuevas familias. Las de las madres solteras, de los padres solteros, de las sociedades de convivencia, de las parejas gay y lésbicas, de la metamorfosis del grupo de amigos en núcleo entrañable, de la comunidad (religiosa, de formación o destrucción de hábitos, de gustos profundos) que es una segunda familia. Si se democratiza inevitablemente el papel del paterfamilias (¿quién oye sermones habiendo series gringas o telenovelas?), también las madres aclaran otras de sus funciones: la ironía, el sentido del humor, la contribución económica al hogar, la interiorización de las tesis feministas. Por eso, la soledad urbana se radicaliza si quienes la viven carecen de tesis que sustituyen los dogmas hogareños. 3. El neoliberalismo, con sus exigencias de concentración de la riqueza, divide drásticamente el concepto tradicional de la familia. Ahora hay dinastías, cuyo árbol genealógico arraiga en el poder y las propiedades, y familias así nomás. Siempre se han dado las dinastías, pero nunca en tal escala, y nunca tampoco habían cundido tanto la esperanza y la obligación de convertir la familia en dinastía, la aristocracia posible en la sociedad de masas. El poder económico, el político y en medida menor el cultural están en manos de las dinastías. Y eso vuelve a las meramente familias fracasos dinásticos. Esto devalúa el sentido y las tradiciones de lo familiar, y enrarece las esperanzas. ¿Para qué frecuentar a los mismos si de antemano no garantizan el orgullo del nepotismo? Moraleja: el que no nace en el seno de una dinastía, va descubriendo penosamente que sólo tiene a su disposición una familia, el recorte drástico del horizonte de expectativas. Y lo dinástico ya no necesita de pretensiones acumuladas, al radicar el abolengo en los títulos de propiedad y las cuentas de banco. 4. El papel de las industrias culturales de Norteamérica, y en algún nivel, de México, en la reformulación de la familia. Dos ejemplos de series de animación que, en lo tocante a la familia conocida, son una revolución cultural: Los Simpson y South Park; cinco ejemplos de series que describen las nuevas familias con su volatilidad y permanencia: Friends, Sex and the City, Dawson’s Creek, Oz y Queer as Folk. De la trascendencia de Los Simpson apenas es necesario hablar, y la mejor recomendación viene del sector tradicionalista que en varios países ha intentado prohibir la serie. Lo que les ha molestado, muy en vano, es la burla eficacísima del papel del padre terrible y el funcionamiento de la familia nuclear. Homer Simpson es la imagen que le aguarda a los padres que se toman muy en serio. En su turno, South Park es devastadora en su enfoque de las tradiciones, incluida la imagen de la divinidad. Y las series del megaéxito plantean diversos tipos de familia: el grupo de amigos como la familia compacta que corresponde al ritmo generacional (Friends, Dawson’s Creek), la prisión como la violentísima familia terminal (Oz), la facilidad y la naturalidad del sexo por así decirlo su secularización, en el ejemplo de cuatro amigas que se vuelve familia (Sex and the City); el grupo de lesbianas y gay que entiende su cercanía como la creación de una familia sin prejuicios homofóbicos (Queer as Folk). Se puede señalar justamente que la influencia de estas series es minoritaria por su rechazo brusco de las tradiciones, pero esto sólo parcialmente es cierto. La presencia de Los Simpson configura una relación distinta de padres e hijos, y expresa la versión belicosa de la niñez, y así cada una de las series repercute más allá de su público directo. Marcan el ritmo de las transformaciones y prueban que ya una parte de la televisión compite con el cine como vanguardia del comportamiento. 5. La globalización implanta, por fuerza, la familia global. Es muy pronto para describirla pero me queda claro que no se podrá hablar de tradiciones sin incluir las tradiciones globales. Si la permanencia de la familia que se ha conocido declina (algo inevitable), la familia global por venir cotejará todo el tiempo sus tradiciones de origen con lo ya establecido. Previsiblemente, la familia local/global dependerá cada vez más del apoyo académico y gubernamental para conocer o, mejor, para reconocer sus tradiciones. La familia global se expresará en varios lenguajes simultáneos, y en un nivel, cada familia reproducirá el mito de la Torre de Babel. 6. Las tradiciones familiares localizarán su continuidad de modo creciente en su patrocinio cultural. Por así decirlo, la mayoría de las tradiciones no esenciales serán sujeto de adopción o de rescate del orfanato. Cada familia o cada grupo social o cada tendencia de homogeneidad regional, elegirá un conjunto de tradiciones que tratará de salvar y ejercer al mismo tiempo. También, la visión sociológica, por así decirlo, ha penetrado por doquier, y las familias se conocen ya más de lo debido, lo que profundiza el fin de la movilidad social. No ha de extrañar que alguien diga. “Soy de clase media baja con tendencia decreciente y un código valorativo asido a los caprichos de la memoria”. La familia está ya más al tanto de su valoración y su deber ser, y por eso mismo la autoconciencia es ya en mucha una teatralización sociológica. Y, además, el peso de las estadísticas es abrumador. La idea que de sí misma tiene de sí cada familia se va ganando por las estadísticas. Así, 43 por ciento de las familias tiene padres aburridísimos y 62 por ciento madres expertas en dormir con los ojos abiertos mientras el padre lanza sermones de sobremesa. 7. Todas las familias felices son iguales; sólo las familias desdichadas son distintas, escribió famosamente alguien. A estas alturas lo que está en debate es la definición de felicidad. Y aquí intervienen el psicoanálisis y la psicología, con todas las teorías adjuntas. La unidad de la familia se basó en criterios cerrados a propósito de la virginidad, la honra, el adulterio, en síntesis, en el aborrecimiento del pecado. En la gran mayoría de los casos, al disolverse en la práctica la noción del pecado (Dios se encarga de la unidad familiar), todo se centra en la autoridad inmanente de los padres de familia. Las potencias familiares sustituyen a las potencias ultraterrenas, y esto se aclara con el comportamiento de las familias burguesas que son tanto más religiosas formalmente cuanto que ésta es un signo de status. El culto por las esencias termina en el culto a las apariencias. La familia se hace cuando se deshace, y el divorcio no es tanto la destrucción de la familia sino su corrección autocrítica. (Esto no lo sostendría ante un obispo porque soy un anticlerical respetuoso). Un refrán instantáneo: sexualidad no reproductiva, familia moralmente a la deriva. 8. Se habla demasiado de la desintegración familiar como signo fatal de esta época. No sé muy bien qué es “la desintegración familiar”. Quizás en el futuro se dirá: “Familia. Institución atomizada que sólo se integra cuando es preciso demostrar su inminente desintegración”. En el neoliberalismo, si familia será “unidad del desempleo”.
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