Confidencial / Septiembre 2009 PDF Imprimir E-mail

Por: Marco Antonio Blásquez

¡Ave César!

César Moreno Martínez de Escobar pasó a formar entre los muertos. Un hombre de lealtades y fraternidades que nos deja erguidos y con la frente en alto a quienes tuvimos el gusto de ser sus amigos, de haberlo vivido y gozado.

La muerte, el “irremediable oriente”, comúnmente se relaciona con la pena y el dolor. Es un proceso trágico que empieza con el llanto, sigue con las condolencias, pasa por la resignación y concluye en amarillentas páginas de obituario… “¡Que Dios lo tenga en su santa Gloria!”.

La partida de César Moreno nos ha puesto a pensar en cómo un hombre en la medida de su obra, ejemplo y sentimientos, es capaz de fortalecer y unir a sus seres queridos. Esa capacidad que sólo tienen algunos pocos de convertir la muerte en vida, la oscuridad en luz y el llanto en bendiciones. A quienes lo queremos, César nos deja de pie, con un camino por delante, guiado por la estrella de su ejemplo… un buen esposo, un buen padre, un buen amigo, un buen servidor público, un buen empresario. No es posible llorar ni decirse abatido por un amigo que tramontó a la inmortalidad habiendo cumplido con total decoro su misión existencial.

Hace un par de meses lo visité en su residencia de Tecate. Estaba sumamente delgado y su color de piel delataba su mal estado de salud. Como pudo, se puso en pijama y junto con su adorable María Elena me recibió amablemente. Me acompañaba mi esposa.

Durante el encuentro de cuando mucho 40 minutos, las señoras hablaban de los hijos, los nietos y la decoración de las casas. Yo casi no hablé con César, preferí observarlo, grabar sus expresiones, asociar su triste figura con aquellas vivencias comunes, cuando comíamos juntos, o charlábamos largo y tendido en su oficina de la vieja casona de Xicoténcatl (Senado de la República), o cuando punto por punto desentrañábamos el enigma del asesinato de su amigo Luis Donaldo Colosio, y él concluía con rabia fundada: “¡Fueron dos tiradores, dos mataron a Colosio!”.

Ese día que lo visité en su casa fui a despedirme de él. Me propuse verlo mucho, seguir el movimiento de sus manos y de sus ojos para no extrañarlo cuando se fuera. Y ahora que se fue no lo extraño, ni lo lloro. Al contrario, su recuerdo me hace concluir que los hombres que nos tomamos en serio ese complicado oficio de ser padres, tenemos la obligación de ser dignos y valientes inclusive en medio de una penosa enfermedad, como el abominable cáncer que mi amigo padecía, al que enfrentó estoicamente hasta el último aliento. Enfermedad que lo venció, pero nunca lo puso de rodillas.
César Moreno fue todo lo que se propuso. Fue un hombre de ciclos completos, de metas largas y acabadas. Fue un gladiador que llega a término gozando del más importante don que pueda poseer un hombre: la dignidad invicta.

¡Ave César, morituri te salutant!

 

Colaboradores

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