Las turbulencias de la ex-idiosincrasia PDF Imprimir E-mail

Por: Carlos Monsiváis

El siglo XXI se inaugura, entre navegaciones en la Red, con sociedades distintas a las sucesivas del siglo XX, con identidades ya entremezcladas, de ninguna manera fija. (No le atribuyo al Nuevo Siglo poderes mágicos, tan sólo reitero el gran poder de persuasión o autohipnosis de las fechas culminantes.) Así, el 2 de julio de 2000 el triunfo de Vicente Fox y la Rondalla del Voto Útil, por un tiempo brevísimo hace creíble por un tiempo brevísimo, del 2 de julio al 1 de diciembre, una transformación democrática luego de los 71 años del PRI. A los pocos días resultan inocultables la torpeza y la malevolencia de Fox (rasgos que no se contradicen), que somete a la sociedad a otra inercia y otro fatalismo, esta vez con ribetes clericales.

El 2 de julio de 2006 una operación fraudulenta actúa, con la gran solidaridad del SNTE y su dirigente histórica, de los empresarios y su odio al "populismo", de la derecha tradicional y su gana de hacer volver a la sociedad a su "pureza moral". Sin embargo, como en el resto del mundo, no obstante el triunfo electoral de la derecha, las costumbres se modifican con celeridad y es inútil intentar detenerlas; se impone, por la fuerza de su racionalidad, el comportamiento distinto, que viene del registro de los derechos civiles, los derechos reproductivos y a las adecuaciones urbanas de la sociedad de masas. Lo nuevo convive con el espectro de la sociedad tradicionalista, y a la Frontera Norte llegan por oleadas los nietos de Pedro Páramo.

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En el año 2000 la expresión cambio de paradigmas se escucha y se lee profusamente en México y el mundo entero. En 2009 ya nadie la oye. ¿Qué ha pasado? ¿No se requieren los paradigmas distintos o la expresión ya agotó sus funciones publicitarias? Las transformaciones continúan y con fuerza, pero ya no hace falta pregonarlo en medios drásticamente influidos por el uso de libertades que, además, son legales. El desencanto profundo ante las perspectivas de los proyectos democráticos garantiza que la política le corresponde por lo pronto a la mercadotecnia, que ya no toma en cuenta las necesidades genuinas sino la credulidad realmente existente. Y el "cambio de paradigmas" se vuelve, en la intención de los políticos profesionales el "reciclaje de la manipulación" o más exactamente, del canje de votos por ilusiones. Como siempre, porque siempre.

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El cambio de paradigmas más auténtico por así decirlo, y menos reconocido, se produce en la vida cultural de la nación y en la idea que la sociedad tiene de su desarrollo, idea que sólo se concreta en etapas de crisis y confrontación. El término que en rigor sustituye al cambio de paradigmas es polarización, el enfrentamiento a fin de cuentas irremediable entre visiones del mundo, y minorías y mayorías. Así, pese a todo, la República es efectivamente laica, y su sentido histórico se nutre de las libertades que se desprenden de las Constituciones de la República (1857 y 1917), y de figuras como Juárez, Zapata y Lázaro Cárdenas. Esta República asume gradual e irreversiblemente el valor de la tolerancia y el respeto a los derechos humanos, al tiempo que se educa a sí misma con la resistencia a los crímenes de Estado, y del impulso de la secularización.

Si la credibilidad republicana sufre el impacto de la corrupción frenética y el autoritarismo, el espacio de libertades a la disposición no es el apartheid concedido a la crítica, sino el logro de las movilizaciones sociales y culturales. Y esta República vislumbra durante un tiempo brevísimo las zonas de autonomía en las movilizaciones sindicales de 1958-59 y el auge libertario con el Movimiento estudiantil de 1968. El sacrificio de muchos implanta el avance que la cauda de (falsísimas) promesas del presidente Luis Echeverría no consigue disolver.

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Así no se le identifique con ese nombre, la República liberal, beneficiada por los aportes del pensamiento crítico, los residuos de luchas radicales, y algunos elementos del pensamiento socialdemócrata, se amplía en las tres décadas últimas con el desarrollo de la sociedad civil y de las Organizaciones No Gubernamentales, con la internacionalización creciente de la vida cultural y la emergencia de sectores habitualmente marginados, los indígenas en primer término, las mujeres de convicción feminista, la izquierda cultural, el sindicalismo independiente, parte considerable del sector académico (en especial de la UNAM), los grupos enfrentados al conservadurismo en las regiones, algunos sectores del PRD (no el castrista ni el burocrático monopolizador de oportunidades) y de los partidos pequeños, etcétera.

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¿Cómo dilapidó su capital el gobierno de Fox y el PAN? En lo básico, al hacer de la ineptitud su método de gobierno (Luego se supo de la corrupción). Que fallase el ansia de devolverle el país a las prácticas conservadoras del siglo XIX era más que previsible, ya que la teocracia no murió en vano, peso lo inconcebible fue la ausencia de un proyecto de gobierno distinto en lo económico al de Ernesto Zedillo, sin energía social, lánguido y ausente de la respuesta a los problemas indígenas y campesino, repetitivo y fatigado o exhausto en sus fórmulas de buena voluntad. El PAN y Fox condenaron sin más la política, actividad sucia y corrupta, y luego del exorcismo se hallaron inmersos en la política por ellos satanizada, con la desventaja agregada de su incompetencia, y con los méritos de su falta de escrúpulos.

El gobierno de Fox se borró por sistema. Insisto en la expresión al no hallar otra más adecuada. Su táctica resultó autodestructiva, al impulsar a la disculpa como su calificación: "Pobres, están aprendiendo. Hay que apoyarlos porque no sabían". Pero nadie aprende repitiendo errores, y ése fue el procedimiento elegido. Lo de Atenco y lo de Oaxaca, fracasos monstruosos, no es lo único, también es decisivo el llevar al límite la mistificación de las cifras, el paraíso que obtuvo el nombre de "Foxilandia". Todo se inventaba mientras se prohibía el acceso a la revisión de datos o se publicaban informes indescifrables. Esto no era novedad, pero no en medida tan vigorosa y, además, en una sociedad habituada al cinismo demagógico del PRI, lo que no es nuevo es doblemente viejo.

La derecha rebasó su propósito conservador. Las investigaciones de Álvaro Delgado sobre El Yunque han dañado severamente la noción de un grupo bisoño pero honesto. Resultó que parte de sus brumas mentales venían de su índole conspirativa de ultraderecha. La conjura integrista tuvo éxito en la repartición de puestos altos y medianos, y fracasó y sigue fracasando al pretender la involución. Todos los obispos juntos y por separado no detuvieron el éxito de El crimen del padre Amaro; todas las condenas del obispo Sandoval Iñiguez no han impedido la normalización de la figura de los clérigos; se han paralizado las campañas sucesivas para incluir la enseñanza religiosa (católica) en las escuelas públicas, y así sucesivamente hasta llegar a las reformas fast track de hoy.

La ofensiva de la derecha
En conjunto, la República laica es más vigorosa de lo que parece. Ante el blitzkrieg de la derecha, se mantiene y acrecienta la capacidad de respuesta. En el año 2000 la tesis del Voto Útil ("apoya a la derecha para que se largue el PRI"), compromete a un sector de académicos y militantes de izquierda que se inventa las bondades progresistas del PAN y de Vicente Fox. Hoy está enterrada en definitiva cualquier noción de Voto Útil.

Sin embargo, y así lo mostraron las votaciones del 5 de julio, la derecha paga también el precio de su extremismo. Una parte significativa de la votación que anuló al PAN tuvo que ver con el apego al Estado laico y el rechazo a la teocracia, esa que según Felipe Calderón, localiza el origen de las adicciones a las drogas en el ateísmo. Lo dijo como Presidente y lo está pagando como jefe de un partido.

 

Colaboradores

Alejandro Vizcarra Estrada
Agustín Basave
Aquiles Medellín Silva
Carlos Monsiváis
Edgardo Leyva
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Héctor Mares
Jaime Martínez Veloz
Marco Antonio Blásquez
María Elena Estrello
Oscar Rivera
Pedro Ochoa
René Mora
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