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Lic. Edgardo Leyva Hace días vimos por televisión a dos senadores de la República pronunciarse a favor de la reelección y expresar el acuerdo que han celebrado para impulsar la iniciativa que, aseguran, ya fue formulada por otros colegas suyos. Gustavo Madero y Manlio Fabio Beltrones, del PAN y del PRI, respectivamente sostienen que esa es la mejor forma de hacer que aquellos que olvidaron a sus representados después de ser electos “regresen” a sus distritos o entidades federativas a pedir de nuevo el voto de la ciudadanía que, “ahora sí,” tendrá la oportunidad de rechazarlos o reelegirlos. Basta un breve análisis de la historia política de los pueblos latinoamericanos quienes, al igual que nosotros, han sufrido en carne propia este flagelo antidemocrático que excluye a las nuevas generaciones sanamente ansiosas de participar en política, así como a cualquier ideología o interés contrario al oficial, del ejercicio pleno de su derecho constitucional de ser votado permitiendo a los partidos políticos seleccionar otra vez a los que tienen poder, dinero e influencia en las manos. Leónidas Trujillo, Jefe de Estado en la República Dominicana de 1930 a 1961; Anastasio Somoza, Presidente de Nicaragua de 1937 a 1956, “con Somoza forever”, sucedido en el poder por sus hijos Luis y Anastasio Somoza Debayle de 1956 a 1979; Alfredo Stroessner, Presidente de Paraguay en 1954, se reeligió ocho veces en forma consecutiva; Francois “Papa Doc” Duvalier, electo Presidente de la República de Haití en 1957, con una nueva Constitución se convirtió en “Presidente Vitalicio”, fue relevado al morir por su hijo de 19 años Jean Claude “Baby Doc”; Augusto Pinochet en Chile; y Alberto Fujimori del Perú, todos ejemplos contemporáneos de este pernicioso ejercicio político que les ganó la condena eterna de sus pueblos. En México, el gran Benito Juárez, triunfador de la Guerra de los Tres Años, autor de las Leyes de Reforma, vencedor del Imperio de Maximiliano, restaurador de la República y de la Constitución de 1857, consumador de la Segunda Independencia Nacional y Benemérito de las Américas fue Presidente de la República, en 1858, en 1861 y en 1867. Contra esa reelección, el General Porfirio Díaz, en noviembre de 1871, dirigió al pueblo mexicano su Plan de la Noria. Sin embargo, como Presidente de la República, Díaz se reeligió siete veces. El Héroe de la Carbonera, del 2 de abril, del 5 de mayo de 1862, del sitio de Puebla en 1863 y muchas batallas más, cayó en el vicio que tanto combatió en su camino al poder supremo del país: la reelección inmediata e indefinida. La Revolución triunfa y la Constitución de 1917 establece como norma suprema en nuestra política la no reelección. Para recordarlo siempre la documentación oficial mexicana, en todos sus niveles, debe llevar impresa la leyenda “Sufragio Efectivo, No Reelección”. Es evidente que en política, la reelección lejos de generar simpatía y respeto para quienes la pretenden, provoca el distanciamiento y repudio de sus electores. Próximamente el Congreso de la Unión iniciará el proceso legislativo correspondiente a esta iniciativa reeleccionista que patrocinan los dos partidos “grandes” del país. Sin haber consultado sus bases, mucho menos a la ciudadanía en general, este acuerdo de la partidocracia solamente producirá discusiones y conflictos. La historia no olvida ni se equivoca.
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