La Isla de las Perlas PDF Imprimir E-mail

Por: Lic. Edgardo Leyva

“Ahora que podemos ven conmigo a recorrer
de uno a otro extremo esta tierra increíble,
el árido sendero de la península
esculpida por los siglos en basalto y silencio,
en granito y aliento, en reptiles y viento
y en sandalias de misionero...”

De una desconocida tierra nombrada Califerne, nos habla el Cantar de Roldán donde se narra la lucha de las tropas de Carlomagno en el año 778, contra los moros en el desfiladero de Roncesvalles. En tanto en 1510, la novela caballeresca española “Las sergas de Esplandián”, la menciona tal como ahora la conocemos: “a la diestra mano de las indias existe una isla llamada California, muy cerca de un costado del paraíso terrenal, poblada por mujeres negras, sin que hubiera allí un hombre, pues vivían a la manera de las amazonas... sus armas eran todas de oro y del mismo metal los arneses de las bestias que montaban porque en toda la isla no había otro metal que el oro”.

En México, en tiempos de la conquista, se contaba la leyenda de una gran isla habitada por mujeres guerreras y gobernada por una reina de extraordinaria belleza. Se localizaba en el Mar del Sur y se aseguraba que su riqueza en oro y perlas no tenía igual en todo el mundo. Hernán Cortés, enterado de su existencia y ubicación , no muy lejana, envió una expedición para que navegara esas aguas y diera con el reino de la hermosa Calafia y sus amazonas. Durante la travesía el piloto y navegante de uno de los barcos, Fortún Jiménez, encabezó un motín que lo puso al mando del grupo que finalmente arribó a la que hoy conocemos como Bahía de la Paz. Los indios que poblaban el lugar combatieron y derrotaron en sangrienta lucha a los expedicionarios dando muerte al mismo Fortún Jiménez. Sólo unos cuantos pudieron salvarse y regresar a la costa de Sinaloa donde relataron que la zona descubierta era inmensamente rica y la llamaron “Isla de las Perlas”.

El fracaso de la empresa y los relatos de los sobrevivientes determinaron que personalmente Cortés se lanzara a la exploración y conquista de estos nuevos territorios. Arribó el 3 de mayo de 1535 a la Bahía de la Paz, la cual nombró Santa Cruz y estableció en ella un puesto militar que dejó al mando de Francisco de Ulloa cuando el conquistador regresó a la Ciudad de México por llamado del Virrey.

Tiempo después Ulloa zarpó de Santa Cruz con el fin de explorar la costa norte de las nuevas posesiones y llegó hasta la desembocadura del Río Colorado dándose cuenta de que no era una isla, como todos creían, sino de que se trataba de una península. Regresó navegando hacia el sur hasta bordear Cabo San Lucas y continuó costeando hasta que alcanzó, en 1540, la Isla de Cedros. Se hizo nuevamente a la mar con intención de continuar su exploración al norte pero nunca más se tuvo noticia de su suerte.

Juan Rodríguez Cabrillo continuó en 1542 la exploración de Ulloa. Siguiendo su ruta llegó a San Quintín para después arribar a un puerto que llamó San Mateo, hoy Ensenada, y proseguir su viaje pasando por San Miguel (San Diego). Luego llegó a un grupo de islas a las que llamó De la Posesión (Islas Canal). Posteriormente navegó por la Bahía de los Pinos (Monterrey) hasta Cabo Mendocino pero se vio forzado a regresar, por mal tiempo y enfermedad, a las Islas de la Posesión, donde finalmente murió.

Al descubrimiento y exploración por mar siguió la colonización y conquista espiritual por tierra a cargo de los misioneros, actividad que inició el padre Eusebio Francisco Kino. En 1685, Kino navegó hasta un sitio llamado San Bruno, donde se construyó el presidio y la primera misión de California. En 1697, Juan María de Salvatierra, muy cerca de San Bruno, fundó la Misión de Loreto, primera permanente desde la cual se extendieron todas las demás al norte y sur de la península. Al expulsar el Rey Carlos III de España a los jesuitas de sus dominios, Fray Junípero Serra y los franciscanos se hicieron cargo de las misiones de Alta y Baja California las que se siguieron construyendo hasta 1834. Los dominicos, con México independiente, levantaron la Misión de Nuestra Señora de Guadalupe del Norte en el Valle de Guadalupe, última de estas construcciones californianas.

Llegaron las vacaciones en plena crisis. Los expertos y el sentido común indican que no debemos salir del país, que seamos turistas en nuestra propia tierra. Excelente idea si las autoridades federales, estatales y municipales apoyan al viajero y a los servidores turísticos. Los bajacalifornianos tenemos a la mano nuestra península con atardeceres, bahías, bosques, esteros y dunas. Sea por el Mar de Cortés, el Océano Pacífico, la Carretera Transpeninsular, la del Golfo o la Ruta de las Misiones, Baja California continúa siendo, lo que fue en otros tiempos para exploradores, piratas, conquistadores y misioneros: aventura, leyenda, diversión y belleza natural incomparables. Disfrútela.

 

Colaboradores

Alejandro Vizcarra Estrada
Agustín Basave
Aquiles Medellín Silva
Carlos Monsiváis
Edgardo Leyva
Héctor Castellanos
Héctor Mares
Jaime Martínez Veloz
Marco Antonio Blásquez
María Elena Estrello
Oscar Rivera
Pedro Ochoa
René Mora
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