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Por: Carlos Monsiváis
El presidente Felipe Calderón, al que no entiendo por qué las encuestas le regatean el 110 por ciento de aprobación, ha insistido: “Vamos por el rumbo correcto”. Seguramente sí, aunque valdría la pena definir en alguna medida que es “el rumbo correcto”. Si se trata de poner a prueba el espíritu de sacrificio, o de disminuir a diario los sueños familiares, o de hacer de las deudas el gran aliciente de las depresiones, vamos por el rumbo correcto. Todo es cuestión de lo que vale la pena considerar. Pero, es triste decirlo, Calderón no inaugura la educación para vivir en el desastre, ésa ya estaba, aunque no con la intensidad militarizada de estos días. Si algo no le ha faltado al país “en el rumbo correcto” es el vigor del determinismo.
Está escrito desde el principio de los tiempos... (Si no escrito, si ya había desde entonces grafittis) Una de las grandes batallas culturales de estos años es el enfrentamiento a la mentalidad determinista, la línea interpretativa de la realidad que, interiorizada profundamente, es el conjunto de prejuicios más arraigado en Latinoamérica. ¿Qué entiendo aquí por determinismo? Si no el avasallamiento de las conciencias, sí las formaciones tradicionales (el conservadurismo religioso, el clasismo, la ideología patriarcal) a las que se agregan los mecanismos del autoritarismo, de la educación y de las industrias culturales. Nada puede hacerse —es el mensaje transmitido de múltiples formas en los siglos del virreinato— si eres indio o mestizo; en el siglo XIX las reglas impuestas alegan que todo te está vedado, porque se padece el caos que es el término aplicado a la nación; y en el siglo XX se proclama, si no perteneces a la élite o si no te tocan los beneficios muy selectivos de la movilidad social, cumplirás con tu destino. El determinismo, atenido en lo básico a la clase social, el género y el color de la piel, minimiza o ridiculiza la existencia de la miseria y la pobreza, calificadas de “expresiones endémicas del ser humano”. Desde los sacerdotes que a los indígenas y los pobres urbanos les exigen obediencia y resignación, la meta histórica del determinismo (la mentalidad y el designio de control) ha sido convertir las limitaciones económicas y sociales en rasgos idiosincráticos. Si la desigualdad es un rasgo inalterable de las sociedades, las luchas emancipadoras resultan inútiles de antemano.
A lo largo de la implantación del determinismo, se insiste en la tesis del pecado original. El hombre, nacido de mujer, corto de días y harto de sinsabores (Antiguo Testamento) vive bajo el oprobio del pecado que es “Todo pensamiento, palabra o acción contra la ley de Dios” (San Agustín). ¿Y quién interpreta y conoce la ley de Dios? Los clérigos, que al bautizar a las naciones y a los nacionales los someten desde el principio a los juicios tajantes sobre su propia condición.
¿Qué resulta de vaticinar el fracaso de los intentos de crítica o cambio? Hasta épocas muy recientes, se vive la ilusión o el mito del país de un solo idioma, una sola religión, un solo partido político, un método inalterable de concebir los roles del macho y de la hembra, un cuerpo dogmático de creencias, usos y costumbres. De allí proviene la búsqueda de caudillos, la aceptación desesperanzada de los gobiernos de “mano dura”, el miedo al cambio, la creencia fantasiosa en la Identidad Nacional.
Si Dios nos hubiera querido iguales, nos hace nacer a todos en la misma colonia popular Por lo menos en cifras, ya se dice y se sabe bastante de la mayoría marginada, así se desdibujen sus expresiones culturales y sus formas de sobrevivencia. En el último medio siglo nadie objeta la descripción de México, “país fundado sobre la desigualdad”, y ningún gobierno va más allá de unas cuantas medidas igualitarias (en el mejor de los casos), y de la grandilocuencia patética. “A los desposeídos les pido perdón”, exclama el primero de diciembre de 1976 José López Portillo al tomar posesión de la Presidencia. Una vez admitida la impagable deuda histórica, a los habitantes de la miseria y la pobreza, cerca del 60 por ciento de la población, se les reserva la dureza y la indiferencia.
Las minorías marginadas ni siquiera obtienen la atención de los gobiernos y la prensa al padecer, el racismo, el sexismo, la intolerancia, la homofobia y la intolerancia religiosa. Hasta épocas muy recientes, el reconocimiento de la diversidad no es usual y sólo en 1982, durante la campaña del priísta Miguel de la Madrid, y como gesto de cortesía hacia los científicos sociales, se reconoce la condición plural del país. Los liberales definen a sus contertulios, a México como un todo homogéneo: la nación católica a la hora de fiestas, peregrinaciones y censos, la sociedad profundamente mestiza y heterosexual. Apenas se admite lo alternativo, y se dificultan en extremo las libertades en materia de moral y vida cotidiana.
Acátese y cúmplase: se integran en un haz de voluntades tiránicas el monopolio de las creencias, el monopolio del poder político, el monopolio del poder económico, el monopolio de la conducta admisible. Se margina a mayorías y minorías y se considera natural o normal la suerte atroz que de modo frecuente nos acompaña. A los excluidos de la Nación Visible (la mayoría), se les condena al infierno de la falta de oportunidades, complementada por la ausencia de respetabilidad. En los espacios marginales se congregan los disidentes religiosos, los disidentes políticos, los minusválidos, los de la Tercera Edad, los alcohólicos, los gays y lesbianas y, muy especialmente, los indígenas. Y en la marginalidad no declarada pero implacable, la mayoría de las mujeres, o, en el terreno de los poderes, el género entero. A la pluralidad se llega con lentitud pese a las conquistas históricas (la libertad de cultos, la libertad de expresión, la educación laica y gratuita, la secularización). No obstante sus diferencias extraordinarias, estos sectores comparten rasgos primordiales: el costo psíquico y/o físico por asumir y transformar la identidad diseñada en el exterior, las dificultades en la construcción de su historia (el esfuerzo de adaptación a medios hostiles), y las repercusiones interminables del “pecado original”, la culpa de no ajustarse a la norma, de ser diferente de la élite. Las palabras clave Es notable el peso de las palabras clave. Desde la década de 1930 por lo menos, parte de la identidad más real de las personas y las sociedades depende de su decisión de amoldarse a términos que hacen las veces de yugos: primitivismo, complejo de inferioridad, colonización, subdesarrollo, dependencia, marginalidad, Tercer Mundo, periferia... Durante casi un siglo, se escuchan frases de esta índole: “Tan lejos de Dios, tan cerca de los Estados Unidos/ ¿Qué le vamos a hacer si somos subdesarrollados?/ Me salió lo tercermundista y no fui a trabajar/ Sí que somos marginales/ Por más que busco en The New York Times no viene ninguna noticia de mi pueblo natal”. (Ahora se diría: “No que muy global y sigues viviendo en la misma colonia”). Las versiones dolidas o pintorescas afirman el hecho histórico: a causa de la comparación evidente y del prejuicio, en los países periféricos se idealiza a las metrópolis. Y esto se intensifica con la globalización, que vuelve marcas infamantes las interpretaciones de Alicia en el país de las maravillas. Por eso, lo común en la América Latina de principios del siglo XXI es calificarse (sin estas palabras) de globalizado de segunda, tan internacional como todos pero bastante menos. En proporción muy alta, las viejas definiciones ya no rigen o lo hacen en forma restringida. En el viaje semántico, algunos vocablos no pasan de moda, sólo expresan lo contrario de su acepción inicial. Y las causas que emergen aportan definiciones y vocablos y modifican el mapa conceptual. La aceptación y el arraigo de las palabras clave es un fenómeno devastador. Cito algunas:
—Sexismo. La ideología de la superioridad masculina es el fondo doctrinario (si tal es la palabra) del machismo y el patriarcado. El mero uso del término califica al machismo de pesadilla social. —Género. El concepto que se evade de las cargas históricas y las prisiones del macho y de la hembra, y genera un campo conceptual, cuya premisa es la objetividad. Durante una década, la de 1990, la iglesia católica se propone enfrentar y vencer la expresión y en la Conferencia de Beijing de 1995, los países islámicos y el Vaticano rechazan el término, sobre una presunción: Dios creó al hombre y la mujer no a los géneros. Fracasan y la expresión perspectiva de género logra avances que, con su nombre, el feminismo no había conseguido. —Empoderamiento (empowerment). La noción de la toma de poderes como la ciudadanización de la política y los movimientos sociales. Este concepto es indispensable en el desarrollo del feminismo, las minorías y las ONG´s. —Gay. El uso internacional de gay es un gran avance al no arrastrar el peso del prejuicio y el desprecio histórico que desbordan vocablos como maricón, joto, puto, y sus equivalentes en cada país. Lo gay relaciona a una minoría nacional con la muy significativa minoría planetaria de conquistas sociales y legales incesantes. —Homofobia. El odio irracional contra los homosexuales adquiere un nombre específico, y se vuelve un prejuicio identificado. Esto lo disminuye considerablemente. —Diversidad. Sinónimo actual de derechos de las minorías, especialmente las sexuales.
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