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Por: Agustín Basave
Los mexicanos estamos de regreso en nuestra vieja realidad. La que relegamos por un mes, mientras duró la emergencia sanitaria de la influenza. Durante ese paréntesis nos ganó la angustia. Lo que antes nos atemorizaba era grave pero familiar: el crimen organizado y la crisis económica se habían convertido en parte de nuestro paisaje existencial. El nuevo peligro, en cambio, nos era desconocido. Por eso nos hizo olvidarnos de lo demás: vimos el horizonte oscurecerse e imaginamos que detrás de esas sombras avanzaba algo ignoto, impredecible, que podía echársenos encima. Pero súbitamente se disiparon las tinieblas y nos dimos cuenta de que todo seguía igual. Las notas de la prensa y de los noticieros volvieron a teñirse de rojo. Regresamos de un día para otro a la rutina informativa de ejecuciones, secuestros, aprehensiones y fugas. Violentamente volvimos los ojos a la violencia. Y al mismo tiempo pasamos de una noche a la otra: nos reencontramos con los vaticinios sombríos sobre cierre de empresas y desempleo. Peor aún, el panorama desalentador que por unos momentos dejamos de ver se tornó desolador. La economía, de por sí golpeada, recibió el impacto adicional del frenazo que le impuso la influenza. El turismo sufrió un golpe devastador y mucha gente quedó al borde del abismo.
Pero hay otra realidad a la que también estamos regresando. Una que habíamos soslayado hace mucho tiempo, que existe desde antes de la epidemia y que precede también a la criminalidad desbocada y a la recesión. Me refiero a la corrupción que revelan los flamantes escándalos políticos, gotas de un miasma que escurre bajo las bambalinas de la disputa por el poder. Y es que por cada cloaca que se destapa hay muchas que quedan tapadas. Lo mismo en los partidos que en el mundo sindical o en el empresarial o en el del periodismo, quien asume una suerte de omertá. Las fechorías de las que nos enteramos se ponen al descubierto por algún error de cálculo, por voracidades o traiciones que propician venganzas o ajustes de cuentas, por pasiones desbordadas o remordimientos.
Los libros y las entrevistas que se han difundido recientemente hicieron las veces de despertador. Nos sacaron del sonambulismo de la angustia para regresarnos, de golpe, a nuestra inveterada precariedad, y para llevarnos de lo imprevisto a lo previsible. Luego vinieron los operativos contra los narcopolíticos. Y aquí estamos, entre asqueados y entretenidos en medio de ríos de inmundicias que amenazan con anegarnos. Y lo que falta. En víspera de las elecciones intermedias, de cara al banderazo formal de la carrera presidencial, otros esqueletos pueden salir del clóset. Bailaremos al son de notas escandalosas, nos meteremos al carnaval de la mierda. Porque el morbo nos hace disfrutar el desfile de cinismos, el espectáculo de perversiones, el concurso grotesco de miserias desnudas. Lo observamos con una ceja levantada, dos ojos desorbitados y tres dedos apretando la nariz, pero no podemos disimular el placer. Nos hace vernos mejores: justifica tácitamente nuestros pecados, relaja nuestra conciencia. Total, es la naturaleza humana.
Con todo, nos hace falta un retorno más. Hasta ahora nos hemos conformado con argumentar que los corruptos están en las élites y que los demás somos inocentes. Y sí, prevalece una enorme inmoralidad arriba, pero ya es tiempo de preguntarnos qué la hace posible abajo.
Unos más, otros menos, pero todos somos parte de este problema que tiene raíces históricas y culturales. Tenemos que dejar de vernos la cara con la idea de que nuestra sociedad es limpia y que sólo los dirigentes son sucios. ¿De dónde salen, dónde se forman esos dirigentes? ¿No permea al ámbito público y al sector privado o social que dirigen un código de deshonestidades? ¿No abundan las mordidas, los establecimientos que venden kilos de 900 gramos y los litros de 900 mililitros, la piratería que se vende y se compra, las corruptelas de grupos informales, las mafias o las sectas facciosas en los sindicatos, en la burocracia, en el deporte, en la academia? ¿No es aquello de que “el que no transa no avanza”, el lema que suscriben muchos mexicanos, los mismos que toleran al que roba siempre y cuando salpique? Me santiguo al decir algo tan políticamente incorrecto: si bien hay en este país ciudadanos admirablemente íntegros, la mayoría acepta de buena gana y participa en mayor o menor medida en el juego de reglas no escritas e ilegalidades dentro del cual se mueve gran parte de nuestra vida política, económica y social. Ese comportamiento es racional: el sistema está diseñado para que sea más conveniente violar la ley que cumplirla. Por eso la corrupción se ha convertido en el aceite sin el cual no puede funcionar el engranaje de México. Es un mecanismo que hace que las cosas se muevan, una urdimbre de complicidades sin la cual se dificulta la convivencia armónica.
La distancia entre la norma y la realidad es demasiado grande en México. Y esa brecha se llena con códigos de reglas no escritas, que dejan a la Constitución y sus leyes secundarias como referente límite. Así funciona prácticamente todo, incluido el crimen organizado y sus componentes sociales, es decir los funcionarios públicos que le dan protección desde el gobierno y los ciudadanos que trabajan para él. Y si no se da un giro copernicano en nuestro marco legal (en vez de tener leyes rígidas que se aplican con flexibilidad crear leyes flexibles que se apliquen con rigidez), seguiremos en el albañal. La descomposición de nuestra sociedad seguirá su curso, y la redención se alejará hasta perderse en el horizonte.
La única esperanza es un golpe de timón, desde arriba o desde abajo. Aunque eso presupone una solidez moral y una audacia que no se suelen conjugar. Una estrategia de impunidad cero, por ejemplo, con un megaoperativo nacional para detener más allá de coyunturas electorales a todos los cómplices políticos del narcotráfico, los de chile rojo, de dulce azul y de manteca amarilla. Quizá algo así podría detonar un cambio en la conciencia de todos. Y de ese modo podría despertarse una participación social que impediría que los intereses afectados pusieran en jaque al Estado y al mismo tiempo contrarrestaría las tentaciones autoritarias de excepcionalidad o militarización, de modo que las instituciones democráticas seguirían operando. Y por si fuera poco, la zarandeada a los partidos los forzaría a refundarse y a entender que aquél que se atreviera a deshacerse de su escoria tendría ventaja de cara al 2012. Saldríamos así del falso dilema en que nos pone la decepción que nos provocan y la conciencia de que sin ellos la democracia degenera en autocracia o en oclocracia: tendríamos partidos, pero no éstos. Tendríamos representantes, pero no esos. La condición es que cambiemos primero nosotros y ellos cambien después, obligándolos a pagar su corrupción con la cárcel o al menos con el fin de su carrera.
La responsabilidad primordial del cambio el sistema es de los representantes. Pero nada se logrará sin la depuración y la presión de los representados, sin una cruzada por la autocrítica social y por el renacimiento ético de nuestra sociedad políticamente organizada. Si no lo gestamos, seguiremos en esta cotidianeidad de fullerías, permitiendo que quede impune el chapoteo de los grandes corruptos en el estercolero. Continuaremos en un baile de máscaras en el que nadie engaña a nadie y todos nos engañamos a nosotros mismos. Y así, sin darnos cuenta, habremos completado nuestra vuelta a la anormalidad.
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