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Por: Carlos Monsiváis El presidencialismo La Era del PRI consagra su “religión civil”, el presidencialismo, cuya fuerza depende de la incondicionalidad del Poder Legislativo (el mayoriteo, ese bosque de manos dóciles al votarse en el Congreso las iniciativas del Ejecutivo), y la sumisión del Poder Judicial (¡Ah, esas giras a Tlaxcala o a Chalco con el Presidente de la Suprema Corte de Justicia corriendo detrás del Primer Magistrado de la Nación! ¡Ah, esas condenas abyectas a los presos políticos de 1958-59 o a los presos políticos de 1968! ¡Ah, esas afirmaciones del Presidente: “En México no hay presos políticos, hay delincuentes!” ). El presidencialismo concentra las facultades en el Presidente de la República, y a eso le añade la imposibilidad de usarlas de modo eficaz; el don autocrático de nombrar al próximo Presidente y la fantasía de regir con detalle a una burocracia independizada por la ineptitud y la corrupción; la decisión unipersonal de endeudar a la Nación o de “privatizarla”, a fondo y el método “habilísimo” de soluciones siempre pospuestas en medio del sometimiento al orden financiero. El presidencialismo es el resultado del arrasamiento sistemático de las alternativas y de cualquier posible instrumento de contención a las decisiones del Ejecutivo. Surge en respuesta a la fragmentación caudillista, se solidifica por la necesidad de imprimirle sentido único a la vida institucional, y alcanza su cúspide escénica en medio del sometimiento a quienes lo ejercen. “Señor Licenciado, si quiere contemplar al Salvador de la Patria, véase al espejo”. Y si se inventa el poder omnímodo del presidencialismo, el poder restante es extraordinario, si se piensa en función de un ser humano. Al poder máximo lo nutre la sujeción psicológica de grandes sectores, que asumen como “naturales” los atributos ilimitados del Presidente. El presidencialismo (que afirma) el peligro de un gobernante de la ciudad de México, porque “dañaría al poder presidencial”, elimina la voluntad colectiva a favor del monopolio del capricho. Afirma Salinas de Gortari: “A pesar de las presiones y de la inquietud en algunos sectores de la sociedad, la designación del abanderado priísta definitivamente no se efectuará en el presente mes, sino en diciembre o enero próximos” (La Jornada, 12 de diciembre de 1993) La corrupción Decidida a llevar al país a la modernidad en ese “fuero interno” que es determinación pública, la Era del PRI consideró rentable a la corrupción, a fin de cuentas “sólo otro método de acumulación”. Si en la etapa revolucionaria la corrupción desata el escándalo social y el humorístico (el valor cómico del verbo “carrancear”, robar), en el período que casi inaugura el alemanismo, la corrupción se vuelve la segunda “épica capitalista”. ¿Quién pierde el tiempo imaginando un imperio industrial a partir de una tienda modesta o un humilde bufete, sí puede obtenerla en seis años desde el acceso incontrolado al presupuesto? Se admiten desahogos sociales al amparo del chovinismo, “México, el país más corrupto del mundo”, y no hay dudas sobre lo substancial: el escudo mitológico de la Era del PRI es el culto a la impunidad.
Las ceremonias de la Corte III: El lenguaje oficial: “Oculté tan bien lo que pensaba que ya no recuerdo lo que era” El discurso (el habla) del PRI se renueva con regularidad. Va del tono radical, incendiario de la etapa 1929-1940 (“Las revoluciones vienen/ las revoluciones van/ y los indios nunca tienen/ pan”) a la mesura del humanismo profesional del período 1940-1958, conoce de alturas retóricas y de apresuramientos de la demagogia. Sólo algo tiene en común: la imposibilidad de ponerse al día. El presidente Luis Echeverría quiere estar a la vanguardia y se petrifica en la idea borrosa y circular del Tercer Mundo; el presidente Carlos Salinas se propone adecuar el “lirismo” priísta con el vocabulario de doctorado en economía, y apenas consiguió interrumpir toda comunicación entre los funcionarios y quienes tuvieran el valor de leerlos, oírlos e interpretarlos. Los efectos de tal jeringonza oscurecen a quienes, ya sin los fervorines de la Revolución Mexicana, jamás domestican por así decirlo el nuevo idioma. Un ejemplo: el líder Mariano Palacios Alcocer se refiere a lo difícil que le resulta a los priístas ser oposición, y lo frasea de esta manera: “Hemos estado muy formados en la cultura de tener un vértice que nos posibilite el entendimiento, el ejercicio de una disciplina y la fluidez de la vida institucional, y ese código no escrito de alientos y desalientos que pueden darse en las instancias donde no hay un gobernador priísta”. Y véase cómo este líder demanda que el pleito electoral sólo se libre entre dos partidos, el PRI y el PAN: “Se requiere polarizar a efecto de que se puedan medir con mayor eficacia las virtudes e insuficiencias que virtualmente pueden tener los actores políticos” (12 de febrero de 1998). Del discurso con el mensaje entre líneas al discurso en donde el propio mensaje no sabe en qué consiste.
La Era del PRI II: la tradición al borde del abismo El golpe de muerte a la tradición es la creencia cada vez más aguda en las encuestas. Cada que un priísta se apoya en una encuesta, se aleja peligrosa y confusamente del modelo original, y deposita en manos ajenas, por subvencionadas que estén, el futuro de un régimen que abomina de la democracia pero de golpe se sujeta a los levantamientos de opinión. No hay secreto de la permanencia. De 1929 a 1999, los regímenes del PRN/PRM/PRI, se especializan en eliminar brutal o corruptamente las alternativas, asimilando a los oposicionistas, diezmándolos, cesándolos de sus empleos, alojándolos en la sordidez social, aplicando el fraude mayúsculo, fomentando sus divisiones internas, sometiéndolos a un minucioso linchamiento moral y cuando se puede físico, acosándolos con el río de calumnias. Y su lema es grito de batalla: “Somos los que le convienen al país, porque para empezar somos los únicos que estrictamente hablando, competimos”. Y el presagio del fin le llega al PRI al no extirpar o nulificar a la oposición. Si el PRI tuvo a los mejores (que al poco tiempo de estar allí dejaban de serlo), ya sólo dispone de los que hay (que al seguir allí, empeoran ante tanta desolación). Pero los que hay tienen más práctica de gobierno que los que están (los panistas, enfangados en su moralismo del siglo XIX y en los actos de corrupción que por lo que se ve también los definen). Y la moraleja nace redactada: “Los priístas perseveraremos en el poder, porque es un poder hecho a la medida. Y tan es así que el verdadero sinónimo de ingobernabilidad es alternancia”. La persuasión genuina del PRI se sustenta en la trabazón histórica de complicidades cuya legitimación proviene del control de la ley. Y todo ayuda a la hora de abandonar los reflejos condicionados que algunos llaman ideología. En su encarnación del PNR o en su Karma del PRM, los priístas son nacionalistas revolucionarios, nacionalistas a ultranza, estatólatras, defensores de la soberanía, expropiadores, pero en estas transformaciones jamás se da un pensamiento orgánico. Y el resultado de esta ausencia es el pragmatismo, es decir, la noción de adaptabilidad perpetua, la mejor doctrina es la moldeable.
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