El justo medio alfonsino PDF Imprimir E-mail

Por: Agustín Basave

 Si no ecléctico, Alfonso Reyes fue un hombre mesurado y sincrético por naturaleza. En su afán de conciliación y centrismo incluyente, recurrió una y otra vez a acercamientos y amalgamas teóricas. La tolerancia fue causa y efecto. La búsqueda de la comprensión y del elusivo justo medio guió sus posturas tanto en su visión de la historia como en su concepción de la política. Tenía necesidad de armonía y rechazaba la confrontación; su renuencia a excluir y su voluntad de concordar, lo llevó a la intersección. En las dos áreas de pensamiento donde lo vincularon sus testimonios de la acción, el común denominador fue la construcción de espacios de confluencia. Se trata de lo que denomino el crisol de sus tertulias mentales.

El devenir histórico fue para Reyes un largo y sinuoso camino hacia la resolución y la reconciliación de los contrarios. “A la majestad de la Historia no siempre conviene el que los grandes conflictos encuentren soluciones fáciles”, afirmó en México en una nuez. Y agregó: “La ciencia no nos deja mentir. La verdadera Independencia no existe mientras quedan resabios de rencor o de pugna”. La superación del encono y el concomitante perdón son la fórmula de la argamasa, y en el caso de México la solución y la unidad llevan al mestizaje.

A nadie debe sorprender su afiliación a la mestizofilia, particularmente en su designación de la lucha de razas como motor histórico. En consonancia con los demás mestizófilos, don Alfonso suscribe sutilmente la tesis de que el mestizo es, a fuerza de síntesis, la encarnación de nuestra identidad nacional. Su convicción mestizófila quedó plasmada en La X en la frente: “El espíritu mexicano está en el color que el agua latina, tal como ella llegó hasta nosotros, adquirió aquí, en nuestra casa, al correr durante tres siglos lamiendo la arcilla roja de nuestro suelo”.

Alfonso Reyes no fue un revolucionario sino un posrevolucionario. No podía haber sido de otra manera. La Revolución fue el choque, el exceso de violencia y la carencia de ideas; la posrevolución fue la reconstrucción, la sublimación creativa de una lucha superada. Un hombre como Reyes no podía hacer panegíricos del odio de clases o razas pero sí de la concordia y del amor a la nación. En eso, como en tantas otras cosas, se asemejó a su admirado Justo Sierra. Sólo como fait accompli aceptó el estallido. Su logos racionalizó la guerra civil mientras su ethos exaltó la oportunidad de edificar, desde la atalaya de la inteligencia y la cultura, una nueva república. La gesta de 1910 fue, por lo demás, la encrucijada de don Alfonso frente a la historia y la política. Allí apreció miserias y grandezas, con la figura paterna como gozne conceptual.

La muerte del General Reyes en la decena trágica fue el germen de Ifigenia cruel, su catarsis personal vuelta poema dramático, y de su sombría percepción de la praxis revolucionaria; la vida de don Bernardo, su actuación como gobernador de Nuevo León y como miembro del gabinete de Porfirio Díaz, fue la fuente de su imagen luminosa de la cosa pública. En efecto, la política fue para Reyes un contradictorio receptáculo de las luces de su padre y las sombras de quienes lo mataron. No debe sorprendernos, pues, que haya rechazado que el papel del intelectual ante el poder fuera orgánico o distante, militante o ajeno. Él no creyó en el filósofo rey sino en el consejero áulico.

No resulta descabellado pensar que la premisa de Alfonso Reyes no haya sido en ese sentido distinta a la de la mayoría de sus juveniles compañeros ateneístas. Hubo una vez era maravillosa, la de la Grecia clásica, en que la Política se escribía y se hacía con mayúscula. Pese a que tuvieron muchos y muy grandes pensadores y artistas de donde escoger, los atenienses se negaron a darle a ése su siglo más glorioso otro nombre que no fuera el del estadista Pericles. Después Maquiavelo escindió la ética de la política y la minúscula sentó sus reales.

Si la visión idílica del ejercicio del poder en la quinta centuria antes de Cristo prevaleció entre los críticos del positivismo, con más razón lo hizo en nuestro helenista por excelencia. El desprestigio había permeado a la polis mexicana de su época, donde quedaba espacio para algún Ulises pero no para Pericles criollos.

La crítica que se le ha hecho a Reyes por rehuir el compromiso y la militancia ideológica amerita una reflexión. Hay que admitir que entre sus muchas cualidades no estaban el arrojo y el coraje: si se le hubiera preguntado por la valentía seguramente habría respondido, con Aristóteles, que es el punto intermedio entre los extremos viciosos de la cobardía y la temeridad, pero probablemente no le habría dado un lugar preeminente en su escala axiológica. Lo suyo fue la prudencia, la cordura, la sensatez.

Por temperamento heredado y por carácter asumido, Alfonso Reyes se situó casi instintivamente en el centro de todo. Esa posición le permitía minimizar la posibilidad de confrontarse, más allá de lo estrictamente indispensable, con los demás. A juicio mío, eso lo convirtió en un liberal de amplio espectro. Pero además, su inteligencia y erudición lo hicieron un hombre sensible a los matices, enemigo natural de la tosquedad de los extremismos. Fue capaz de entender argumentos y razones de tirios y troyanos, y de aquilatar las bondades de ambos. A un hombre sin una convicción política precisa, alérgico a todo tipo de radicalismos, ¿es válido exigirle una “militancia comprometida”? No pretendo desempolvar la rancia polémica sobre el arte puro o la intelligentsia neutral, pero sí afirmar que su verdadero compromiso fue con la creación cultural y que ése lo cumplió con creces. Jamás claudicó ni traicionó su militancia literaria.

El contraste con José Vasconcelos es ineludible. El oaxaqueño se la jugó políticamente con su proyecto de redención intelectual del pueblo; “Mambrú se fue a la guerra”, fue la frase críptica con la que comentaron en el Ateneo de la Juventud, con una combinación de admiración y sorna, la partida de su colega a “la bola”. Don Alfonso no dejó de desaprobar el apasionamiento de don José, que a menudo se convertía en obnubilación. Sus personalidades eran, ciertamente, opuestas. Pero a cambio de los enormes logros de la cruzada educativa vasconcelista y sus aportaciones a la lucha por la democracia en México, la pluma reyista se mantuvo al margen de amarguras y bandazos ideológicos y pudo hilvanar una mayor consistencia en su trayectoria y en su obra.

No fue un militante partidario sino un intelectual conciliador. A nadie engañó: nunca se disfrazó de político ni pretendió erigirse en adalid de la acción. Cometió errores, sucumbió a debilidades, pero no abandonó ni un instante su lúcida pesquisa contemplativa del acercamiento de los polos, de la mezcla de los opuestos, del justo medio alfonsino. En esa saga del equilibrio, más difícil de protagonizar que cualquier fanatismo, hizo gala de la tolerancia y el respeto a la otredad de un auténtico demócrata y dejó así su saldo en números más que negros. Y es que el mejor homenaje que se le puede hacer a un gran hombre es decir que fue grande sin dejar de ser hombre. Y eso fue Alfonso Reyes: un hombre que, en la perspectiva de los 120 años que han transcurrido desde su natalicio, se engrandece en la misma medida que el tiempo reduce a la incomprensión que lo rodeó a su verdadera pequeñez.

 

Colaboradores

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