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Por: Pedro Ochoa A Irma Larroque Como se podrá recordar, el Centro Cultural Tijuana (Cecut) fue inaugurado en las postrimerías del sexenio de José López Portillo, el 20 de octubre de 1982 con el nombre de Fonapas. Al iniciar el régimen del presidente Miguel de la Madrid, desaparece el Fonapas (Fondo Nacional para Actividades Sociales), organismo que había sido hecho a la medida de Doña Carmen Romano de López Portillo. La desaparición de Fonapas dejó al Cecut en el limbo administrativo pero muy pronto pasó a depender de la Secretaría de Turismo. ¿A qué dependencia debería pertenecer esta institución tan singular, recién nacida? Una organización sin par en el paisaje cultural del noroeste de México, con 35 mil metros cuadrados de construcción dedicados a la cultura consistente en museo, cine Omnimax y un espacio para teatro (éste se inaugura hasta 1985). La discusión se abrió al público: ¿al sector turístico o al sector cultural? La batalla la dieron Rubén Vizcaíno, Guadalupe Kirarte y Jorge Bustamante, en ese momento Director del Centro de Estudios Fronterizos (hoy Colef), entre otros promotores culturales, a favor de que Cecut perteneciera al segmento de la cultura. El líder fue, por supuesto, el Maestro Vizcaíno, un brillante polemista, quien argumentó la necesidad de que este nuevo organismo tuviera relación orgánica con las instancias culturales del país, con las tres grandes instituciones: el Instituto Nacional de Bellas Artes, el Instituto Nacional de Antropología e Historia y el Instituto Mexicano del Cine. El propósito fue que llegaran a nuestra ciudad grandes exposiciones artísticas, actividades culturales de primer nivel, muestras representativas de la arqueología mexicana y del arte tradicional mexicano, en fin, acercar al público de Tijuana las grandes obras de la cultura nacional. Aunado a lo anterior, se pensaba también en ciclos de conferencias, talleres, espacios para la música y las artes escénicas en general. Jorge Bustamante, por sus amplias relaciones políticas, llevó los argumentos de Vizcaíno y seguidores a los escritorios adecuados y de manera oportuna habló con los funcionarios indicados. Él mismo tenía sus razones: se necesitaba un órgano cultural en la frontera que funcione como enlace con la población mexicana en los Estados Unidos. Después de varios meses, se logró que el Subsecretario de Cultura, Juan José Bremer, hiciera en Tijuana públicamente el anuncio: el Centro Cultural Tijuana formaría parte del subsector cultura de la Secretaría Educación Pública. Poco después, el Secretario de Educación, Jesús Reyes Heroles, y el propio Bremer anunciaron la creación del Programa Cultural de las Fronteras: una instancia cultural necesaria para garantizar la difusión de la cultura mexicana tanto en las fronteras norte y sur de México. Lo rescatable es esta historia aparentemente lejana y sin importancia, en la cual un grupo de ciudadanos pudieron ganar este organismo para la promoción de la cultura reorientándolo a sus objetivos originales. Hoy, los tijuanenses ya no podemos imaginar un día sin el Cecut.
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