La fuga de Canchola PDF Imprimir E-mail

Por: Alejandro Vizcarra Estrada

Por más de 47 años laboré para la aviación mexicana en sitios como Mérida, Cozumel, Puerto Vallarta, Mexicali y Tijuana, para instituciones como la Dirección General de Aeronáutica Civil, Aeropuertos y Servicios Auxiliares, Mexicana de Aviación y Aeroméxico. En todos esos años reuní un gran cúmulo de historias y anécdotas. Una de ellas es la que en el medio aeronáutico se llegó a conocer como “La fuga de Canchola”.

En todas las aerolíneas, los aviones deben traer consigo una bitácora de vuelo, es decir, un libro o cuaderno donde se apunta todo lo relacionado con la operación de la aeronave: fallas y reparaciones, llegadas y salidas del aeropuerto, carga, pasajeros y tripulación. Dicha bitácora es responsabilidad del capitán de la aeronave y se localiza en la cabina de mando. En cada aeropuerto donde el avión aterriza, el oficial debe entregarla al maestro mecánico responsable para que conozca las novedades que presenta la aeronave y corrija las fallas a fin de que se vuele con la mayor seguridad en todos los casos.

A finales de los años sesenta, en Tijuana se acostumbraba que los reos debían ser trasladados a la Ciudad de México para ser procesados o para que completaran su sentencia en las prisiones de aquel lugar, sobre todo en la famosa prisión de Lecumberri. Los sentenciados se trasladaban en vuelos comerciales de Aeroméxico, aerolínea que volaba para la capital, haciendo escala en Hermosillo y Guadalajara antes de llegar a su destino final. Importante resulta mencionar que los reos siempre iban acompañados de dos custodios, como mínimo, que los vigilaban.

En cierta ocasión, cuando sería trasladado un reo con el apellido Canchola, quiso la mala suerte que el preso que debía ser entregado en la Ciudad de México, se escapara segundos antes de abordar la nave que lo llevaría a su destino. Esto ocasionó confusión con el pasaje y por supuesto, retraso del vuelo correspondiente. El capitán tuvo a bien apuntar el incidente en su bitácora: “A punto de salir el avión se produjo fuga de Canchola. Sin poderse localizar, salió el avión sin novedad”.

Al llegar a Hermosillo, el mecánico que recibió la bitácora de vuelo le pareció extraña la anotación; por timidez o ignorancia no preguntó al capitán en qué consistía la “fuga de Canchola”. Procedió con la más minuciosa revisión con el fin de localizar “la fuga”. Revisó y buscó pérdidas de aceite de motor, fluidos hidráulicos y de oxígeno pero fracasó en su objetivo. El trabajador anotó en la bitácora: “Se revisó el aeronave y no se localizó fuga de Canchola, prosiguiendo el aeronave su vuelo sin novedad”.

Al arribar el avión a la ciudad de Guadalajara, el mecánico encargado de revisar la bitácora se encontró con el extraño apunte. Al igual que su colega de Hermosillo, nunca en su vida había oído hablar de tan extraño componente. También, apenado, no quiso cuestionar al capitán en qué consistía el desperfecto. Revisó  sistemáticamente el aparato de pies a cabeza,  y no encontró el más mínimo goteo. Pero, para dar a entender que era un mecánico responsable y preparado apuntó en la bitácora: “Se revisó el avión, se localizó la fuga de Canchola, se reparó y limpió el desperfecto que la produjo y salió el aeronave sin mayor novedad.”

Esta es una de las historias chuscas que se conocen entre los más antiguos trabajadores de la aviación mexicana.

 

Colaboradores

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