Tomar nuestras propias decisiones: democracia PDF Imprimir E-mail

Por: Edgardo Leyva

Hace algunos años tuve la oportunidad de leer un libro dedicado a orientar al público en el conocimiento de las graves consecuencias legales, económicas y familiares que puede acarrear no hacer oportunamente un testamento. El título, que sus autores, dos distinguidos abogados tijuanenses, impusieron a la obra fue: "Hágase tu voluntad, no dejes que otros decidan por ti".

Esta advertencia de que nuestras decisiones debemos tomarlas nosotros mismos y no permitir que otros lo hagan en nuestro lugar, me remite al próximo mes de julio cuando habrá elecciones federales y estaremos eligiendo diputados al Congreso de la Unión; depositaremos en ellos toda nuestra confianza para que la responsabilidad legislativa del país llegue a buen término.

La democracia se funda en el principio de que toda autoridad emana del pueblo y que el mismo pueblo participa en la administración del Estado. Las decisiones democráticas se toman por votos y se rigen por la Regla de la Mayoría. Ésta puede ser: Mayoría relativa, que corresponde a quien logre el mayor número de votos entre los participantes en una elección. Mayoría absoluta, que es la que obtiene una cantidad de votos superior a la mitad de los electores. Mayoría calificada, es la que alcanza un porcentaje de votos preestablecido para triunfar (por ejemplo las dos terceras partes del padrón) y Mayoría total o unanimidad, que es igual a conseguir todos los votos legalmente emitidos.

Existen tres formas principales de democracia: Directa, en la que el pueblo delibera y toma decisiones votando directamente por las normas que regularán su vida en sociedad; Indirecta o representativa, en la que la que los votantes se limitan a elegir representantes para que ellos deliberen y tomen las decisiones; y Semidirecta, en la que la sociedad se expresa directamente por medio de alguno de cuatro instrumentos: plebiscito (el pueblo elige sobre una propuesta); referendum (el pueblo concede o no la aprobación final de una norma); iniciativa popular (la ciudadanía puede proponer la derogación o sanción de una ley); y revocación de mandato o recall (por este procedimiento los ciudadanos pueden destituir a un representante o funcionario electo antes de que termine su mandato).

Aunque los expertos coinciden en que la semidirecta es la mejor opción, en México la democracia es representativa y sólo participaremos en la elección de nuestros representantes. Ellos harán todo lo demás. En el caso de la diputación federal, 300 serán producto de nuestro voto y 200 más de un incomprensible procedimiento de compensación y listas acordado entre los dirigentes de los partidos políticos. Doscientos que no serán electos por nuestro voto pero que sí formarán parte de la mayoría que decidirá por nosotros en el Congreso de la Unión.

Cuando renunciamos al derecho de manifestar nuestra voluntad en cualquier acto de nuestra vida pero especialmente en política, quedamos expuestos. Quienquiera que nos represente, hará lo que su propia conveniencia le indique; puede olvidar los compromisos que celebró para obtener el encargo y los daños que causará al incumplirlos. Actuará en nombre nuestro como si contara con un poder ilimitado para actos de dominio y nada podremos hacer para impedirlo.

Dos siglos de vida independiente con errores, aciertos, abusos, traiciones y una avalancha de propaganda infame, pero todavía libres, hacen prueba plena de nuestra mayoría de edad como nación y de la capacidad de ejercicio que tenemos de todos nuestros derechos, entre ellos el de participar directamente en la toma de decisiones de la política nacional. No más tutores.
Por lo pronto, el cinco de julio, ¡hágase tu voluntad!

 

Colaboradores

Alejandro Vizcarra Estrada
Agustín Basave
Aquiles Medellín Silva
Carlos Monsiváis
Edgardo Leyva
Héctor Castellanos
Héctor Mares
Jaime Martínez Veloz
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María Elena Estrello
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Pedro Ochoa
René Mora
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