II PARTE: La era del PRI y sus deudos la vuelta de lo imposible a lo ruinoso PDF Imprimir E-mail

II PARTE

Por: Carlos Monsiváis

Las ceremonias de la Corte II:
El Tapado: La Sombra del Burócrata


A lo largo de cada sexenio el Tapado es el acertijo de cuya solución dependen fortunas y encubrimientos. Al principio, es un chiste al que le otorga forma y rentabilidad publicitaria el caricaturista Abel Quezada. El anuncio “El Tapado fuma Elegantes”, es la cima del sentido del humor usado por la sociedad para, de paso, celebrar su impotencia.  El Tapado es el Sucesor, pero también el centro de las nuevas dádivas y confirmaciones, es decir, el Tapado es el fantasma de la Presidencia por venir, el espectro que ha de materializarse en poder absoluto, y por eso los chistes sobre el Tapado festejan también la inexistencia de la ciudadanía.  Doble fila de la ironía: el Tapado es la adivinanza cuya solución correcta es promesa de ascenso, y el Tapado es el rostro espectral que el adivino fallido devela con terror.

El acto culminante del Tapado es el Destape, el Día D de las emociones y las depresiones. Cada seis años se exalta una persona y un grupo, y sus correspondientes entran en agonía. De optarse por un momento simbólico, mi favorito es uno de octubre de 1976. Al saberse la noticia: el Elegido es el Secretario de Hacienda José López Portillo, se presentan de inmediato en sus oficinas trescientos vendedores de lotería encabezados por su lideresa Sarita Ornelas.  Portan chamarras con una proclama en la espalda: “Los billeteros con López Portillo”. ¿Cómo ocurre el milagro? Se filtra la revelación: la lideresa mandó hacer novecientas chamarras, con los nombres de Mario Moya Palencia, secretario de Gobernación, Hugo Cervantes del Río, secretario de la Presidencia, y las correspondientes a López Portillo.

¡Ah, el Destape!  Esa mañana (por lo común) o esa tarde, el Presidente de la República llama a los sectores del PRI para felicitarlos por la decisión que no han tomado, y lo hace con solemnidad que deposita el cinismo en la actitud, no en las palabras: “Muy bien su elección y la del partido, señores. El licenciado es el mejor hombre para este momento tan difícil”. Y todos sonríen, abrumados por el deber.
 
Las técnicas promocionales: el cinismo

La Era del PRI destruye hasta donde puede (y pudo en demasía) la competitividad que garantiza el desarrollo equilibrado de la política.  En la esfera oficial sólo se admiten la obediencia, el apego a una ortodoxia no por mudable menos rígida, la cancelación de cualquier crítica y —como técnicas promocionales— la adopción del silencio y su complemento, los murmullos. Un buen priísta ni en sueños se desvía de la norma (porque la norma induce los sueños), y, en la Época de Oro del PRI, no tiene sentido una consigna ingenua y falsa: “La única línea es que no hay línea”. Y en la apoteosis del cinismo como habla privada y vehículo de la crítica posible, el refrán de Fidel Velázquez hizo las veces de horca caudina: “El que se mueve no sale en la foto.” Los priístas no son cínicos con tal de poseer el sentido del humor que los inocule contra la solemnidad de presidium; son cínicos, e infectan de su cinismo a la sociedad entera que lo adoptó como lenguaje de la sobrevivencia, para seguir ejerciendo la sinceridad, así sea de modo tan sesgado.

Véanse estas frases: “Hasta que le hizo justicia la Revolución (descripción admirativa del auge de un corrupto)/ Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error/ La caballada está flaca (juicio menospreciativo de los contendientes por el favor presidencial)/ La corrupción somos todos/ Honesto, honesto, honesto no es; honesto honesto no es; honesto, creo que sí (método que nulifica cualquier pretensión de integridad a secas)/ La moral es un árbol que da moras o vale para una chingada/ El PRI es el Jalisco de la Revolución: nunca pierde y cuando pierde arrebata/ Yo lo admiraba a usted desde antes, Señor, pero como usted no tenía un puesto elevado no había tenido la oportunidad de decírselo”. Y la gema de esta paremiología, o ciencia del refrán la escuchó por vez primera Manuel Buendía en labios del profesor Carlos Hank González: “Un político pobre es un pobre político”. Glorificado, el cinismo ha sido la “filosofía popular” que circunda al régimen. Por décadas, el presidencialismo, antes de asegurar: “El Estado soy yo”, se cercioró de que los demás no eran la Revolución.

El esplendor del cinismo explicó hasta hace muy poco la penuria intelectual del priísmo y, en general, del análisis político con cierta resonancia en México. La demagogia era cada vez más abstracta, y las oposiciones se afiliaron a una “teología de la resignación”, que iba de la rijosidad del mitin al talmudismo de los marxistas (“Defínase la naturaleza capitalista del Estado burgués”) y la simplonería de los conservadores (“Hay que defender la fortaleza sitiada de la moral y las buenas costumbres”)  Y al devaluar la modernidad a los nichos de la ideología pura, la mayoría de los políticos, del partido que sean, deben atenerse al pragmatismo que les dicta las vaguedades que le encomiendan toda definición posible a las acciones.  Sin desconocer la responsabilidad de los sectores y los actores políticos, es innegable la furia utilizada en la Era del PRI para negarle valor y utilidad a las ideas.  Todo se centra en la obtención y la retención del poder, o, en el caso de los opositores hasta 1988, en el hallazgo de una filosofía de la consolación o en la repartición de las migajas.

(Continuará)
 

 

Colaboradores

Alejandro Vizcarra Estrada
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Carlos Monsiváis
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