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Por: Agustín Basave El vicio es nuestro, pero la Real Academia lo ha institucionalizado. Malinchismo es la “actitud de quien muestra apego a lo extranjero con desprecio de lo propio”. Se trata de un vocablo mexicano acuñado para denotar lo antimexicano. En México lo arrastramos como una maldición: la sombra de la Malinche nos persiguió durante nuestra larga y sinuosa búsqueda de identidad nacional y se convirtió en el símbolo de nuestro tristemente célebre complejo de inferioridad, ése que naufragó en un mar de tinta al que desembocaron los ríos de Ezequiel Chávez, Samuel Ramos, Santiago Ramírez, los hiperiones y otras muchas conspicuas plumas de la mexicanidad. Creímos que nuestro origen era destino. Mientras no acertamos a reinventarnos en el mestizaje, en efecto, nos imaginamos condenados a escoger entre la estirpe de los violadores y la de los violados o bastardos. No es que hayamos superado por completo ese desgarrador y falso dilema, sino que empezamos a entender que el sincretismo sublima cuando se proyecta al futuro. No tenemos que elegir un color de piel o una tradición étnica. Nuestro horizonte identitario los funde o abarca a todos. Son pocas las autodifamaciones que no son precedidas de denigración. Desde los peninsulares novohispanos que marginaron a los criollos hasta los contemporáneos que siguen viendo por abajo del hombro a México, pasando por Buffon, De Paw, Robertson y demás científicos del eurocentrismo que lanzaron sus diatribas antiamericanas en el siglo XVIII, han sobrado quienes primero en Europa y luego en Estados Unidos nos han castigado con el látigo de su desprecio. Sólo los indios y los mestizos padecen hoy la discriminación interna, pero nadie se ha salvado del desdén externo. Todos los que hemos nacido en este país hemos cargado el baldón. Son mejores que nosotros en muchas cosas, pero ellos creen que en todo y nosotros nos la creemos. Es, hasta cierto punto, una self fulfilling prophecy. Por supuesto que generalizo. Entre europeos y norteamericanos existen quienes no comparten ese menosprecio. No faltan quienes se empeñan en fundamentarlo. Porque nos hemos ganado a pulso, con nuestras desigualdades, corruptelas y con nuestra obsesión por imitarlos en vez de crear, buena parte del estereotipo de país del tercer mundo. Hay elementos objetivos para demostrar nuestros atrasos y carencias en calidad de vida, desarrollo científico y tecnológico e institucionalidad. Pero el problema son las generalizaciones que caen en la subjetividad de los prejuicios. Van dos ejemplos: es muy difícil hacerle creer a la opinión pública francesa que no hay proceso judicial mexicano que castigue a un culpable, y es muy fácil que un entrenador de futbol europeo nos deslumbre. Cría fama y échate a dormir. Veamos el primer caso. La reciente visita de Nicolás Sarkozy a México me recordó el asunto de nacionalidades y autoestimas: el Presidente de Francia se ofendió porque se le pidió por canales diplomáticos evitar en su discurso ante el Senado la mención del affaire Cassez, y lo hizo en un mal disimulado alarde de arrogancia. Dos preguntas. 1) Si a un presidente mexicano se le pidiera que no hablara de un asunto delicado frente al Parlamento francés, ¿reaccionaría igual o accedería en aras de la prudencia? 2) Si algo similar le solicitara a Sarkozy el Congreso de Estados Unidos, ¿se atrevería a contrariar a sus anfitriones u optaría por considerarlo una petición respetuosa y atendible? Para cerrar con broche de oro, el esposo de Carla Bruni dijo que confía en la justicia mexicana, pero se acogió a la reserva de que sería Francia la que determinaría la sentencia, con lo cual se pasa por el arco del triunfo la decisión de nuestros jueces. Menos mal que confía en nosotros ¡imagínese qué exigiría si no nos tuviera confianza! Veamos el segundo caso. La actual Selección Nacional, con su deplorable papel en las rondas de calificación a la Copa del Mundo, ha demostrado con creces que es el equipo de todos…nuestros defectos. Ni hablar. Pero demasiada gente dice que Sven Goran Eriksson es sueco y no tiene nuestra mala costumbre de hacer las cosas al ahí se va. O quizá la adquirió aquí, porque no le importó hacer un mal papel en un equipo que no se ve en Europa. Lo cierto es que nunca definió una alineación ni un estilo de juego, estableció una suerte de nihilismo táctico y permitió que privara el desorden. Va una perla de su laissez faire: días antes del importante y simbólico partido contra Estados Unidos, cuando más preparación y concentración necesitaban sus convocados, les dio un día libre por su cumpleaños y quería celebrarlo como Dios manda. Finalmente llegó la sensatez (en nuestro país camina muy despacio) y el buen Sven fue despedido. Se tardaron en hacerle caso a analistas inteligentes como Roberto Gómez Junco. A Hugo Sánchez, a quien hoy me doy cuenta que lo nombraron director técnico nacional para quitárselo de encima y correrlo a la menor provocación. No le tuvieron ni la mitad de la paciencia que le prodigaron a Eriksson, quien se va sin haber demostrado nunca a qué rayos jugaba. Y aun más impaciencia mostró la FMF con Chucho Ramírez. Malinchismo y chovinismo van de la mano. A mediados del siglo antepasado un grupo de mexicanos con el apoyo de Francia, fue a Miramar a pedirle a un archiduque austriaco que fuera emperador de México. Tal cual. En marzo de 1862, Charles Ferdinand de Laurencez llegó a nuestro país como punta de lanza de la intervención francesa. No tardó mucho en escribir a su Ministro de Guerra, según cita José Antonio Crespo en su libro Contra la historia oficial: “Somos tan superiores a los mexicanos por la raza, la organización, la disciplina, la moral y la elevación de los sentimientos, que ruego a su excelencia tenga la bondad de informar al emperador que, a la cabeza de seis mil soldados, ya soy el amo de México”. Como a menudo ocurre en esos casos, muy poco tiempo pasó entre los siguientes y pendulares acontecimientos: “el amo de México” fue humillado por Ignacio Zaragoza en la batalla de Puebla. Francia impuso su férula para sostener el Imperio de Maximiliano y, finalmente, Juárez restauró la República. Esa mentalidad de vendedores de espejitos es la contraparte de nuestra manía de comprarlos. El término es chovinismo y quien lo inspiró fue el comediante francés Nicolás Chauvin, en su representación de un veterano de las tropas napoleónicas. Ningún complejo se supera fácilmente. Es mucho lo que debemos hacer para adquirir mayor seguridad en nosotros mismos, empezando por el mejoramiento objetivo de la realidad de nuestro país, para dejar de sobrevalorar y subestimarnos. A ver, adalides del primer mundo, les propongo un quid pro quo. Si nos comprometemos hacer mejor las cosas, ¿prometen atemperar su soberbia? Digan la verdad.
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