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Por: Aquiles Medellín Silva Todo el mundo habla de la crisis. Hay quien considera que marca el auténtico fin del siglo XX (su ciclo económico), la centuria del proceso tan acelerado de progreso y confianza en el futuro. Parece que debemos iniciar otro planteamiento de nuestro futuro. Algún catastrofista ha ido más allá: vaticina que nos encaminamos hacia el fin del mundo. Es innegable que un día u otro la especie humana desaparecerá pero no inquieten más de la cuenta, por favor. Bastantes ocasiones tenemos de preocuparnos por lo que está ocurriendo como para dedicarnos ahora a sufrir por lo que no sabemos cuándo ocurrirá, ni por qué, ni cómo. En 1993 (hace de ello sólo 15 años) una encuesta hecha en Francia dio un resultado increíble: uno de cada 10 ciudadanos creía que el mundo se terminaría antes del año 2000. Según una tercera parte de los consultados, se produciría un Apocalipsis, algo que "inspira un horror sublime", dice el diccionario. El 20 por ciento preveía una guerra generalizada; otro 20 por ciento, una catástrofe ecológica; ocho por ciento, la caída de un meteorito; seis por ciento, una intervención divina (tal vez para borrar el fracaso de la Creación), y dos por ciento, un diluvio. Un segundo diluvio universal, pero esta vez no iba a salvarse nadie. Me admira que haya tanta gente pesimista. Guardo algunas muestras de pronósticos fallidos, que habían sido formulados con una ridícula suficiencia, también por parte de expertos. Es una lástima no haberlos coleccionado. Recuerdo sólo el informe absolutamente serio que dictaminaba que en el año 1970 se habría acabado el petróleo. Y acabo de leer que no sé qué exploración ha comprobado que se está recuperando la cantidad de hielo en el Ártico, en contra de algunos dictámenes pesimistas. La crisis actual, pues, es perfectamente comprobable, mientras que las profecías sobre los tiempos futuros son una pura frivolidad o ganas de equivocarse por parte de algunos supuestos entendidos. Han pasado los años, y todavía queda petróleo y no se ha producido ninguna catástrofe apocalíptica. Es decir, el mundo va tirando. Esta crisis va a hacer daño, no se puede negar. Como lo hicieron las pestes medievales. La diferencia es que hoy la culpa la tenemos nosotros. Antes he dicho que me admira que haya tanta gente pesimista sobre el futuro inmediato de la humanidad. Pero los más peligrosos son los optimistas que, en estos últimos años, han creído que la cuerda no se rompería. De cerca también nos equivocamos Cabe preguntarse si todo lo que sucede en la política tiene una explicación lógica. Hoy nos preguntamos por el cambio de gabinete. Por cansancio de unos, por incompetencia de otros, porque hay que demostrar quién manda, porque a ti te lo tenía prometido. Está muy extendida la idea de que una secretaría es un premio, cuando debería ser un despacho para el más capacitado. Cuando un señor monta un equipo y al cabo de un año ha de cambiar a miembros de su gobierno, hay motivos para pensar que en vez de una orquesta sinfónica se ha optado por un grupo de free jazz en el que cada cual va por su cuenta mientras el resto le jalea y le sonríe. Y qué decir de Vicente Fox. El guanajuatense “los contrató” seis años y su locuaz decisión hizo crecer la inutilidad gubernamental. Analicemos el kitsch. No en vano el término al parecer proviene del verbo alemán kitschen, que significa amañar muebles para hacerlos pasar por antiguos, o de verkitschen que, comercialmente hablando, quiere decir dar gato por liebre. No cabe la menor duda, si estamos de acuerdo con esta definición, de que en la actualidad los políticos que gobiernan el mundo practican el kitsch tanto en sus discursos como en sus actitudes. Lo que nos muestran no son principios, medidas y soluciones, sino una especie de souvenirs de los mismos. ¿A qué estamos jugando y cuánto más vamos a dejar que dure la partida? Esta desesperada voluntad de salvar el capitalismo es, una vez más, un absurdo. Hay que reconocer que no funciona. Y ya está. Y empezar de nuevo. Repartir y contribuir. De un lado, están los poderosos, que hablan de inyecciones de dinero durante reuniones cuyo precio resolvería muchas más cosas que la reunión en sí porque, en contra de la lógica popular, el dinero se lo van a dar a los que ya lo tienen: banqueros. Igualmente va a aumentar el paro, la desasistencia, la crisis. ¿En qué quedamos? Del otro lado estamos nosotros, los ciudadanos, los que pagamos sus sueldos y sus errores. Nos quedamos quietos, muchos ni siquiera indignados, porque otra forma del kitsch es la comodidad, la desidia, la delegación en los otros del ejercicio de la democracia. Y esta que tenemos empieza a ser una mala imitación, nada más. En 1921 nació en Londres el PEN Internacional, una asociación que defiende la libertad de expresión de escritores y periodistas en todo el mundo. Los primeros grupos PEN fueron el inglés, el francés y el español Actualmente tiene 87 años de historia, más de 140 centros en todo el mundo y es una institución reconocida y respetada internacionalmente. Con los años, PEN Internacional ha desarrollado cuatro líneas básicas de trabajo: la defensa de los Derechos Lingüísticos y la promoción de la traducción de calidad; la defensa de los escritores perseguidos; la promoción de la literatura escrita por mujeres, y el fomento de los valores de la paz. El organismo quiere subrayar el valor y el poder de la palabra escrita, que debe poder circular sin trabas ni fronteras. La escritura está al servicio de la libertad y de la cultura, crea espacios de diálogo y debate, promueve conocimiento, creatividad e imaginación. Y, siempre que es necesario, denuncia abierta y claramente. El PEN, pues, no sólo defiende el patrimonio literario de todas las lenguas, sino que también reclama que se reconozcan los derechos lingüísticos como derechos humanos básicos y condena la censura de libros y prensa escrita como un ataque gravísimo a la libertad de expresión. Pásela bien y en paz.
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