Confidencial / Mayo 2009 PDF Imprimir E-mail
Por: Marco Antonio Blásquez
 
  • La moderna inquisición
 
La negación es el acto de privar a algo o a alguien de la verdad o existencia. La doble negación, al tratarse de dos factores negativos, concluye en afirmación. Por ejemplo: “No creo en la inexistencia de Dios”. Es decir, si no creo en la inexistencia, entonces creo en la existencia. Por ello, los autores del Nuevo Testamento tuvieron buen cuidado de encontrar un instrumento más contundente que la negación simple: la triple negación.

Mateo relata en 26:30-35 y 69-75 el momento en que Jesús sentencia que el Pastor será herido para que el rebaño se disperse, y también cuando Pedro le asegura que aunque los demás se escandalicen, él permanecerá fiel a su creencia, así fuere necesario morir. “De verdad os digo que antes de que el gallo cante, tú me negarás tres veces”, le espetó Jesús a Pedro, según Mateo. Las palabras de Jesús se hicieron ciertas. Pedro pronunció tres veces: “No conozco al Hombre”. Y luego, el gallo cantó. Para nada soy o me creo exégeta del Testamento, pero desde mi humilde entender los vicios del rito, credo, pastor y rebaño se originaron en el momento en que la piedra angular de la Iglesia se sentó sobre quien negó tres veces al Hombre que le encomendó el vicariato de su fe.
 
¿Quién traiciona más, un vendedor de información que asegura su paga besando en la mejilla al sujeto de la búsqueda, y luego arrepentido se ahorca, o un discípulo que promete lealtad a costa de la muerte, niega tres veces al Hombre y luego trasciende Seculo Seculorum como el arquitecto de la Iglesia?
Esta reflexión no tiene el objeto de vituperar a Pedro, ni al Estado Vaticano, mucho menos al Protestantismo, sino de establecer que al igual que a la humanidad se le ha endilgado el llamado “pecado original”, la mayoría de los ritos que parten del Nuevo Testamento, al igual lo tienen. Nuestra Iglesia, me reconozco católico, ha cometido actos abominables a través de la historia, por los que ha pagado costosas facturas de respeto y credibilidad ante la especie. La triple negación ha competido palmo a palmo el espacio primordial del credo con sentimientos gratificantes como “amarás a Dios por sobre todas las cosas” y “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. La Iglesia es al fin humana, falible y corruptible.
 
La mayor parte de los católicos censuramos el establecimiento de la Santa Inquisición, así como la de sus sucesoras: el Santo Oficio y la Congregación para la Doctrina de la Fe. Y repudiamos sus actos. Son capítulos muy tratados los que relacionan a la Inquisición con personajes universales como Nicolás Copérnico y Galileo Galilei. Los estudios de ambos sobre la concepción heliocéntrica, y no geocéntrica del universo, lesionaban la divina, pero aberrante idea de que el mundo era plano y que desde su superficie el hombre podría contemplar la gloria de los cielos. La escuela copernicana, desde el propio Nicolás, pasando por Giordano Bruno y Galileo Galilei, y concluyendo con Isaac Newton, no sólo reveló la infinitud de Dios –espero que por esto no me tilden de cuáquero o panteísta--, sino que desplazó al hombre de ese sitio de contemplación en el que se encontraba para llevarlo al eje de acción. Hay una gran diferencia entre ser el centro material del universo, al de ser el centro pensante. Eso se lo debemos a la escuela copernicana.
 
La Santa Inquisición estuvo pendiente de que esas teorías no fueran a ser tomadas como ciertas. A Copérnico (el autor de “la revolución de las esferas celestes”) lo consideró enemigo; a Giordano (“la pluralidad de los mundos”) lo quemó en la hoguera; a Galilei (“la primera ley del movimiento”) lo obligó a abjurar ante un tribunal; y a Newton (“ley de la gravitación universal”) le colgó el escapulario de “cruel, vengativo y buscapleitos”. En la actualidad, la Inquisición existe no sólo como brazo secular de la Iglesia, sino sobre y ante todo en ese perverso sincretismo que se ha originado entre la declinación del Estado desorganizado y el empoderamiento del Crimen organizado. Una simbiosis donde de plano ya no se sabe quién es quien. Esa es la Inquisición moderna: extorsiona, secuestra y ejecuta a quienes sostengan su fe y sus actos en una vida de superación y progreso; a quienes porfían por una sociedad democrática, plural e igualitaria; a quienes reclaman mínimos de salud, educación, vivienda y alimentación…
 
La nueva Inquisición, que extorsiona al rico y condena al pobre a una vida de prostitución y vicio. Y que protege a sangre y fuego a los Príncipes que ascendieron al trono a través de la triple negación: fraude, robo y simulación. Por ello, del Credo sólo acepto el crucifijo; y de la política, la acción y el sentimiento de millones de “copernicanos” que aspiramos a derrocar esta suerte de “mundo plano”, al que nos tiene sometido la moderna Inquisición. Exurge Populo et Judica Causam Tuam (Levántate pueblo a defender tu causa).
 

Colaboradores

Alejandro Vizcarra Estrada
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Héctor Mares
Jaime Martínez Veloz
Marco Antonio Blásquez
María Elena Estrello
Oscar Rivera
Pedro Ochoa
René Mora
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