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Por: Edgardo Leyva Con la conquista española se fundieron, para siempre, la sangre guerrera de los pueblos mesoamericanos y la de los soldados que vinieron de ultramar en busca de fortuna. Nuestros antepasados indígenas se defendieron, hasta el fin, demostrando valor y voluntad inquebrantable de existencia como nación en cada momento de la gesta heroica en que cayó Tenochtitlán y los vencedores, sobre las ruinas de una gran cultura brutalmente aplastada, fundaron la Nueva España. Su sociedad, predominantemente producto del mestizaje entre la nación más poderosa de Europa y el imperio más extenso del Nuevo Mundo, ya no fue indígena ni española, sino mexicana. En ella nacieron su ciudadanía y su ejército. Fue el espíritu indomable de soldados mexicanos el que secundó la furia popular contra la esclavitud, la encomienda, los privilegios y la explotación despiadada que caracterizó a la Colonia. El pueblo de México tomó las armas para seguir a Hidalgo y a los insurgentes en su victoriosa marcha en septiembre de1810. El pueblo, convertido en tropa, combatió con Mina, Guerrero, Victoria y con el Generalísimo Morelos a los realistas y se alistó en el Ejercito Trigarante para constituir una formidable unión que la monarquía española no logró someter. Luego de lograr su independencia, la forzosa participación de nuestro país en guerras patrióticas dejó impreso en nuestros soldados un claro sentimiento nacionalista: en el intento español de reconquistar México que fracasó en Pueblo Viejo; en la expedición de Texas para impedir la supuesta independencia de ese estado; contra la invasión voraz y mutilación de la mitad de nuestro territorio por los Estados Unidos en 1847; en el apoyo al Presidente Juárez en la Reforma; al resistir a la intervención francesa con su glorioso 5 de mayo de 1862; en nuestra segunda Independencia Nacional contra los conservadores que buscaron a un príncipe austríaco para ofrecerle la corona de México y vieron morir sus esperanzas en el Cerro de las Campanas; en la Revolución Mexicana con más de un millón de compatriotas que murieron peleando por mejores condiciones de vida al lado de Madero, Villa y Zapata; y en la Segunda Guerra Mundial, combatiendo con las fuerzas aliadas en contra del eje Roma-Berlín-Tokio. El Congreso Constituyente de Querétaro, la promulgación de nuestra Carta Magna en 1917 y el fin de la revolución armada dan paso a una época donde la participación de militares en la política nacional fue muy relevante. Elementos de sus filas ocuparon cargos públicos de la más alta responsabilidad: Adolfo de la Huerta, Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, Pascual Ortíz Rubio, Abelardo L. Rodríguez, Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho fueron todos ellos Presidentes de México. El sector militar formaba parte integral del Partido de la Revolución Mexicana. Los tiempos y las costumbres cambiaron y con ellos la política. Los miembros del ejército han mantenido una presencia discreta en esa apasionante actividad, a la que todos los mexicanos tenemos derecho, pero los vemos firmes, al lado de la población civil, haciendo frente a las amenazas terribles que generan epidemias, huracanes, incendios y terremotos. Ahora patrullan nuestras calles y auxilian a las autoridades federales, estatales y municipales en la lucha contra la delincuencia. Son los soldados de México, encargados de la salvaguarda de la soberanía nacional y de los poderes del país, quienes nos ayudan, en estos tiempos, a resolver problemas que los civiles estamos obligados a solucionar por nosotros mismos. Saludémoslos con respeto y gratitud.
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