La era del PRI y sus deudos la vuelta de lo imposible a lo ruinoso . 1ra ¨Parte PDF Imprimir E-mail

Por: Carlos Monsiváis

Se insiste con denuedo y con el apoyo de hechos muy diversos en el regreso del PRI al poder, por lo pronto legislativo en las elecciones del 5 de julio. Ha sido tan notable el conjunto de errores y desaciertos de los gobiernos panistas, y se ha enturbiado a tal punto la atmósfera de la “izquierda”, que el PRI, ya sin ideología y en plena renovación de sus estrategias oportunistas, tienen posibilidades aunque ya carezcan de los recursos mínimos que harían pensable la gobernabilidad. A continuación hago algunas notas.

El momento de la caída
El domingo 2 de julio de 2000, a las once de la noche, el candidato del PRI Francisco Labastida Ochoa reconoce su derrota: “Los resultados electorales deben llevar al Partido a los cuadros y dirigentes a una profunda reflexión: nuestro partido, en el que orgullosamente milito, le ha dado estabilidad y paz social al país y ha impulsado los grandes cambios, incluido por supuesto el de la democracia. Lo seguiremos haciendo desde cualquier posición”. Sin quererlo, el PRI impulsa también el cambio más drástico: su fracaso electoral. El 4 de julio el exSecretario de Gobernación Manuel Bartlett, le exige al presidente Ernesto Zedillo que ya no aspire a ser el líder moral del PRI: “¡No debe mandar ni un minuto más!”. Y el 6 de julio Bartlett añade: “El PRI, sin brújula. El neoliberalismo hizo del partido un adminículo de esa moda”.

Las ceremonias de la Corte I:

El Dedazo: “Por las facultades que me fueron otorgadas”
Ya en 1952 el término Dedazo se acepta con tranquilidad. Un sesgo del régimen: el Presidente de la República nombra al sucesor y nadie, sensatamente, discrepa o debe hacerlo. ¿Para qué?  La sensatez de la República depende del monopolio de las decisiones, y cada sexenio gira en torno de la psicología y, sobre todo, los intereses del Primer Mandatario, sus caprichos, afectos, debilidades ante el halago, visiones incontrovertibles de lo conveniente para México, éxtasis del poder, rabia ante tropiezos o resistencias. El Presidente mira a su alrededor y calcula quién le será fiel o quién, en el caso de traicionarlo, le será menos dañino. Y se la juega: si elige bien, controlará doce años de la vida nacional, los seis que le tocan y los seis del sucesor. Para ello nada más necesita la acción del Dedo, del genuino Dedo de Dios. El Dedazo es la plataforma de convicción del Presidencialismo.
 
Los recursos a la hora fatal
Antes de las elecciones de 2000, el PRI se encuentra en situación por así decirlo paradójica:
Un desprestigio histórico que en vano se combate con una autocrítica melosa y melodramática: “Hemos también sido ignorantes, ajenos al dolor de la gente” (Líder del PRI en el DF Manuel Aguilera)/ “La nueva cultura de la competencia interna en el PRI exalta los valore de la lealtad política, de la consistencia ética y constituye un serio rechazo al oportunismo” (Líder del PRI Mariano Palacios Alcocer). “Entre los priístas hay un sentimiento de orfandad”. (Manuel Bartlett)

Una notable incapacidad de renovación, cuya convocatoria nada más atrae a los jóvenes que son viejos desde antes.  Los más aptos, The Best and The Brightest de cada generación, se van absteniendo del camino antes obligatorio. El poder verdadero se alcanza a través del sistema financiero y, ya en buena medida, desde la oposición, y una carrera administrativa exitosa no requiere a fuerzas del PRI, aunque sí ayuda no ser del PRD. Sin figuras nuevas, el PRI sufre de envejecimiento coral. No hay cambios sino, únicamente, pero eso sí con energía, el aferramiento a un sitio: “Los obreros nunca vamos a aceptar a un candidato o Presidente que no sea del PRI” Alberto Juárez Blancas, (líder de la CROC).

Fidel Velázquez célebremente dijo: “Llegamos con la fuerza de las armas, y no nos van a sacar con los votos”. En 2000, con otras palabras, se proclama: “Seguimos por la inercia de los votos y no nos van a sacar mientras no se agencien líderes carismáticos, consigan más dinero para sus campañas, no eliminen sus divisiones internas y no destruyan la red de intereses creados que hacen la veces de la nación”. Y Alfonso Martínez Domínguez sentencia: “El PRI ha llegado a los lugares donde la mano de Dios no pone el pie”, se pronuncia por el pasado: “El PRI debe regresar a los métodos de antes, donde el candidato a la Grande era nominado por las cúpulas del país y el Ejecutivo federal, previa auscultación, en un método similar al del Vaticano para designar al Papa. Los métodos de selección del candidato del PRI son los probados, y a ellos debe acudir en lugar de los ensayos dizque democráticos como la comisión interna, que muy caro han costado al partido” (Público, 6 de marzo de 1999).

No es posible cobrarle al país deudas de gratitud. A nadie persuade el discurso priísta que quiere los réditos de la educación pública, la movilidad social de tantos años, el sistema de salud, la estabilidad y la paz. Ya nadie le dirá a un grupo de colonos la frase de Manuel Aguilera: “Recuerden ustedes que le deben gratitud eterna al presidente Carlos Salinas”. Los priístas están al tanto: si se presentan como acreedores, harán el ridículo ante los pavorosos índices de miseria, pobreza, insalubridad, hacinamiento, fracaso educativo, violencia, inseguridad, desempleo. Es mejor, o menos expuesto, afirmar sus anhelos de buena conducta, de arrepentimiento sincero que no pasa por las palabras.

Al PRI lo aturde su historial. ¿Cómo sobrevivir a esta trayectoria de represiones, saqueos y catástrofes de la más pura incompetencia? ¿Cómo sostener lo que ha perdurado en función de la desmemoria nacional?  El PRI esquivó su pasado mientras su control era absoluto, y el voto no era instrumento vindicativo o, mejor aún, instrumento de rectificación. Al irse evaporando el poder totalizador, se acaba el autoengaño y se ve al PRI sin contemplaciones. No se le cree sujeto de cambio porque, por demasiadas razones, no se le considera susceptible de enmiendas democráticas.

El PRI pierde el eje de su coherencia: la lealtad a toda costa.  Al debilitarse el presidencialismo, al no concentrarse el sentido de las acciones en la voluntad del Presidente de la República, la complicidad persiste pero ya es nada más un pacto a corto plazo.  En esto es fundamental la crítica. Antes el Presidente de la República era intangible. Ya en 2000, es el más importante de los funcionarios y una figura aún impresionante por el alcance de sus decisiones, pero la crítica, al extenderse, dibuja otro retrato del poder. Y, también, sin la seguridad absoluta de ganar, el PRI es una institución distinta. Al multiplicarse los fracasos y los riesgos de fracaso, el PRI traza su obituario. Sin certezas totales no se reconoce a sí mismo, y el miedo y las inseguridades se agregan radicalmente a un priísmo que nunca lo había tomado en cuenta.

En su desesperación, los priístas acuden a lo inconcebible: el anuncio de su existencia como partido real. En 1999, Bartlett se lanza: “Nosotros debemos reaccionar, porque no nos vamos a suicidar caminando hacia el cadalso como borregos, siguiendo puntualmente la disciplina del partido con el ‘sí, díganos, ordénenos, oriéntenos’. La disciplina es el alma fundamental del partido, pero si no hay partido, la disciplina es nuestro veneno”. Y Socorro Díaz le contesta: “El lenguaje de Bartlett no conviene a los priístas, porque se da la imagen de un partido dividido e incapaz de interpretar la nueva realidad política del país… El fomento de la división con expresiones crispadas y ofuscadas no ayuda a la unidad del partido y a la eficacia electoral”. Y Zedillo colabora a la admonición: “Menos discusión, más trabajo; menos pleitos y más servicio al pueblo”. Lo dicho: las palabras distintas matan, los bloques verbales de hace diez o cuarenta años vivifican.

Durante largo tiempo, en los sitios donde se respetaba la limpieza electoral (los indispensables) el PRI recibe el voto de castigo que, por su misma naturaleza resentida, puede enmendarse. Desde el voto de autocastigo de 1994, cae en el descrédito este mecanismo de resarcimiento psicológico, y el voto de 1997 no es, en lo básico, un voto de castigo sino un voto por el cambio, no tan animado por el deseo de vengarse de Salinas y compañía, como el de darle oportunidad a otras alternativas.

El PRI ha dependido vigorosamente de la obediencia a su Última Palabra, el Presidente de la República. Los actos de Salinas le eran fieles porque era el Jefe. A su vez, Ernesto Zedillo concentra el poder pero no se hace cargo minuciosamente de las decisiones, practica el Dedazo pero le entusiasma la idea de ser el primer Presidente que no lo hace. Y los priístas, ante tal indecisión, asumen el desamparo más triste de todos, la del que debe valerse por sí mismo en la más tierna senectud. (Continuará)

 

Colaboradores

Alejandro Vizcarra Estrada
Agustín Basave
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