|
Por: Marco Antonio Blásquez Señor omnipotente, creador del Universo, que todo atas y desatas, permite que este siervo tuyo articule algunas ideas para tratar de extraer de tu sagrada esencia una respuesta a las muchas inquietudes que me asaltan, atormentan, y laceran. Hoy, que veo a miles de seres humanos empobrecidos, desempleados, humillados y hambrientos por causa de una crisis económica global, me pregunto ¿en dónde se tiende el oriente de tu fe?, ¿por dónde se sigue la luz de tu verdad?, y ¿por qué intrincados y estrechos senderos se imparte tu justicia? Las insignificantes semillas de tu creación, a las que concediste la gracia de la vida y la potestad de obrar por reflexión y elección, hemos sido testigos de la degeneración de nuestra especie, de la forma cínica y lasciva como los encumbrados en el poder se han desentendido del mandato de tu Unigénito, al que hace 1976 años inmolaste por la salvación nuestra.
Cuando era un niño, mis padres engendraron en mí una mezcla de amor y temor por Ti, me dijeron que tu Hijo había sido torturado con escarnio por y para la salvación de la humanidad. Y yo me preguntaba, aún sin saber leer ni escribir, sin haber leído a San Pablo, a Dante, ni a Nietzsche; sin conocer a Diego Rivera y Frida Kahlo, cómo era posible que un Padre sacrificara a su Hijo por la causa de sus asesinos. Un Sábado de Gloria, el padre Agustín, el párroco de mi barrio, me explicó: “Es que Dios nos ama tanto, te ama tanto a ti, que fue capaz de darnos la redención a cambio de su Hijo, Jesucristo; y dispuso que tú fueras cuidado por un ángel de la guarda”.
Durante mis 45 años de vida, aún contra ese albedrío que me diste, cuando se habla de Ti, de tu origen y composición, me he resistido a abrir mi corazón a los mandatos de mi mente. No vitupero a Darwin, ni tacho de locos a los teoristas de la generación espontánea, ni a quienes afirman que somos partículas dentro de un núcleo atómico. O sea, menos que bacterias.
Aferrado a tu creencia, abrevé de los poetas prístinos, de los místicos, de los sacros. Recorrí a los clásicos, a Milton, a Shakespeare, a Cervantes, a Poe… Luego opté por los modernistas, y por supuesto leí a los ateos, quienes realmente son tus principales adoradores y promotores (cuídalos, son inofensivos). Pero fue en el maestro de la metafísica, varón de la “ciencia prudente”, René Descartes, en quien encontré la palanca para trasladar mi creencia y fe en ti hacia cualquier hemisferio.
Cogito ergo sum… ¿Te dice algo? En latín, la lengua de la lapidaria inscripción “INRI”, significa “Pienso, luego existo”. Pero no te confundas, el “INRI” lo inscribieron los asesinos de tu hijo, los que decían hablar el idioma de los “sabios”. Y el “cogito ergo sum”, lo sentenció Descartes, el que me ancló en las puertas de tu credo, cuando me deslicé por la tenue, casi imperceptible línea divina de su Discurso del Método.
Descartes me explicó que los seres humanos estamos compuestos de variadas materias, me enumeró mis distintos ejes y me enseñó a pensar con la mente, a ver con los ojos, a tocar con las manos, a oír con los oídos y a gustar con la boca. Y algo muy importante, a creer en Ti con mi espíritu y con mi corazón, sin dar oportunidad a que mi egoísta conciencia pida prueba de tu existencia a través de los sentidos.
Quizá porque al amarte no pienso, porque al creer en Ti no pido verte, tocarte, olerte o gustarte, es que he dado tantos rodeos al argumento central de este escrito:
¿Por qué permites a hombres y mujeres que gobiernan nuestras comunidades ser tan hipócritas, bajos y ladrones? ¿Por qué a un miserable como George W. Bush, capaz de las peores bajezas: fraudulento, asesino serial, prevaricador, que retrasó 20 ó 30 años a nuestras comunidades como consecuencia de sus desmedidas ambiciones, le permitiste ser presidente de los Estados Unidos, reelegirse y peor aún, vivir rodeado de lujos y excesos, en la más descarada impunidad? ¿Por qué ni siquiera concediste que mi airado colega árabe (que posiblemente en estos momentos esté escribiendo una carta a Alá), hiciera blanco con su zapato en la jeta de ese moderno Nerón?
¿Por qué la conducta de los políticos es cada vez más necia y vacía? ¿Por qué los que llegan al trono, en vez de buscar el bien común, se aferran a las lonjas de la riqueza, y se las apoderan torciendo los renglones de la ley?
Tu creación espera respuestas. Te pide humildemente que muestres, pero sólo con los injustos, ese perfil de Dios vindicativo que te ganó el respeto y el temor de tus hijos. Tú, soberano dispensador de todos los agravios, que eres reconocido por tus revoluciones, por tus exterminios, por tu geometría, haz valer tu Ley, porque la que “rige” a los hombres en la tierra avasalla al pobre y protege al acaudalado.
Son las 7:30 de la mañana, es lunes; el gallo ha cantado tres veces y me ha despertado. Todo esto ha sido un sueño. Me levantaré con el pie derecho y elevaré a Ti mi oración, con el mismo desconsuelo del Santo de Asís cuando el lobo de Gubbia le demostró que eran peores los humanos que los lobos carniceros: “Padre Nuestro que estás en el cielo…”.
|