El amor a México PDF Imprimir E-mail

Por: Carlos Monsiváis

En el año 2000, el inaudito Vicente Fox exigió como primer requisito para los que serían funcionarios de su gobierno el “Amor a México”. No hay duda de la conveniencia de tal disposición anímica, ¿cómo se puede funcionar en una administración pública sin el compromiso emotivo hacia el objeto y el objetivo de las responsabilidades? Ocho años después, transcurrido el alborozo que provoca el ánimo patriótico, vuelve la pregunta: bien a bien, ¿qué significa “amar a México? ¿Querer una a una a sus tradiciones, identificarse puntualmente con sus costumbres, enamorarse de su geografía y sus paisajes? ¿Localizar debidamente la esencia nacional y protegerla en toda circunstancia?
 
Como se quiera ver, la premisa del “amar a México” es, por así decirlo, esencialista, y ve en México una entidad tan conocida que nadie debe tomarse el trabajo de su definición. México: la nación que existe y existirá sin variantes, o sólo con aquellas modificaciones impuestas por la demografía (“México es lo mismo, más tantos millones que nacieron la semana pasada”) y la tecnología (“México es lo mismo, más la necesidad de privatizar la energía eléctrica porque cada semana aumenta el número de computadoras”).
 
Al respecto, un poema ya clásico es el de José Emilio Pacheco, “Alta traición”, publicado en No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969):

 

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
y tres o cuatro ríos.

 

El que suscriba la tesis del poema no será, obviamente, candidato a ocupar en 2012 una Secretaría de Estado o la dirección de una empresa descentralizada, como la Presidencia de la República. Le falta el compromiso ineludible: amar a México. Pero, de nuevo, ¿qué es tal acción irrenunciable? ¿Cómo se concreta en la práctica vocación tan sublime? Pongo ejemplos:

a) Amar a México no puede significar amar a los símbolos del catolicismo, muy primordialmente a la Virgen de Guadalupe, porque aunque la mayoría de los mexicanos profese tal credo y tal convicción específica, hay millones de personas que no lo hacen, y eso, al no despojarlos de la condición de mexicanos, no los inhabilita para ocupar puestos en la administración pública aunque sí, obviamente, para ser cardenales y obispos.
 
b) Amar a México suele identificarse con el apego a las tradiciones, y millones así lo hacen, pero ocurre que, de modo innegable, entre las tradiciones más profundas de México se encuentran las ligadas a la cultura patriarcal, muy concretamente el machismo, y esto ya encuentra la resistencia activa de la gran mayoría de las mujeres. Nadie sensatamente dirá que amar a México es acción que incorpore el amor al machismo, con lo que se demuestra que el término se modifica en forma sensible con los cambios culturales y que debe revisarse el catálogo de tradiciones que disponen del consenso de la población. Entre las mayoritarias pero ya no unánimes se encuentran el guardar las fiestas de los santos, el no utilizar la Semana Santa como período vacacional, el ponerle a los hijos los nombres del santoral, quién hubiera imaginado hace treinta años el diluvio de Marlenes, Jéssicas, Denises, Audreys, Gingers, Lorettas, etcétera, para no hablar de la variedad de nombres masculinos recientes en esta zona del registro civil, como Marlon, Elvis, Spencer, Rupert, no Ruperto, por favor, Colin, Algernon. Las tradiciones se modifican con tal celeridad que es ya imposible depositar en su vigilancia estricta el amor a México.
 
c) El refranero no es al respecto muy útil. Recuérdese el “Vas a saber lo que es amar a Dios en tierra de indios”. Aun si los triunfadores amar a Dios es lo mismo que amar a México, el refrán no se aplica porque éste es también un país de mestizos, y por tanto no sólo es posible sino inevitable amar a México en tierra de indios.
 
d) Amar a México era, hasta unas décadas, sinónimo de patriotismo. ¿Y cuáles han sido las funciones adjudicadas al el patriotismo? Entre otras, ordenar y organizar las reacciones ante el impulso cívico; cohesionar el sentimiento de pertenencia a la nación; darle forma a la idea de ser mexicano; alentar utopías comunitarias; infundir en cada ciudadano la dimensión histórica que en principio le corresponde. Pero desde los finales de la Segunda Guerra Mundial por lo menos, es difícil hallar a quien se presente como “patriota”, afirmación calificada de “muy demagógica”. En todo caso, es preferible decir: “Creo ser un buen ciudadano”/ “Pese a todo amo a mi país”/ “Hasta donde puedo soy un buen mexicano”, etcétera. Asociada casi siempre con ceremonias conmemorativas y los textos de enseñanza primaria, a la noción de Patria la reemplazan sus equivalentes: la Nación.
 
* * *
 
Ese canje semántico se desprende, según creo, del peso enorme del término patriotismo con su carga de ejemplaridades: “Morir por la Patria/ El sacrificio patriótico no conoce límites”. La institucionalización plena, afirmada desde el régimen de Manuel Ávila Camacho, obliga a eliminar o alejar los propósitos heroicos. Se les considera innecesarios o grandilocuentes, propios de otro momento. Hasta hace muy poco, la cerrazón autoritaria y la corrupción generalizada provocaban el desinterés por el ejercicio de la ciudadanía, y la calificación de “abstracto” se le endilgada al sentimiento patriótico. ¿Por qué, ésta era la queja frecuente, voy a dar muestras de patriotismo si los gobernantes no cumplen ni mínimamente con su deber, nos saquean, endeudan sin término el país, destruyen el medio ambiente, se burlan de nuestros votos?

e) La vuelta a los sentimientos nacionales es por entero ajeno al candor o la inocencia. Desde 1968 se ha centuplicado la investigación histórica y de los héroes y los procesos históricos se tienen ideas más precisas, complejas y justas. Así por ejemplo, los errores o el aferramiento al poder de don Benito Juárez, afectan la imagen oficial del semidiós incapaz de pasiones humanas, pero la hazaña de Juárez, su resistencia a los poderes imperiales y a su caterva de conservadores, se admira de modo más genuino, al entenderse en una perspectiva detallada. (Confrontar Noticias del imperio, la gran novela de Fernando del Paso). Por eso, la crítica a las reacciones de los alcaldes y dirigentes panistas que al difamar a Juárez y erradicarlo de su versión de la historia, se quedan de hecho proponiendo como modelos de la nación al siglo XVII, cuando todos creían lo mismo, y a los cadáveres de Iturbide, Miguel Miramón y Porfirio Díaz.
 
En el año 2001, el sacerdote católico Manuel Olimón Nolasco, opta por eliminar del amor a México a los que considera lastres ideológicos. Afirma Olimón: “Al no estar Vicente Fox ligado al PRI y a la pesada versión de que éste es el heredero de la historia y el pensamiento ‘oficial’, puede mirar de frente la situación sin los oscuros anteojos del juarismo, el constitucionalismo, la bondad del ‘petróleo nuestro’ y otros puntos que han ocupado espacios enormes en discursos, informes y declaraciones”. (El Universal, 15 de julio) Las afirmaciones se mueven en terreno resbaladizo: ¿es imposible admirar a Juárez sin ser del PRI? Entonces, esta línea de pensamiento de la tendencia triunfante lleva a la conclusión inescapable: amar a México exige olvidarse de los “oscuros anteojos” de las Leyes de Reforma, la Constitución de la República y la Expropiación Petrolera. Pronto se bailará “Juárez no debió de nacer”.
 
En el sexenio de Felipe Calderón, por lo menos, amar a México es monopolio del Poder Ejecutivo. Eso quita el compromiso de los hombros de los demás ciudadanos.
 

Colaboradores

Alejandro Vizcarra Estrada
Agustín Basave
Aquiles Medellín Silva
Carlos Monsiváis
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Héctor Mares
Jaime Martínez Veloz
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Oscar Rivera
Pedro Ochoa
René Mora
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