El infierno de la depresión económica: Zedillo, 22 años de neoliberalismo PDF Imprimir E-mail

Por: Aquiles Medellín Silva

Hasta hoy se han podido enterrar a los empleadores de Zedillo, Aspe, Carstens, Gurría, Ortiz, Gil Díaz y Salinas, el cártel de economistas destructores de México. Escribo los nombres de sus jefes: Margaret Thatcher, Fredrich Hayek - con su clon trasatlántico Milton Friedman y sus Chicago Boys - y Tony Blair - con su alucinación efímera de la tercera vía -. Lo más trágico es que nadie los asesinó: se suicidaron en Davos.

A Ernesto Zedillo lo conocen como el “señor destructor” y “mister Fobaproa”, otros lo llaman mister cash, ya que siendo presidente de México un indigente hambreado le pidió limosna - en pleno furor de su Frankenstein Fobaproa - y respondió "no traigo cash". Zedillo es otro más de los perrunos economistas paseantes que año tras año se deja ver en Davos proponiendo paliar crisis a domicilio en cualquier país del mundo.

En la última reunión, junto a José Ángel Gurría, exsecretario de Hacienda y de Relaciones Exteriores, propusieron un Fobaproa global ¡sic! Se necesita ser cínico para recomendar revivir la criatura más destructora de los tiempos modernos. El turista Zedillo oculta la inutilidad de su creación Fobaproa: comprimió los salarios de millones de mexicanos y metió dinero público de los contribuyentes para "salvar" a un puñado de cuates megamillonarios banqueros. Después que rescató a banqueros con dinero de los contribuyentes vendió los bancos a extranjeros españoles. Fox concluyó la criminal entrega.

Los beneficios del Fobaproa: los mexicanos estamos obligados a pagar las más altas tasas de interés por el uso de tarjetas de crédito del mundo; aeropuertos y autopistas privatizados; salarios reales de millones de mexicanos comprimidos; cobros de teléfono, luz, gas doméstico y predial, por las nubes.

Las entidades privatizadas en los tiempos de Salinas, Zedillo y Fox se dieron a través de remates de locura o sexenios de plaza. Como mejor le acomode. Ahora, los apaleados consumidores recibimos pésimos servicios. Los causantes del desastre más cuantioso de la era moderna quieren (una vez más) autoerigirse en salvadores de lo que ocasionaron. Por supuesto, si usted los escucha hablar de los por qué de la actual crisis financiera global, estos miembros del cártel de economistas contestarán: "la actual crisis se debe a factores externos”. Gracias a estos depredadores educados en Harvard y Yale tenemos sistemas únicos de monopolios en México.

Monopolios telefónico, televisivo, carretero, educativo y religioso. Los hay de políticos y de mega millonarios. Y el colmo, de economistas. Durante los últimos 22 años los nombres de Guillermo Ortiz, José Ángel Gurría, Pedro Aspe, Ernesto Zedillo, Francisco Gil Díaz, Carlos Salinas y Agustín Carstens han sido los actores centrales de devaluaciones, recesiones, deflaciones, inflaciones, privatizaciones, creación de cien familias multimillonarias y la cereza del pastel: parieron 75 millones de mexicanos y mexicanas viviendo en la pobreza de oportunidades y con marginación de toda índole.

En pocas palabras, estos señores son los protagonistas del actual desastre financiero que campea en México. Cierto, el país resiente los efectos de la locura zedillista. Ese es el Fobaproa que pretende globalizar el cachanilla cash. El reality show de Davos es promocionado por los destructores del actual sistema bancario mundial. Se reúnen anualmente para autoalabarse. No se dan cuenta que su Titanic se está hundiendo. Los nuevos salvavidas no los ayudarán. Es demasiado tarde.

Desde Banxico, sin hablar de modificar su ineficaz política monetaria que sobrevalúa permanentemente la moneda, podrían plantearse acciones para eliminar la perniciosa y permanente protección al oligopolio bancario, tales como agilizar autorizaciones de nuevos bancos; promover la creación de cooperativas de ahorro, microfinancieras y otras entidades no bancarias de ahorro e inversión y evitar privilegiar los depósitos bancarios sobre otros ahorros, entre otras.

Habría que agregar, además, la urgencia de establecer un organismo efectivo de financiamiento a Pymes similar a la Small Business Administration de Estados Unidos y decenas de países. En México se deja al empresario y consumidor pequeño a merced del agio, mientras en otros países se reconoce la falla de mercado que existe en el financiamiento a pequeños negocios y el Estado interviene para subsanarlo.

No quieren hacer lo requerido. Están para la foto y para la grilla financiera. Para evitar ser responsabilizados del fracaso del blindaje que pregonaban y del estancamiento padecido desde hace 22 años. Del fracaso del modelo que promueven y protegen.

Deberían presentar acciones efectivas para paliar la crisis. Están obligados a pensar, hablar y actuar en el mismo sentido y sentirse avergonzados ante la nación por su demasiado larga y fracasada gestión. Deberían, sobre todo, manifestar que realmente no saben cómo hacer crecer a este país ni mucho menos como sacarlo de la crisis.

La crisis es gaseosa. No se ve a simple vista. No es un incendio ni una inundación. Sólo se ve por los estragos que produce en las gentes y las cosas. A veces ni siquiera se ve, sino que se intuye y entonces aparece el miedo. La crisis se alimenta de futuro y del día de mañana. Nos deja en la incertidumbre del vacío y ya se sabe que ahí todo son ecos.

Cualquier anécdota, chisme e historia que acaba mal son elevados por la crisis a la categoría de normas. Intentamos defendernos con cifras, porque son frías y volátiles. Lo que hoy es mucho mañana puede ser menos. Pero nos cuesta acercarnos a la realidad cualitativa de las familias que se encontraban en la primera línea de la crisis. Esa gente que ha pasado del orgullo del progreso a la derrota hipotecaria. Personas que se formaron con miles de cursos de capacitación; que hicieron bien su trabajo y que de pronto se encuentran sin él. Multitud que cuando tocaba las paredes de su casa parecían acariciar lingotes de oro y en cambio, en la actualidad se aparta de los muros por si el roce humano los acabara devaluando, en el supuesto que aparezca el milagroso comprador a la baja.

La crisis nos provoca miedo porque nos ha roto el guión de los próximos años. Y así, preferiríamos quedarnos quietos porque de pronto no hay recetas, ni sabios y consejeros que nos merezcan ningún crédito. El hombre común intuía que el sistema le había reservado un digno papel de espectador, pero que todo estaba controlado por unos señores que se encontraban en el cielo de las finanzas. Y de pronto el cielo no existe. Nadie va a preocuparse de nadie.

Pasarán muchas generaciones hasta que los bancos vuelvan a ser los amigos incondicionales de la gente. Nadie lo expresa con tanta crudeza, pero sálvese quién pueda pues el barco se hunde y no hay botes para todos.

Sin certeza en el futuro mucha gente se va a encontrar recluida en los márgenes de la vida. Todo se arreglará, dicen. Pero en el proceso de reparación se habrán creado enormes bolsas de personas incrédulas y sorprendidas. Sólo queda la supervivencia y eso no suele ser un buen negocio. Antes el mañana significaba la esperanza, hoy es sospecha: ¿y dónde está el piloto?

Esperemos que Obama no se contamine del grupo controlador de “las criaturas” como certeramente los llamó Denise Dresser hace unos días. La presente civilización no aguantará otro Fobaproa.

¿Por qué el dinero de los contribuyentes tiene que acudir a salvar a los agiotistas españoles dueños de bancos que cobran altísimas tasas de interés bancario? Es una locura.

 

Colaboradores

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Aquiles Medellín Silva
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