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Por: Marco Antonio Blásquez Un soplo la vida
Hace 20 años el mundo era lento e incomunicado. Las unidades de nuestra moneda se contaban por miles; la dictaduras socialistas sucumbían ante las “democracias” occidentales; Juan Pablo II ratificaba su condición de antimarxista; Carlos Salinas de Gortari proclamaba en todo el mundo el (fallido) “milagro mexicano”; México no conocía otro partido de gobierno que no fuera el PRI, y los seres humanos veíamos con admiración cómo empezaban a introducirse en nuestra vida diaria las herramientas que hoy son de uso común, como la telefonía móvil y la Internet. Veinte años es la tercera parte de una vida humana en promedio; es el tiempo en que un reo de alta peligrosidad purga una sentencia o en que una pareja procrea, cría y prepara para la dura vida a un hijo.
Carlitos Gardel nos confiesa con desgarradora razón en su tango Volver que “...es un soplo la vida / que 20 años no es nada…”. Este mes de marzo cumplo 20 años ininterrumpidos de vivir en esta maravillosa geografía, donde el septentrión mexicano y el austral estadounidense dan pie a la vecindad Tijuana - San Diego, única en el mundo por sus ardientes veranos y soportables inviernos. Estoy enamorado del sol poniente de esta tierra, que en julio y agosto se “sumerje” juguetonamente en las aguas del Pacífico; y de los aterciopelados vientos de primavera y otoño, que dejan la sensación de estarnos acariciando.
Cuando llegué a Tijuana tenía 25 años. Mis etapas de formación, aunque entonces no me daba cuenta, apenas iniciaban. Era impetuoso y rebelde. Los ocho años de formación intensiva que había recibido en el periódico El Universal me habían convertido en un periodista competente y rentable, pero me faltaba esa ratificación que sólo el “padre tiempo” concede, y que se traduce en templanza, tolerancia y mansedumbre. Factores que si bien no domino del todo, trato de aplicar lo más que puedo en mi vida cotidiana.
Desde muy pequeño, casi al tiempo que aprendí a leer y escribir, dominé el mapa de nuestra república. Mis maestros se sorprendían de que a los seis ó siete años ya supiera nombres de los estados, ubicaciones, poblaciones aproximadas, capitales y ciudades importantes. Mis ojos y mi corazón siempre estuvieron puestos en el norte, en las fronteras con Estados Unidos. A Tijuana la veía lejos, mi noción de distancia era de “cuatro días en camión”. Tenía unos amigos que iban del DF a Tijuana a visitar a su abuela, quien hoy deduzco – por las descripciones de espacio y tiempo que me proporcionaban — vivía en la Independencia o en la Altamira.
En sus reseñas de viaje mis amigos me hablaban que luego de desplazarse por una extensa costa entraban a un desierto. Y más tarde, a una montaña “llena de rocas” donde el viento soplaba furiosamente. A Tijuana me la imaginaba rubia, alegre y ciertamente desordenada. Como conocía muy bien las fronteras de Tamaulipas, lo de la “leyenda negra” lo sabía contextualizar perfectamente.
Llegué a Tijuana a los 25 años y ratifiqué lo que había idealizado de pequeño, pero con dos ampliaciones: 1) la inexistencia de las barreras sociales, tan ofensivamente marcadas en el centro y sur de México; y 2) el peso que la mujer tiene en la comunidad, lo que la convierte en una ciudad afeminada, con rasgos muy visibles de matriarcado.
A Tijuana me trajo mi amigo Jaime Bonilla Valdez, un hombre al que admiro, estimo y reconozco como hermano. Nuestra relación laboral y amistosa ha sobrevivido huracanes, terremotos, sequías, nevadas e inundaciones. Existe una constante muy singular entre ambos: él me trata con el afecto de un familiar y yo, con el respeto de un superior. Al tiempo he comprendido que esa es la clave de la supervivencia de nuestro nexo. Jaime Bonilla es una persona de fácil trato. Le gusta rodearse de gente sana, limpia, disciplinada, respetuosa y leal. Dentro de un círculo de convivencia no acepta otro sitio que no sea el del líder, y tiene muy desarrollado el sentimiento de protección a sus amigos. Como pocos, se muere en la raya por un amigo y por un ideal.
No sé cuántos años me quedan de vida. Espero que sean los suficientes como para poder ver, en el huerto de mis hijos, el fruto de mi esfuerzo. De lo que estoy seguro es de que Tijuana es mi tierra, es la capital de mis querencias, de mis gustos y disgustos. Cuando llegué, quise a Tijuana como una madre; ahora la empiezo a querer como una hermana. Y anhelo, en el crepúsculo de mi jornada, amarla y disfrutarla como una hija. Gracias a todos mis amigos de Tijuana - a mis detractores también - por haberme permitido vivir los 20 años más felices de mi vida… mi ratificación como hombre y periodista.
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