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Por: Carlos Monsiváis La crisis y sus interminables consecuencias (entre ellas la decisión del gobierno mexicano de “salvar” al país cada tres meses, con promesas pagaderas a la eternidad), pone en tela de duda, y lo hace en forma gravísima, las certidumbres que, como sea, habían manejado el también en crisis Imaginario Colectivo. A estas alturas, donde todo se verifica a la luz del empleo o del desempleo, ¿continúan intocadas las creencias en la solidaridad, la lealtad de familia y de pueblo, los hábitos mentales de las comunidades fronterizas de uno y otro lado? ¿Qué nueva selección de las tradiciones mexicanas está en discusión? ¿Cuántos hábitos regionales le corresponden a una persona? Más preguntas: ¿Qué saberes acumulados le sirven o le convienen a los recién llegados a la Frontera Norte ante las humillaciones, las esperanzas de acomodo, la ilusión del tránsito al Otro Lado, los encantos y desencantos? ¿Qué conocimientos de la era de la crisis le son indispensables a los migrantes y a los que esperan sin moverse de su sitio? ¿Qué se prefiere: arraigar en el desempleo de los lugares de origen o lanzarse al Border? ¿Cómo se vive en las colonias populares de la Frontera norte la conciencia de los cerros (arquitectura incluida) de los que el cruce, y cuál es la diferencia entre una colonia popular y un ghetto? ¿Cuáles son las nuevas reglas de juego de la sociedad anglo? ¿Qué ha quedado de la movilidad social tan desbaratada en grandes sectores de Estados Unidos?
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Los riesgos extremados, el conteo de cadáveres de inmigrantes, la violencia radical del narcotráfico se consideraban añadidos irremisibles del concepto y las realidades de la Frontera; pero esto ha cambiado porque aún no se sabe si los trabajos van alcanzar para los nativos y si la mano de los migrantes seguirá siendo indispensable. De acuerdo: las sociedades arraigan en su laboriosidad, su poder financiero, industrial y comercial, y su desarrollo educativo y cultural, pero en una crisis como la que empieza, que no se había conocido en ochenta años, los migrantes deberán ponerse al día de las circunstancias del otro mercado de trabajo, de la otra zona de las jerarquías de la vida y de la muerte. El narcotráfico ha intensificado sus ritos protoapocalípticos y las muertes diarias, las ejecuciones de jefes policíacos, el miedo en que se vive porque el azar (con armas de alto poder) no discrimina, las anécdotas que constituyen la Pequeña Historia o, en el caso de algunas ciudades, la Historia a secas, todo el fenómeno del narco al enturbiar la idea de la Frontera le da un filo determinista a la crisis. El narcotráfico es la presencia de lo fatal en una sociedad habituada a jugar con los permisos del determinismo. Allí están el Ejército en las calles, el sonido de las ambulancias, el rumor de las conversaciones que es el estrépito de los temores, las notas televisivas que devuelven a la sociedad a otro de sus cauces formativos: la nota roja. Además, al adquirir el desempleo rangos paroxísticos, para muchos o para los suficientes (en una sociedad de masas, ¿quién determina lo suficiente?), el narco es un empleador obstinado, claro que la vida que ya de por sí no valía nada ahora no encuentra zonas de remate, pero nada se puede contra el torbellino del rencor y el resentimiento. Muy probablemente sea verdad aunque de modo aún no precisado, el narco es un Estado dentro del Estado, de lo que sí no hay duda es de su carácter de versión monstruosa del espíritu trágico. En la desesperación cualquier suicidio es bueno, y más si, por razones del oficio, al “suicidio” (incorporarse a organizaciones que garantizan la muerte a plazo fijo) lo antecede la obligación de asesinar. De todas las catástrofes que se abaten sobre el país, el narcotráfico es la más devastadora; y en el origen de sus legiones jamás deben eliminarse el desempleo y las sensaciones de marginalidad. (Las élites del narcotráfico responden a lo usual en las empresas del neoliberalismo).
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¿Cómo acercarse a la mentalidad que rige la pertenencia al narcotráfico y no entender su florecimiento en la Frontera? A diario, y de modo muy resumido, las noticias sintetizan en dos o tres líneas, con nombres que nada significan, las vidas de campesinos expulsados del campo, de vagabundos de las colonias populares ansiosos de capturar la oportunidad al alcance, de mujeres cuya perspectiva de género ya incluye las negociaciones con el miedo. El narcotráfico, como ya bien se sabe, es negocio familiar, “la familia unida jamás será vencida” y los padres, los tíos, los hermanos, los primos, ingresan al negocio con la gana de eliminar las diferencias a la hora de la muerte. Y lo que se dice de las familias puede decirse de los pueblos donde también se ratifica la gana de no separarse. Un requisito histórico del capitalismo salvaje, el exterminio de los escrúpulos, se traslada a los jóvenes del narco (en este ámbito alguien de 40 años es un sobreviviente inconcebible) que, también, son policías, agentes judiciales, seres entrenados en el riesgo de la vida, en la descalificación de la humanidad de los detenidos, en la identificación de realidad y películas o programas de televisión. Intensidad, uso de las armas, exaltación al recurrir a la tortura, obediencia a las órdenes de exterminio, todo lo que se sabe por los periódicos, el alud de rumores en los pueblos, la conversación circular en la Frontera. El rumor a propósito del narco es una despiadada y concentrada historia oral. La “yerba mala” es ya un residuo de los orígenes de ese otro libro del Génesis.
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La información que ahora se enfrentará a nuevas definiciones. En el caso de los grupos y las personas de origen mexicano, ser “hombre o mujer de frontera” en Estados Unidos, ha significado la sujeción histórica a las presiones contra lo calificado de “secundario”, “advenedizo”, “indeseable”. Esto se modifica pero de ningún modo con la equidad exigible. ¿Y en qué momento los mexicanos ya no son “recién llegados”? Antes de la década de 1990, así hayan transcurrido dos o tres generaciones de una familia hispana, y a sus integrantes todavía se les adjudica la pertenencia al Browntide. Los descendientes de los emigrantes se aferren o no al gentilicio (mexicanos), verifican entre sus herencias la costumbre de ser explotados. Otra historia, alejada de los libros de texto, acompaña a los hispanos: la conciencia no muy clara, jamás oscurecida de pertenecer a un pueblo (hasta hace poco se decía “una raza”) identificado perennemente con el botín a la disposición de los poderosos, y que, de pronto, sin desistir de sus tradiciones de debilidad se vuelve una comunidad. Culturalmente, conviene examinar el tránsito de pueblo a comunidad. La suerte de los mexicanos en Estados Unidos no ha dependido de “inferioridad natural” alguna, o de barreras culturales internas, sino de la voluntad económica y política que el racismo imbuye de soltura psicológica y carencia de escrúpulos. Desde el atraso cultural y moral de quienes lo ejercen, el prejuicio racista legitima el apetito de rapiña. Esta sería la lógica de los empleadores: “Si los declaro inferiores, no tengo porqué responder de mi conducta, ni tengo ante quién hacerlo. Si niego con virulencia la cultura y los recursos espirituales de los greasers, tendré la aprobación de los convencidos históricamente de un criterio: nada civiliza tanto a los salvajes como ser objeto del saqueo. De entre los pobres de los países subdesarrollados, sólo los que han sido víctimas del despojo consiguen asomarse en algo a la modernidad. Y viéndolo bien lo que hacemos no es despojo sino apropiación justa”. Un monólogo típico del racismo.
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