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Por: Agustín Basave Empieza un año emblemático en siglo incierto. El 2009 será, muy probablemente, una buena muestra de lo que ya se perfila como una era de incertidumbre. Durante el año pasado se nos fue buena parte de la poca certeza que nos quedaba. Ya se nos había ido el optimismo democrático y, en pleno luto, nos abandonó también la fe en la irreversibilidad del progreso. La debacle financiera de 2008 demostró que el neoliberalismo nos engañó a todos, que nos hizo creer que estaba avanzando cuando en realidad retrocedía al siglo XVIII. Regresó el salvajismo, la anarquía, el caos de la soberanía del mercado. Y por si fuera poco, se nos murió Alexander Solschenitzin, el hombre al que le quedó chico el mundo, el único que entendió cabalmente que ni el marxismo ni el capitalismo están a la altura de la esperanza humana. Alguna vez escribí que el siglo XX fue la centuria de Abraxas. Ese breve periodo que según algunos historiadores duró menos de ocho décadas fue, en efecto, mitad luz mitad sombra. Se inició con una guerra mundial y terminó con el derrumbe del muro de Berlín y del socialismo real, y se entreveraron en él genocidios y liberaciones, muertes absurdas y vidas inesperadas, injusticias y esperanzas. Fue el siglo de Stalin y Hitler; de Gandhi y Mandela; de separatismos y de globalización. Época de miserias y hambrunas así como de hitos científicos y tecnológicos que mejoraron la salud y la vida de muchas personas. Los últimos ochenta o cien años del segundo milenio anestesiaron la capacidad de asombro de mi generación. Nos acostumbramos tanto a las atrocidades como a las maravillas. Apenas reaccionamos ante las noticias ominosas provenientes de Bangladesh o Ruanda y sólo nos encogimos de hombros la primera vez que recibimos un fax, hicimos una llamada por un teléfono celular o navegamos en la Internet. Nos costó trabajo entender la globalización de la globalifobia, la uniformidad del rechazo a la estandarización, la fragmentación de lo integral. Mientras el abismo de la naturaleza humana se ensanchaba, el mundo se encogía ante nuestros ojos. Quizá la política del siglo pasado fue quien acaparó las principales paradojas. No le fue posible conciliar diversidad y universalidad: la entronización de la democracia se atragantó con el síndrome del fin de la historia. La estandarización de libertades individuales y derechos humanos se estrelló contra el muro del multiculturalismo. Quiero decir que el decreto de que un régimen democrático sólo puede funcionar con la nueva versión del Estado guardián, agudizó la desigualdad y pavimentó así el camino a nuevos autoritarismos y que, aunque pretendía lo contrario, la franquicia de la versión occidental de los valores liberales fue rechazada por grupos étnicos marginados y cuarteó la nueva axiología global. Karl Popper debe haberse revuelto en su tumba cuando se enteró de que los exégetas de la sociedad abierta decidieron expulsar de su seno al viejo Estado de bienestar. A la fecha, los ideólogos del liberalismo no saben qué hacer con los usos y costumbres que no embonan con la igualdad de género o la libertad de cultos. Hoy sólo nos queda echarnos un volado. Existen tantos argumentos para apostar a un renacimiento de la democracia que conlleve una reapertura a nuevas políticas socioeconómicas que redistribuyan el ingreso, como los hay para concebir el derrumbe de la pax washingtoniana y el advenimiento de una era de inestabilidad internacional. Las expectativas que despierta Barack Obama son contrarrestadas por la crisis de la economía de Estados Unidos, la situación de los países subdesarrollados es grave: de cara al desabasto y la carestía alimentaria, con desenlace en el mejor de los casos, incierto. En esas circunstancias, aferrarse al fundamentalismo del mercado es echar petróleo (cuarenta dólares por barril) a un pasto social de por sí seco. Y justamente la existencia de semejantes condiciones críticas es la que abona tanto al escenario positivo como al negativo. Ya se sabe: cuando uno toca fondo o se impulsa hacia lo alto, o se ahoga. No tenemos que empezar de cero. Esta es la gran diferencia entre la cosmovisión de los revolucionarios - declarados o de clóset - y la de los reformistas: los primeros buscan un cataclismo purificador y los segundos queremos una transformación institucional. Y es que la historia nos ofrece evidencias inequívocas de que muy pocas revoluciones pasan un análisis costo-beneficio. Y si eso fue cierto antes, cuando había menos espacios para el cambio pacífico, lo es más ahora. Pero cuidado. La opción reformadora se puede frustrar y la violencia puede volver por sus fueros si el establishment porfía en su miopía y sigue arrinconando a la izquierda, orillándola a ser un clon de la derecha. Si eso ocurre habrá más certidumbre de la mala. Con todo, lo impredecible puede tornarse venturoso. De nosotros depende que esta nueva era sea el principio del fin o el fin del principio; que nos arrastre el abismo o emprendamos el asalto de la altura. De nosotros, sí, de nuestros genes, del entorno familiar y social, de las influencias emotivas e intelectuales, del azar y de esa chispa ignota que misteriosa y súbitamente nos permite escoger voces que no están en nuestro libreto y que nos brinda la posibilidad de salirnos del cauce que nuestra circunstancia nos establece. Si la suma de nuestro pasado y libre albedrío ofrece como resultado nuestro futuro, ¿por qué no optar por una transformación de fondo y aprovechar la catapulta milenaria para arrojarnos sobre nosotros mismos? ¿Por qué no encarnar de una vez por todas nuestra humanidad y dejar atrás la negación inhumana? Estamos frente a una oportunidad histórica para reconciliar por fin, al individuo y la sociedad; a la libertad y la justicia; a la materia y el espíritu. No podemos dar por hecho el pasado ni apelar al futuro. Porque si algo nos enseñó el siglo XX es que nada, ni siquiera la modernidad, se conquista para siempre.
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