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Por: Pedro Ochoa Con el inicio de 2009 empieza la cuenta regresiva para las celebraciones tanto del Bicentenario de la Independencia como del Centenario de la Revolución Mexicana, las cuales se llevarán a cabo durante 2010, en una afortunada coincidencia de los hechos mismos. Las conmemoraciones de referencia deben ser una excelente oportunidad para reencontrarnos con nosotros como nación, cultura y sociedad moderna. No se trata, creo, de enarbolar el sentimiento nostálgico en el sentido que todo tiempo pasado fue mejor, sino obtener lo mejor de nuestras experiencias, confrontarlas con la realidad y seguir aprendiendo de ellas.
Tanto la Revolución de Independencia como la Revolución Mexicana de 1910, fueron movimientos avanzados en su tiempo. Aunque no hay revoluciones perfectas, hicieron notables contribuciones. Las preguntas instantáneas son: ¿Cuáles son ellas? ¿Están vigentes hoy en día? ¿Nos tenemos que sentir orgullosos de ellas? ¿Quiénes fueron los artífices de las aportaciones?
Alrededor de estas simples preguntas se pueden elaborar una buena parte de actividades conmemorativas. Ésta no debe ser tarea exclusiva de los expertos, se trata de abrir grandes foros de discusión. Una de las grandes aportaciones de la Revolución Mexicana de 1910 es su enorme contenido social. Familias, colonias, comunidades y pueblos enteros tienen un relato que contar al respecto. Los acontecimientos registrados en esos sitios son en muchas ocasiones, poco conocidos.
Casi siempre la historia central del movimiento que hicieron los personajes de talla nacional se lleva los reflectores. Tal es el caso de los hermanos Flores Magón, Aquiles Serdán, Francisco I. Madero, Pino Suárez Francisco Villa, Emiliano Zapata, Venustiano Carranza, Álvaro Obregón, Francisco Serrano y Rafael Buelna, entre muchísimos otros que acaparan la Historia – sí, con mayúsculas - del movimiento.
A Porfirio Díaz le tocó celebrar con bombo y platillo el Centenario de la Independencia; por un lado, festejando en compañía de embajadores de varios países del mundo y, por otro, con el pueblo que moría de hambre. Díaz inauguró en septiembre de 1910 la Columna del Ángel de la Independencia, así como el Hemiciclo a Juárez, dejando inacabados otros monumentos. Cité septiembre, para subrayar el hecho de el General no imaginaba (y si lo sabía lo minimizó) que dos meses más tarde estallaría el alzamiento revolucionario que le haría renunciar. La paradoja es que la celebración de un movimiento es el preludio del otro.
En 2010 debemos conocer a detalle este pasaje, otras minucias y las grandes aportaciones sobre todo de orden social, que nos den la idea clara de lo acontecido. Una buena divisa de las celebraciones debería ser Conocer para Conmemorar. Acercarnos al conocimiento de ambos movimientos y conocer por qué se han efectuado, junto con la Reforma de Juárez, son los acontecimientos históricos más significativos de la construcción del México contemporáneo.
Debemos medir el impacto de los movimientos así como su significado y profundidad. Para ello, sean bienvenidos seminarios, conferencias, exposiciones, ediciones, festivales, en fin, todo aquello que nos permita recordar a los hombres que originaron aquellos acontecimientos y quienes fundaron esta nación.
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