PRD: ¿Ruptura o renacimiento? PDF Imprimir E-mail

Por: Agustín Basave

    Me cuesta trabajo ser objetivo cuando analizo al Partido de la Revolución Democrática. Llevo algunos años promoviendo la forja de un partido socialdemócrata en México, a partir del molde de una socialdemocracia mexicana, la cual aún requiere toques finales de diseño. Abrigo esperanzas que pueda surgir a partir de una refundación del PRD.

    Hace casi ocho años renuncié al PRI porque no se democratizó cabalmente y porque después de su derrota no se reinventó con base en un proyecto socialdemócrata. Discutí muchas veces con Gilberto Rincón Gallardo, por quien voté en la elección del 2000, sobre la manera de confeccionar el modelo ideal. Mi principal diferencia con mi añorado amigo Gilberto y sucesores, es no creer que la agenda de nuestra socialdemocracia pueda asemejarse tanto a la europea. A mi juicio, antes que en temas como aborto, matrimonios gay y legalización de la droga, nuestra izquierda tiene que distinguirse de la derecha en terrenos de la política económica y social. La agenda debe empezar con el fin del anarcocapitalismo de ruleta, la reforma fiscal y la construcción de la casa común, integrada por piso de bienestar, techo de legalidad y paredes de cohesión social.

    Sé que entre ciertas corrientes perredistas el término socialdemócrata y sus derivados, son casi un insulto. Consideran esa palabra sinónimo de la claudicación del socialismo porque piensan en partidos como el Laborista británico y evocan una economía casi indistinguible de la que inauguró Margaret Thatcher. Sostienen, con razón, que sociedades tan desiguales como la nuestra no pueden darse lujos como desmontar parcialmente un Estado de bienestar que ni siquiera hemos alcanzado. Hasta ahí estamos de acuerdo. La discrepancia inicia con la estrategia para llegar al poder: ellos piensan que la vía electoral está prácticamente bloqueada y que sólo será posible llegar a la Presidencia por presión de la movilización social, si no es que por insurrección civil.

    Estoy convencido que la radicalización ahuyenta el voto de la clase media. Sin ese sufragio, el PRD no podrá superar los obstáculos que el establishment le coloca. No hay iniquidad ni trapacería electoral que resista una ventaja de más de cinco puntos porcentuales en las urnas. Es Maquiavelo al revés: más le vale a un partido ser querido por la gente que temido por el gobierno. De 1988 a 2006, la táctica de una minoría beligerante que presiona en las calles no ha logrado llevar al poder al PRD; ya es tiempo de poner en práctica ganar la simpatía de la mayoría de los electores.

    No puedo, por lo demás, ser indiferente a los esfuerzos por erradicar el caudillismo del PRD, De ahí vengo; de la lucha interna por democratizar al PRI y darle vida propia, cortando el cordón umbilical que lo unía al Presidente de la República. Por eso me parece saludable que el dirigente nacional del PRD no sea elegido o palomeado por el caudillo en turno de ese partido. Sea quien sea.

    Todos los partidos del primer mundo tienen un líder. Cuando están en el poder, lo constituye el jefe de gobierno; cuando son oposición suele ser quien los encabezó durante el proceso electoral. Dicho líder tiene una gran influencia sobre las decisiones de su instituto político. Pero hay límites: la democracia interna, que se ejerce mediante órganos colegiados, sirve como válvula de seguridad que impide la imposición de personas o líneas de acción que perjudiquen a la organización. De alguna manera, se obliga al líder a tomar en cuenta a los demás dirigentes y cuadros partidistas, y en lugar de girar órdenes tiene que negociar con ellos.

    El PRD ha tenido dos caudillos u hombres fuertes: primero, Cuauhtémoc Cárdenas y ahora, Andrés Manuel López Obrador. Pero hoy tiene, por primera vez en su historia, un presidente del Comité Ejecutivo Nacional que llegó a esa posición contra la voluntad del actual hombre fuerte. Me parece negativo que la elección interna haya sido tan turbia, pero considero positivo que ese partido tenga en la actualidad un dirigente con quien el caudillo tiene que construir consensos. Eso, dicho sea de paso, no quiere decir que las directivas de AMLO sean necesariamente malas, sino que el poder sin contrapesos es mal consejero y puede perjudicar al más talentoso de los políticos. Es una cuestión estructural. AMLO es el líder social más importante que México ha tenido en muchos años, y debe ser un activo para su partido. La democracia no es un capricho de nadie. Se inventó justamente para impedir que las sombras eclipsen las luces de la naturaleza humana, para sacar lo mejor de los hombres.

    La crisis del Partido de la Revolución Democrática es terminal e inicial. La organización política que engendró un mentís al divisionismo izquierdista, la que demostró a México que la unidad de la izquierda democrática de este país es posible, se encuentra ante la encrucijada de ruptura o renacimiento. El actual arreglo ya es insostenible. Es como un matrimonio de conveniencia: los cónyuges se empeñan en mantener la imagen de pareja amorosa pero en cuanto entran a casa, riñen y duermen en cuartos separados. Esto ha sido en los últimos años el PRD, luego, es momento idóneo para su refundación. La encrucijada es clara: el principal partido de las izquierdas mexicanas se rompe o renace.

    En cuanto al ámbito de correlación de fuerzas se ha dado un paso hacia adelante con el acotamiento del caudillismo atávico que aqueja a la cultura política mexicana. Sin embargo, en cuanto a estrategia y agenda, está por verse si las diferentes corrientes pueden construir un consenso. El nombre es lo de menos. Si el acuerdo es parecido a la socialdemocracia y se le llama de otra manera, enhorabuena. Lo difícil será que radicales y moderados coincidan en la línea política y concuerden en el camino que deben seguir para llegar al poder.

    Veo muy complicado, concretamente, que el ala “movilizadora” acepte privilegiar la vía institucional y electoral, la idea de que sólo llegarán a la Presidencia de la República si logran obtener una incontrastable mayoría de votos. Si acataran cabalmente las reglas del juego democrático mexicano, muchos militantes izquierdistas sentirían que están, literalmente, entregando la plaza. Hace tiempo escribí que la derecha nace de un cálculo y la izquierda de una indignación. Por dicha razón, la derecha es a menudo más fría y racional, en tanto la izquierda es más apasionada. Pienso que sin perder su pasión social, al PRD le haría bien inyectarse una dosis de racionalidad política. Más pronto que tarde, la realidad demostraría que tal es el camino más corto entre los ideales y la construcción de un México justo.

 

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