|
Por: Marco Antonio Balásquez Hay quienes afirman que la capacidad de asombro con relación a la ola delictiva que azota al país está agotada. De hecho, así pensaba quien esto escribe hace un año. Sin embargo, la contraofensiva que el llamado "crimen organizado" ha venido desatando en los últimos meses, me ha obligado a reconsiderar mi visión sobre la realidad nacional. Ahora me encuentro sumamente sorprendido, espantado y en espera (no deseada) de un estallido de grandes proporciones. El año pasado formará en la historia moderna del país como el que estableció y reconoció al "imperio de la delincuencia" como una fuerza actuante, opinante y ejecutante de nuestra (des) composición social. De acuerdo con cifras de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, durante 2008 unas 10 mil 500 personas fueron asesinadas en la República Mexicana en eventos relacionados con el crimen. Los tres estados más "prolíficos", fueron: Chihuahua con mil 800; Sinaloa con 800 y Baja California, con poco más de 500. 2008, simplemente, no acepta comparación con otros años. No hay uno que ni tímidamente se le acerque. De allí la preocupación manifestada líneas arriba. Pero hay algo aún más preocupante en nuestro entorno. Y esto es la simulación conque nuestras autoridades encaran, no el mar de sangre de los 10 mil 500 muertos, sino la inseguridad en toda su extensión y profundidad. Los gobiernos, desde el más grande hasta el más chico, sin excepción de partido, son sumamente autocomplacientes cuando analizan el flagelo de la inseguridad. A sí mismos se "doran la píldora" cuando afirman que la ola de violencia "es una reacción a las acciones de la autoridad"; o bien, que "México es la ruta de paso de la droga, pero que realmente ésta tiene como destino final los Estados Unidos"; o que las muertes por arma de fuego son "ajustes de cuentas únicamente entre delincuentes", es decir, "que se están matando entre ellos". Desde hace 25 años los gobiernos han perdido la dimensión de lo que ocurre. Los políticos tienen muy bien estudiado el guión: cuando andan en campaña ofrecen el "oro y el moro"; cuando toman posesión dicen que los problemas de seguridad "son el resultado de una larga historia de omisiones", y cuando se despiden dicen que dejaron sentadas las bases para que los futuros gobiernos concreten los programas. Auténticos prevaricadores. Entre mitómanos, fantoches y hegemónicos, México ha perdido tiempo y capital para hacerle frente a una crisis galopante, que a estas alturas ya no puede ser contenida con métodos convencionales. Los delincuentes prácticamente lo controlan todo y son capaces, ya no de desafiar al gobierno, sino de suplantarlo en materias como recaudación de derechos, impartición de justicia y control de masas. En algunas comunidades de Chihuahua, Durango, Sinaloa, Baja California, Michoacán, Guerrero, Morelos, Chiapas y Nayarit, la delincuencia ha sentado sus reales al extremo de decidir quién vive y quién muere; quién labora en el gobierno y quién no; a quién se le priva de la libertad, qué negocio es incendiado, etcétera. Todo, ante la tolerancia de gobiernos gobernados (necesaria redundancia) por la mafia. No se ve cómo Calderón y los gobernadores puedan controlar este embestida. Y menos ahora que los recortes presupuestales y la crisis económica mundial cancela empleos y provoca el retorno de millones de compatriotas. Sería bueno que el gobierno, responsable de acción y omisión de esta crisis, tomara las cosas en serio y empezara a corregir este entuerto desde sus bases: educación, salud, desarrollo social, empleos, vivienda digna. Esto es: que presidentes y gobernadores dejaran de privilegiar el gran capital, las magnas obras y las monumentales alianzas y de una buena vez se entendieran de la materia prima suprema de una nación: el ser humano, por causa de quien un país es grande o miserable. Si el gobierno reacciona o no, ese es un albur que casi siempre se decide por el "no". Pero usted amigo lector, abróchese su cinturón de seguridad y apréstese a contemplar un panorama aún más crudo durante este 2009, la antesala del 2010, centenario de la Revolución y bicentenario de la Independencia. Las "malas lenguas" dicen que en este país las sublevaciones se dan cada 100 años.
|