Carlos Fuentes. PDF Imprimir E-mail
Por: Agustín Basave
 
    Carlos Fuentes acaba de cumplir ochenta años de edad y cincuenta de gloria. Nació en 1928 y publicó La región más transparente en 1958, por cierto el año en que nací. Los abigarrados homenajes que se le han hecho en México son, más allá de las reverberaciones de la envidia o la mezquindad, plenamente merecidos. Se trata de un gran escritor y de un personaje que enaltece a nuestro país en el mundo de la cultura.
 
    Me lo presentaron en Inglaterra. Caminaba --que no corría-- el año de 1986, estudiaba yo en Oxford mientras él daba clases en Cambridge y se anunció en mi colegio que vendría a dictar una conferencia. Como los alumnos mexicanos éramos muy pocos, el rector nos invitó a comer con nuestro paisano en high table. Sentí los efectos de mi chovinismo de estudiante en el extranjero: allí estaba un representante intelectual de México dando cátedra a los sumos sacerdotes de la academia inglesa. Uno de los santuarios de la cultura occidental lo recibía con la admiración que se les dispensa a los grandes exponentes de la intelligentsia europea. Ni más ni menos.
 
    Para entonces ya admiraba yo al novelista pero no conocía al hombre. La lectura de su obra narrativa había dejado huella en mi conciencia de lector, y tenía todo el interés de conocerlo. Sir Raymond Carr, entonces Warden de St. Antony’s College, me pidió que lo atendiera durante su estancia en la universidad, por lo que tuve la oportunidad de platicar con él un buen rato. Lo llevé a la librería Blackwell’s, de donde él salió con un buen número de libros y yo con una edición de las obras completas de Dickens en un solo tomo. Cada que echo mano de ese enorme y pesado volumen recuerdo su sabio consejo: “no compres eso si no estás dispuesto a leer con atril”.
 
    Así conocí a Fuentes. Poco después traté a Silvia, su esposa, y a sus hijos, cuando tuvieron la amabilidad de invitarme a comer a Stratford, viaje que hicimos para ver en acción a la compañía de teatro Shakespeare. Más adelante nos volvimos a ver en la Embajada en Londres. En todos esos encuentros fui beneficiario de esa peculiar amalgama de generosidad y talento que distingue a Carlos. Lo hostigué una y otra vez con la lectura de fragmentos de mi tesis doctoral y con toda suerte de preguntas sobre literatura, a lo que él respondió siempre con interés y sabiduría. Y con esa ironía que nunca lo abandona. Recuerdo que una vez comentó, divertido, la noticia de un avión del cual se había desplomado, en pleno despegue, un cargamento ecuestre cuyos animales fueron a caer en una transitada carretera: “imagínate que vas manejando tu carro y de repente te cae un caballo del cielo; ¡y luego dicen que Gabo y yo exageramos!”, me dijo.
 
    Carlos Fuentes es un novelista y un personaje. No cualquier novelista lo es; sólo aquellos que han producido una obra larga y ancha, de voces profundas, de palabras aladas, como la de él. Si mi memoria no me traiciona, fue Pedro Caba quien dijo que el hombre es un vegetal inverso cuyas verdaderas raíces están en lo alto. Yo agrego que un buen narrador es un árbol invertido cuyo verdadero follaje cala muy hondo. Sus ramas y sus hojas rozan una y otra vez las entrañas del lector, las rasguñan y las acarician. Pero llega un momento en el que, cansados de desgarrar y sanar hondones, los personajes que el narrador crea se reúnen y conspiran para voltear los papeles. Y su rebelión suele ser fecunda.
 
    Su personaje fue creado por todos sus personajes, de Ixca Cienfuegos y Artemio Cruz a Inez y Josué Nadal, pasando por Aura, o mejor dicho deteniéndose en Aura. No me refiero al lugar común de que son los protagonistas de la narración quienes la escriben, como se empeñaron en concientizar Miguel de Unamuno y Augusto Pérez. Tampoco aludo al impulso autobiográfico del autor que plasma su historia en sus historias. Hablo de algo más simple y más complejo a la vez: el escritor se escribe a sí mismo, reinventa su papel en el papel. Al escribir dibuja su máscara, su identidad alterna, su propia otredad. Fuentes lo ha hecho. Y se ha convertido en un ser ineludible e inasible, realista y mágico. Lejano, inabordable, ostensible, omnipresente. Remoto y portátil.
 
    Pero Carlos es también un ensayista y un historiador de lo inmediato. Lee el tiempo de México y del mundo y ejerce, en súbitas urgencias, el análisis periodístico. Y lo hace con una familiaridad que sólo posee quien dialoga con la historia, quien convive con los otros personajes de la vida real. Por eso alberga en sus alforjas vivenciales los ecos de una élite estrepitosa, que es la suya, aunque la mitad de ella ya no esté entre nosotros. O mejor dicho, ya no está entre él y el resto de quienes forman parte de esa suerte de jet set cultural y político, de esa pléyade internacional de epónimos con los que se ha codeado a lo largo de ocho décadas en las que caben dos milenios y varios hitos históricos. Esos personajes también lo han hecho un personaje.
 
    Carlos Fuentes es el mexicano más cosmopolita y el cosmopolita más mexicano. El que se globaliza antes de la globalización, el que hermana a San Jerónimo y Kensington, el que estira su región hasta transparentar con ella casi todo el planeta. Con Alfonso Reyes, demuestra que la mexicanidad es una de las contraseñas para acceder a la universalidad. Le es fácil estar fuera de México, pero le es difícil que México esté fuera de él. Cotidianamente, con su proverbial disciplina, habla en inglés y en francés, escribe en español y siente en mexicano. Por las mañanas saborea Europa, a mediodía piensa en Estados Unidos, en la tarde atisba Oriente y por las noches le duele México. Le preocupa, le inquieta, le angustia. Se cuelga del teléfono y del correo no electrónico para asirse como puede a la realidad de su tierra. Habla con sus amigos mexicanos, los acribilla a preguntas; recibe periódicos atrasados, los devora. No puede estar al tanto pero está al tiento.
 
    Y es que Fuentes el posmoderno es un tradicionalista reacio al email y a los demás trucos de la cibercomunicación. El trotamundos es, en el fondo, un peatón que prefiere caminar el mundo, sin celular y sin laptop. Alguna vez dije que el único premio que le falta y le sobra es el Nobel; ahora digo que la única conexión global que le falta y le sobra es internet. Se aferra a la pluma y a la máquina de escribir y a su biblioteca mientras otros sucumbimos al mouse y a Google. Las únicas pantallas que procura son las del cine, de preferencia el de celuloide. Su cinefilia empieza, como el resto de su erudición, en el blanco y negro, y termina en el último e ignoto recodo del espectro cromático.
 
    Conozco a Carlos desde hace 22 años. Hoy,  después de dos décadas de gozar el privilegio de su amistad, me sigue asaltando la misma sensación que me asaltó cuando lo conocí en Oxford. A veces leo en algún periódico primermundista que el célebre escritor Carlos Fuentes recibe su enésimo reconocimiento e imagino un ser legendario y ficticio. Luego hablo con él y lo vuelvo a saber real, cercano y entrañable. Su personaje, pues, le ha servido para esconder algo. Muchos ignoran que a sus ochenta años de edad y cincuenta de gloria, convertido en un hombre cuya realidad parece ficción, Fuentes carga un corazón a la intemperie, zaherido y sublimado por el amor y la bonhomía. Enhorabuena, Carlos.
 

Colaboradores

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