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Por: Marco Antonio Blásquez - Así nací periodista (VI y última)
A los dos meses de los sismos de septiembre de 1985, las aguas volvieron a su nivel en la redacción de El Universal. Benjamín Wong y José Carreño fueron despedidos y yo volví a la sección deportiva, a mi gustada fuente de beisbol. Mi amigo Luis Sevillano Ugget, quien por años había sido el hombre fuerte del área técnica del diario, recibió el nombramiento de subdirector general (en los hechos, director general). Este nombramiento automáticamente hacía factible mi cambio a la fuente política. Se contaban con los dedos de una mano los casos de compañeros que habían logrado escalar de la ayudantía a deportes y de allí a la política, la fuente mejor pagada, más notable e influyente y por tanto la más codiciada. Durante los brindis de diciembre de 1985, le pedí audiencia a don Luis Sevillano. Comedido como era, el buen hombre me recibió en tanto concluyeron los festejos. --¿Qué pasa güero, qué se ofrece? --Don Luis, vengo a pedirle un cambio de sección. Creo que ya estoy apto para hacer unas suplencias en política. --No estoy muy seguro, creo que te falta todavía mucho antecedente, y no se si sepas que el sindicato se va a oponer al cambio. --Sí, por supuesto que me falta mucho. Y también sabía lo del sindicato. Creo que no les caigo bien. Don Luis me pidió paciencia, me anticipó que venían tiempos difíciles entre la empresa y el sindicato. “Ya verás que cuando menos pienses estará listo tu cambio”, me dijo con voz firme y apretando virilmente mi mano, mientras nos despedíamos en la antesala de su oficina. El año siguiente,1986, fue un año muy ocupado y productivo para mí. En primer término me consolidé como el número 3 de la sección deportiva. Jerárquicamente por encima de mí sólo estaban el editor y el jefe de sección, en ausencia de ambos (que era muy frecuente) o de uno de ellos, yo tomaba control de todas las decisiones. En segundo, fui acreditado como cronista para la cobertura del mundial de futbol México 86. Fui destacado en la plaza de León, Guanajuato, y me tocó cubrir el grupo donde militaban Francia, URSS, Hungría y Canadá. De allí que me haya tocado contemplar en toda su lucidez a jugadores como Platini, Giresse y Tiganá. No me explico cómo Francia quedó fuera de la final de la Copa. Pase un mes espléndido en León. Conocí compañeros de la fuente futbolística, que a la fecha conservo como grandes amigos. Mi conocimiento sobre el futbol era aceptable y para entonces mis habilidades de cronista habían mejorado, por lo que al final del certamen fui premiado junto con mi amigo Fidel Samaniego (el mejor reportero político de El Universal de aquella época) como autor de una de las mejores 3 crónicas de ambiente de la Copa Mundial. Cuando volví del Mundial mi posición en deportes era inmejorable. Se habían discipado todos los nubarrones que presagiaban una caída de mi vertiginosa carrera. Algunos compañeros cruzaban apuestas sobre cuánto duraría mi “estrellato”. Es obvio que mi ascenso había despertado envidias en quienes llevaban 10 ó 15 años buscando oportunidades que yo me había granjeado en 3. Mi editor, Jorge Escobosa, aunque me sabía leal, empezaba a verme con recelo, pues algunos malintencionados le calentaban la cabeza diciéndole que yo era el idóneo para tomar su lugar: un reportero joven, hecho en casa y bien visto por los altos jefes. Y esos malintencionados no se equivocaban en cuanto a mi perfil, pero yo tenía clarísimo que mi futuro estaba en la fuente política. En 1987, mientras concluía la crónica de un partido tempranero de beisbol, don Luis Sevillano me mandó llamar a su oficina. Sevillano es un hombre calvo, rojo de piel y de muy pocas palabras. Sus enemigos le apodaban “el terrible doctor no”, porque tenía fama de ser enérgico y firme en sus decisiones. Conmigo era abierto y paternal. Una vez me había dicho que sus consideraciones hacia mí estaban basadas en que, al igual que él, yo había iniciado como ayudante; y en que, no obstante las peores crisis, nunca me había visto desfallecer en mis tareas como coordinador de cierres. En alguna madrugada de 1982, cuando las placas de fotocomposición habían salido defectuosas y el papel de la prensa se rompía continuamente, se aproximó a mi estación de trabajo, y me dijo: “el que domina esta parte del periodismo, lo domina todo…”. Como de costumbre, la tarde en que me mandó llamar, don Luis me hizo pasar sin antesala. Abrí la puerta y allí estaba él con Roberto Rock, quien entonces era el editor de la sección de provincia, un brillante corrector y que a la postre, con gran tino, dirigió El Universal entre 1997 y 2006. --Le tengo un cambio de campaña… --me dijo a manera de acertijo. --No le entiendo, don Luis --Sí, un cambio de campaña… ¡que deja usted la campaña de los Tigres y los Diablos, y se va a la del PMS y Heberto Castillo! Sentí una profunda emoción y un gran agradecimiento hacia mi amigo. Era mi ansiado cambio de sección. Pero las novedades no paraban allí. Don Luis me extendió una generosa cantidad de dinero en efectivo para que me sumara a la campaña del histórico Heberto Castillo “en donde se encuentre”, según la orden de mi jefe. “Sin embargo hay dos cosas que quiero decirle… La primera es que el sindicato se va a enfurecer y usted tiene que estar listo para lo que venga; y la segunda es que quiero que me me envíe la crónica más chingona de su vida… y el consejo para que la logre es que la escriba como usted lo saber hacer…”, me advirtió mi amigo. --Roberto, por favor en cuanto llegue el material del güero lo quiero bien corregido y puesto en mi escritorio a buena hora… Esa será la mejor defensa que tendremos cuando el sindicato y la bola de envidiosos se me echen encima –le ordenó don Luis a Roberto Rock. En cosa de horas fui a dar a una de la zonas más deprimidas de México: el valle de Mezquital, al norte de Hidalgo. Me presenté con Heberto Castillo (candidato) y con Gilberto Rincón Gallardo (coordinador) como enviado de El Universal. Heberto me preguntó: “¿Y qué has cubierto antes?”. Y cuando le contesté que deportes, con el humor negro que lo caracterizaba me respondió: “a veces creo que el deporte es más serio que la política”. Al día siguiente empecé a captar los datos y a desentrañar el sentido de los hechos y dichos que naturalmente desconocía. Barrí la comunidad de cabo a rabo, me metí a las chozas de los campesinos, encontré las causas de una plaga de serpientes que había costado la vida a una veintena de lugareños y analicé palabra por palabra, frase por frase el discurso pronunciado por Heberto. A las 6 de la tarde di el último teclazo de una crónica de 3 cuartillas, mi primera dentro del género político, que deseaba fuera del gusto de mis sinodales. Horas después me concentré en la habitación del hotel para estar disponible por si se ofrecía una aclaración. Al día siguiente, muy de mañana, salí a buscar un ejemplar de El Universal en el centro de Pachuca. Luego de media hora de búsqueda, encontré un estanquillo donde ya estaba disponible. No exagero, mis ojos se humedecieron cuando vi mi crónica destacada en primera plana, con un encabezado perfectamente acoplado al texto, señal inequívoca de que había pasado mi “examen de admisión” a la fuente política. Ese día concluyó la gira. Retorné después de mediodía a la ciudad de México e inmediatamente me apersoné en el periódico, en la oficina de don Luis. Mi jefe me recibió con inusual alegría, me dio una palmada es la espalda, y me expresó: “Deveras que tu crónica era buena… Se la mandé al patrón (al licenciado Juan Francisco Ealy Ortiz) y dijo que al leerla se le había puesto la piel de gallina”. La clave de esa crónica no era en sí el manejo del conocimiento político, que obviamente yo no tenía. Deliberadamente, para compensar mi debilidad en la comprensión y manejo del lenguaje político, me centré en la descripción de la comunidad mezquitalense y en la actitud que frente a los campesinos observaba un hombre que por sí mismo era una crónica, el inmortal Heberto. La parte donde mis sinodales tragaban saliva y experimentaban la llamada “piel de gallina”, fue cuando narré la manera en que un anciano me explicaba que para combatir la plaga de ratas de sus sembradíos a alguien se le había ocurrido soltar una docena de serpientes de cascabel entre los maizales. Recuerdo aquel rostro sin fuerza y esa mirada de profundo vacío conque aquel pobre viejo me confiaba: “Sí mi niño, ahora las ratas devoran nuestro maíz y las víboras nos devoran a nosotros”. Don Luis Sevillano notificó inmediatamente mi salida temporal de deportes y me asignó permanentemente a la campaña de Heberto Castillo. Esa época ha sido una de las más importantes en mi vida como reportero. Durante un año recorrí todo el país siempre cerca de ese gran político de oposición. En la campaña del PMS, la comitiva se transportaba en un camión llamado “el socialista”; y la prensa, en otro denominado “el machete”. Qué no hicimos los periodistas a bordo de “el machete”. Hicimos todo lo que se puede hacer durante 9 meses de recorrido, de cabo a rabo, del territorio nacional. De Tijuana a Cancún, de La Paz a Campeche, de Culiacán a Nuevo Laredo. “El machete”sirvió como salón de juegos, pista de baile, ring de box, tribuna política y, por supuesto, barra de taberna. Ese camión y sus andanzas mereció exposiciones de fotografía y hasta documentales cinematográficos. Por eso, en una ocasión que escuché a Martín Borchardt afirmar que él había cubierto esa campaña y que a bordo de “el machete” había llegado a Baja California --lo cual es completamente falso--, es que comprendí a don Quijote cuando le pedía a Sancho Panza que no confiara sus aventuras a los escuderos de otros caballeros andantes, “porque son tan buenas y ricas, que no sea que quieran apropiárselas, querido Sancho”. Cubrí la campaña de Heberto por cielo, mar y tierra hasta un martes del mes de mayo de 1988 cuando a instancias de Graco Ramírez, Gilberto Rincón Gallardo y Amalia García renunció a su candidatura en Zacatecas. Al día siguiente el PMS se sumó de facto a Cuauhtémoc Cárdenas Solárzano, en mi opinión el legítimo triunfador de los comicios, aunque atracado por el entonces todavía omnipotente sistema priísta. En el inter de la campaña, mi sindicato trató de bloquearme de todas las formas posibles, en venganza a mi abierta inclinación por la empresa. Me excluyeron, y un actuario me reinstaló; me declararon en abandono de mi planta como redactor deportivo, y la empresa me recontrató. Todo terminó cuando un grupo de compañeros nos organizamos en una fuerza sólida y a través de un recuento desconocimos para siempre al sindicato y a sus líderes. Cuando los campañas habían terminado y Carlos Salinas de Gortari había tomado posesión, a principios de 1989, fui enviado a Baja California a cubrir un triple evento: la confirmación de la campaña de Margarita Ortega, el registro de Ernesto Ruffo y la convención en la que el FDN elegiría a Martha Maldonado como su candidata. El último de estos eventos se verificó en el hotel El Soler, ubicado en el fraccionamiento del mismo nombre. El hotel estaba desprovisto de cualquier tipo de comunicación, por lo cual, en pleno domingo, me lancé a la aventura de localizar el periódico “Baja California”, propiedad de mi amigo, el empresario Jaime Bonilla, a quien había conocido cuando él era propietario de los Potros de Tijuana. Después de un par de tropiezos, el taxista me condujo hasta las imponentes Torres de Tijuana, séptimo piso ascensor. En la recepción, reitero era domingo, pregunté por el director y no estaba, por el subdirector y ese día descansaba. De pronto, de un cubículo con los vidrios polarizados, asomó un hombre delgado y de piel clara. En tono amable estaba a punto de preguntarme que qué se me ofrecía, cuando al chocar miradas mi interlocutor dedujo que yo era Blásquez, y yo deduje que él era Bonilla. --¿Qué haces aquí? ¡Qué sorpresa verte! –me dijo, mientras me extendía la mano, franco como es, y me invitaba a pasar a su despacho. Ese día quedé contratado por el ingeniero Jaime Bonilla. Los pormenores de la contratación y mis experiencias a lo largo de 20 años, siempre trabajando para y con Jaime Bonilla, serán reseñadas en un libro que publicaré en abril próximo, mes en que cumpliré 2 décadas en esta maravillosa geografía, en la que me he ratificado como hombre y como periodista. (Fin de la serie).
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