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Por: Pedro Ochoa Se acerca la Navidad y la señora Blancarte ha completado la compra de barritas de plastilina para que el niño Alvarito termine de hacer los personajes del nacimiento, como cada año. Una vez que los termina, los va guardando en el refrigerador, uno por uno, cuidadosamente, para que no se derritan con el calor infernal de Culiacán, Sinaloa. El nacimiento, es la tradición mexicana de representar en casa el natalicio de Jesús y se coloca unas semanas previas en la base del árbol navideño. El niño Álvaro tiene una especialísima habilidad de modelar con sus manos cualquier figura que se le ocurra, árboles, animales, personas, objetos. El nacimiento de Alvarito es una reproducción fiel del pueblecito Belén que es admirado por sus familiares y vecinos, que cada año acuden a admirar su trabajo. Lo curioso es que el niño Álvaro no ha tomado clases ni nadie lo ha instruido ni siquiera informalmente, tiene lo que podría decirse destrezas innatas, la perfección de las figuras, las proporciones y dimensiones, son admiradas por un público que hace línea para verlo.
Más tarde el gusto por el cine Blancarte es su primera formación cultural, sobre todo en el cine europeo que ve hasta el cansancio, particularmente le atrae el cine clásico italiano, a través de las películas Saco y Vanzetti, Gato Pardo, Ocho y Media, los Cuatrocientos Golpes y la Dolce Vita. Por lo cual, ahora realiza nuevas representaciones de plastilina con las imágenes imborrables que ve en la pantalla, rostros, paisajes y escenas. Pero Blancarte, con esa sencillez de siempre, considera que en realidad su formación es la calle, los amigos, las reuniones sociales, lo que se conoce como tertulia o bohemia. Este ambiente incluye el cine y la literatura, en la cual encuentra dos libros fundamentales de la literatura universal, el Lobo Estepario de Herman Hess y La Metamorfósis de Franz Kafka. Es en ese ambiente donde se encuentra con las artes a través de las cajas de cerillos. De hecho la marca de cerillos clásicos de lujo de la Cerillera la Central, reproducía en sus portadillas, en los cincuentas, las obras clásicas de la pintura universal. Obras del renacimiento, la pintura española, holandesa, francesa, los impresionistas y la pintura mexicana. Blancarte, recorta las imágenes y las guarda, las va coleccionando, las admira, no se cansa de verlas. Encuentra su primer empleo formal, que es simplemente excepcional, se trata de un trabajo como clasificador de algodón, una práctica de las mejores pagadas en su ciudad de origen. Muy pronto es un experto, lo reconoce al tacto, porque el algodón tiene un sinnúmero de variables, que tienen que ver con la calidad y sus aplicaciones. Y aunque el trabajo le gusta a Blancarte, no puede dominar la pequeña larva que se le ha venido formando desde niño en lo más profundo del alma. Es una inquietud, que por momentos, le domina.
Pero más que larva o inquietud, se trata de un huevecillo de caimán que muy pronto romperá el cascarón. De pronto el caimán devora al clasificador de algodón y también a Blancarte. Entonces se presenta en la empacadora de algodón y renuncia. Le avisa a su familia, he decidido –les dice- dar clases de escultura en la Universidad para seguir los pasos del maestro Erasto Cortez Juárez. La familia se sorprende, de qué vamos a vivir le preguntan, él confiado les responde, en el destino del caimán, de lo que me gusta hacer, de las artes. Lo demás es historia. El caimán y Blancarte han podido cohabitar un buen tiempo. ¿De allí toma Blancarte la textura rugosa de sus obras?
En efecto, se inicia dando clases en Sinaloa. Viaja a México donde continúa su vocación docente y pinta algunos murales. Tiene su primera exposición en la zona Rosa y empieza a tener sus primero clientes en el este de los Estados Unidos como Chicago, New York, Miami, Boston, Washington, incluso en España, sin ser conocido en California en esa época.
En el caso del mural del CECUT, Orígenes, que a mí me tocó en suerte invitarlo para este magnífico proyecto refiere la interpretación del origen del hombre según los kumiai. En realidad lo que Blancarte me ofrecía era cumplir viejos sueños del Maestro Rubén Vizcaíno, uno de los promotores de la californidad o la identidad de California con las artes. Vizcaíno proponía que así como en el centro de México se celebra y conmemora el encuentro del águila y la serpiente en un nopal, los bajacalifornianos deberían dimensionar el valor cultural de las pinturas rupestres, como nuestro primer antecedente cultural. Y Blancarte temáticamente y plásticamente responde a esa idea. La primera sensación que se tiene de las texturas de Blancarte es que se trata de un rupestre de caballete, modernizado y enriquecido. En ese sentido, se puede decir, que es un homenaje a la plástica más antigua de la región. Desde el tema hasta los materiales empleados. Le he querido rendir un homenaje al desierto, ha dicho Blancarte y creo que lo ha logrado.
Las series blancartianas Carteles, Una Perra Llamada la Vaca, Las Siete Colas del Perro, Orígenes y más, Barroco Profundo, Kaimansutra y Ropajes, registran características propias y son diferentes unas de otras, les distingue una personalidad. En todas hay algo nuevo y se encuentra al mismo Blancarte. Casi omito que hay en la obra de Blancarte y en los títulos de sus obras un humor no muy socorrido en los museos. De repente uno se puede sorprender riéndose ante un Blancarte por el título de alguna pieza o por algún elemento incorporado.
¿Qué le obsesiona a Blancarte? En primer lugar, el origen. Para Blancarte, el universo siempre tiene un principio, se puede apreciar en las series mencionadas arriba, con esto quiero decir que contienen un discurso lógico e iconográfico, con principio y desarrollo, allí aparecen las evoluciones, las metamorfosis y el movimiento.
Blancarte o el reconocimiento del origen, Blancarte o la pintura con atmósfera propia, Blancarte o del rupestre moderno, Blancarte o del barroco contemporáneo, Blancarte o la vida dedicada a la enseñanza del arte y el arte vivido como una experiencia cotidiana.
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