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Por: Marco Antonio Blásquez Los sismos de 1985, como a muchos mexicanos, cambiaron mi vida. Sólo que en mi caso fue en sentido positivo. Vivía con mis padres en el cuarto piso de un condominio ubicado en la popular Santa María la Ribera, a unas cuadras de San Cosme. Por aquellos días me reponía de un agitado y divertido viaje por la costa norte de Veracruz, en compañía de grandes amigos. Habíamos pasado 5 días entre Tecolutla, Gutiérrez Zamora, Tuxpan y Poza Rica, disfrutando de la calidez de la familia Guerra, que nos paseaba todo el día por mar y tierra. Eramos una palomilla hasta cierto punto inocentona. El evento clímax de aquel viaje había sido un concurso para ver quien sacaba más ostiones del estero. Subíamos guitarras, flautas y panderos a la lancha, y nos pasábamos atardeceres gloriosos. La noche del 18 de septiembre me presenté en El Universal (ubicado en la calle de Iturbide, a espaldas de Bucareli), a reportarme “listo” para el día siguiente. Mi jefe Escobosa se mostró frío conmigo, pues no había estado de acuerdo en que tomara mis vacaciones ligado con el puente del 15 y 16 de septiembre. Lacónicamente me dijo que llamara al día siguiente para ver si había algo especial. Esa noche, me había hecho acompañar de mi inseparable amigo Ricardo Suárez, hoy un prestigiado arquitecto, con quien compartía mi gusto por la lectura, la filosofía y las artes. Ambos éramos maestros en una escuela de bachillerato y además noviábamos con dos amigas: Martha, con quien él no llegó a nada; y Verónica, con quien me casé. Ricardo y yo regresamos caminando a nuestros hogares, siguiendo esta ruta: salimos por Iturbide, doblamos a la izquierda en la Av. Juárez, cruzamos Reforma, seguimos por Plaza de la República, caminando por debajo del imponente Monumento a la Revolución. Cruzamos Insurgentes, seguimos por Gómez Farías, y al topar con Guillermo Prieto viramos a la derecha. Cruzamos San Cosme, doblamos a la derecha en Naranjo, donde yo me quedé. Y el caminó 5 cuadras más hasta llegar a Fresno. Cuando recorríamos el Monumento a la Revolución, nos detuvimos unos 10 minutos y nos recargamos en una bardilla. Encendimos un cigarro e iniciamos una plática muy interesante sobre lo que cada uno quería hacer de su vida. El me dijo que no amaba a Martha y yo le dije que sí amaba a Verónica. El me dijo que quería ser “sólo, única y exclusivamente” diseñador, y nunca constructor; y yo le dije que el periodismo político me había guiñado el ojo, y que probablemente promovería un cambio de sección. --¿Estás loco? No puedes dejar Deportes… Vas excelente y te estás dando a conocer en todos los medios, me reclamaba quien al menos dos veces por semana me acompañaba al estadio de beisbol o a los juegos de futbol. --Mi meta nunca fue estar en Deportes… tomé esa opción porque es la especialidad en la que estaba documentado, pero ahora he aprendido nombres, funciones y sentidos de la política. Ya conozco la organización del gobierno y los estados. --Ese cambio no creo que te lo den fácil, me advirtió. Y sin conocer el periodismo, ni mucho menos el complicado ambiente laboral de El Universal (en donde llegó a haber 13 sindicatos), mi amigo Suárez tenía razón. Se contaban con los dedos de una mano los casos de compañeros que habían transitado airosamente por la senda ayudante-reportero deportivo-reportero político. Particularmente al reportero deportivo se le veía como improvisado y poco culto, de allí que se le discriminara. Llegué casa, todos dormían. Horas después, a las 7:19 am, mi padre salió como bólido de su recámara, mi hermanita (Lucero) en ese entonces de 9 años, se metió entre mis cobijas y se aferró a mí ansiosamente. Sentíamos que la tierra nos tragaba. Nuestro edificio, literalmente, se mecía para todos lados. En lo más hondo de mi ser yo presentí una tragedia de grandes proporciones. A mis sentidos (no puedo decir que sólo a mis oídos) llegaban datos de que algo serio estaba ocurriendo afuera. Yo percibí lo que en mis crónicas periodísticas de ese tiempo, definí como el “olor a muerte”. Mi madre y mi hermano Rafael (entonces de 17 años y que ahora es un brillante contador público) se incorporaron a mi recámara cuando el temblor había terminado. Mi papá, con esa voz augusta que sólo tienen los que saben asumir el mando en los momentos de apremio, dijo a la familia: “Parece que fue un temblor muy fuerte. Todos nos quedamos aquí, menos Marco, que tiene que irse a reportar a su Redacción”. Mi padre tenía una mirada tierna y serena, que era capaz de “hablar”. Fijando sus pequeños y vivarachos ojos en los míos y con un contundente movimiento de cuello me mandó a la “guerra”. Y allá fui. Cosas de la vida, designios de Dios, no lo se. Pero recorrí exactamente en sentido inverso el camino que horas antes había caminado con mi amigo Ricardo. Nunca he visto cosa peor, tratándose de un desastre natural. Paso a paso, acuciosamente, tomaba nota de domicilios, afectaciones, cantidad de muertos y presencia de cuerpos de rescate en cada una de las emergencias. No exagero, ví unas 35 construcciones completamente derruidas y calculé pérdidas humanas de 800 personas, sólo en ese tramo. Un recorrido (de mi casa al periódico) que normalmente se caminaba en 25 minutos, ese 19 de septiembre me llevó 3 horas. Los reporteros estábamos muy limitados: los celulares apenas se conocían, no había nexteles, ni internet. Los radiofrecuentes eran malos y caros. Los pocos programas noticiosos de radio que había eran lectores de notas de periódico. Con nosotros, los reporteros, la información llegaba a las redacciones. Por ello se nos respetaba más antes que ahora. Esa mañana llegué como un alma en pena a la redacción de El Universal. Mi jefe, que una noche antes me había tratado con indiferencia, en cuanto me vio me asaltó con preguntas: “¿Qué viste?, ¿de dónde vienes?, ¿qué traes?”. Una planta de 80 reporteros, entre todas las secciones, se había convertido en 30. Y conforme aumentó la emergencia y se presentaron los siguientes sismos, en 20, en 15 y hasta en 10.
Director Editorial de El Universal era Benjamín Wong Castañeda, y subdirector José Carreño Carlón, que años después de convertiría en el hombre de las comunicaciones de Carlos Salinas de Gortari. De pronto, mi sueño de ser reportero de política se cumplía parcialmente. Pues los jefes dieron la orden de que yo quedara comisionado indefinidamente en esa sección. Wong y Carreño eran excelentes periodistas, pero sumamente arrogantes. Sobre todo el primero. A su llegada a El Universal, habían escogido seis reporteros para las notas fuertes y a los demás los tenían congelados. Aunque yo no era de política, me sabía muy bien esas “grillas”, porque mis miras ya apuntaban hacia esa sección. No digo nombres, pero los “seis fantásticos” de Wong y Carreño se excusaron, arguyendo falta de garantías en las instalaciones del periódico. No quedaban más que los “patitos feos” de información general y los “burritos” de deportes. Grande fue la sorpresa de Wong y Carreño –y los emplazo a que me desmientan si así lo creen conveniente—cuando se percataron de la calidad y arrojo de los periodistas que habían despreciado. Inolvidables y tétricas exclusivas de los colombianos torturados en la procuraduría de Victoria Adato, la revelación de que el caso “monchito” era una mascarada para recuperar una fortuna enterrada, el hallazgo de un desvío de recursos destinados a emergencias nacionales, entre otras, fueron provistas a El Universal por los reporteros “clase B”, como jocosamente nos autollamábamos. Comimos y dormimos en el periódico 4 días. Yo me di vuelo redactando notas, reportajes y crónicas. Pepe Carreño definió mi ruta de crisis: caminar desde el metro Portales hasta el primer cuadro, tomando detalle de todo cuanto viera. Me quedó la impresión, y así era, de que me estaba confiando la zona más peligrosa, y por tanto trascendente. El viernes 22 de septiembre, a las 7.32 pm, se suscitó un segundo sismo, que en mi opinión fue más mortífero y avasallador que el primero. Minutos antes de producirse, caminaba por San Antonio Abad (frente al edificio donde murieron decenas de costureras), al llegar al centro viré a la izquierda y me introduje en las estrechas, oscuras y maltrechas calles del primer cuadro. De pronto empecé a sentir un temblorcillo en la cadera, que relacioné con el cansancio. Un segundo, y de inmediato un tercer tumbo me obligaron a concluir que el monstruo había despertado. Y así era: de las viejas vecindades y edificios empezaron a salir cientos de personas. Mientras las estructuras crujían y se resquebrajaban y el “olor a muerte” volvía a hacerse presente en mis sentidos, me despojé de mi circunspección periodística y corrí hasta una boca-calle, en donde se encontraba una veintena de personas rodeando un auto abandonado. Había niños, hombres, unas 4 ancianas y un policía. Las ancianas le preguntaban insistentemente al oficial qué hacer, y en la respuesta de éste encontré una valiosa lección de vida: “¡Rezar, señoras, nos nos queda más que rezar!”. Y rezamos tomados de las manos. Primero un Padre Nuestro, luego un Ave María, y luego otro Padre Nuestro, hasta que el terremoto cedió, y al vernos vivos entendimos, contrario a la prosa de Machado, que rezar siempre sirve de algo. A paso veloz, evadiendo retenes, acordonamientos y derrumbes, me dirigí al periódico. Cuando llegué a la calle de Iturbide, frente al Conalep (donde al menos murieron 200 personas) y a un costado del hotel Regis (donde murieron 150 más), vi una decena de compañeros retenidos casi por la fuerza en un acordonamiento. --No nos deja pasar Protección Civil… el edificio del periódico ha sido declarado de ‘alto riesgo’, me dijo una compañera. --¡Pues a mí me vale madre. Yo voy adentro!, le dije. Tomé impulso, brinqué la valla y corrí tan fuerte como mis 22 años y mis 64 kilos de peso me lo permitían. Cuando llegué a la redacción lo que veía no lo creía. Un área en la que que normalmente trabajaban unas 50 personas, entre editores, jefes de sección, secretarios de redacción, correctores, guardias, etc., contaba esa noche con cuando mucho 12 personas, incluido yo. Wong se había excusado. Pepe Carreño había tomado la estafeta. Me llamó a su estación de trabajo, me pidió mi “cosecha”, y luego de felicitarme, me dijo: “lo que viviste, házlo crónica en primera persona (una modalidad reservada para los grandes cronistas)… fíjate bien lo que te digo: primera persona… después me haces las notas de los dictámenes de protección civil, cabeceas la segunda sección y me haces los pies de grabado de primera plana…”. Alguien que conozca medianamente un periódico nacional como El Universal, sabrá por esta orden que esa noche se vivía una crisis de personal que puso en riesgo la continuidad de un periódico que en aquel tiempo cumplía 70 años de fundación. Con el personal de redacción ya enumerado, unos 3 formadores en talleres, 2 fotomecánicos y unos 3 prensistas, El Universal se publicó sin demora el sábado 23 de septiembre. No soy hombre de rencores ni resabios y le vivo infinitamente agradecido al Lic. Juan Francisco Ealy Ortiz, dueño de El Universal, por darme la oportunidad de hacerme periodista y además pagarme, pero sí le reprocho que nunca haya reconocido con una placa, un diploma o una palmada en el hombro a aquellos compañeros que nos jugamos la vida para que aquel gran periódico no dejara de publicarse. Está a tiempo de hacerlo, vive con sobrada salud y fortuna, el gran Ealy Ortiz. Dos o tres meses después de los sismos, las aguas volvieron a su nivel en el periódico. Wong y Carreño fueron despedidos. En su lugar Ealy Ortiz optó por Luis Sevillano Ugget, un elemento formado en El Universal, que había iniciado, como yo, desde la ayudantía y con quien había compartido centenares de madrugadas de guardia en talleres, él como subdirector técnico y yo como coordinador de cierre de deportes. Cuando don Luis tomó posesión de la Dirección Editorial supe que mi proyecto de incorporarme al área política era más que nunca factible. Y no me equivoqué, pero el tránsito de una sección a otra ocasionó desencuentros entre la empresa y el entonces poderoso Sindicato Nacional de Redactores de la Prensa (SNRP) al que yo estaba agremiado y amenazaba con aplicarme la de “exclusión” si yo me cambiaba de sección.
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