La moneda que viene... El Amero: de leyenda urbana a panacea PDF Imprimir E-mail
Por: María Elena Estrello / Sistema Informativo PSN
Hace unos días, el periodista estadounidense Hal Turner dio a conocer a la opinión pública mundial un video vía Internet en el que presentó la imagen de una moneda que él asegura es un ejemplar de 20 A, es decir, veinte Ameros, recuperada de un envío de 8 billones de éstos al Banco de Desarrollo de China que el gobierno de los Estados Unidos, según Turner, habría depositado anticipándose al colapso del dólar americano. Información cuestionable, pero resulta interesante en éstas épocas de crisis un pequeño análisis de este fenómeno.
Herbert G. Grubel y su propuesta de integración de Canadá, EU y México.

¿Y qué es un amero? Para algunos, hasta hace unos días, una leyenda urbana; para Hal Turner, tal vez una oportunidad de volver a brillar en los reflectores de los medios de comunicación, y para el economista estadounidense, Herbert G. Grubel, el Amero es el nombre que propone para la moneda circulante de la Unión Monetaria de América del Norte. Dicha propuesta queda establecida en su libro denominado “El Amero, una moneda común para América del Norte”, publicado en los Estados Unidos en 1999.
Con base en una investigación realizada a lo largo de 35 años, Grubel afirma que la integración de Estados Unidos, Canadá y México a través de la unión monetaria de la región es la estrategia idónea para superar las recurrentes crisis cambiarias “que tanto daño han hecho a México y en menor medida, a Canadá”. Me pregunto ¿y los Estados Unidos, valen su peso en oro y por ello son invulnerables? ¿y la crisis económica, ´apá?
Pero siguiendo con Grubel, el estudioso de la Universidad de Simon Fraser y doctorado en Yale, afirma que a partir del 1° de enero de 2010, Canadá, Estados Unidos y México, reemplazarán sus monedas nacionales con el amero. Ese día, señala, los billetes y monedas denominadas en dólares de Estados Unidos se cambiarán a razón de uno a uno por un amero (A). El texto de Gruber afirma que Canadá y México cambiarán sus respectivas monedas, es decir el dólar candiense y el peso mexicano, “a un tipo de cambio que deje inalteradas la competitividad y riqueza de ambas naciones”. Además, los bancos centrales de los países miembros serán reemplazados por el Banco Central de América del Norte. Las operaciones de este banco serán manejadas de manera similar al Banco Central Europeo…
Y así continúan ad nauseam, Gruber y su texto. Por supuesto, enumera mayores ventajas para Estados Unidos, según el autor “la economía más grande y próspera del mundo” y señala que México y Canadá ganarán con la unión monetaria al reducir la necesidad de comprar y vender divisas y “batallar con la incertidumbre cambiaria”. Economistas de los tres países involucrados han discutido el tema de la Unión Monetaria de América del Norte y Vicente Fox también ha expresado su adhesión a la idea, según Grubel.
Lo que sí es un hecho es que algunos países están cambiando sus reservas de dólares a oro. Antes de que el dólar se devalúe más. “Eso es lo más coherente que se puede hacer”, señalan expertos de la UNAM. Aunque aún mejor sería efectuar una política económica congruente con la realidad nacional, de acuerdo con el economista mexicano Alfredo Bravo Olivares.
No crea todo lo que se difunde, ninguna información es inocente
Viene al caso el tema del fenómeno psicosocial llamado opinión pública. Cabe hacer un muy leve panorama de este fenómeno y de su importancia en la toma de las grandes decisiones de las naciones.
El pensador John Locke, tomaba muy en serio los conceptos ley divina, ley civil y ley de la opinión pública. En el siglo XX, Albert Dicey, clásico en los temas de ley y opinión pública, ya afirmaba lo que confirmarían más adelante los estudios de opinión: la aprobación de una ley hace aumentar su aceptación. Lo que sucede, ilustran los estudiosos, es que el miedo al aislamiento que se experimenta al apoyar algo disminuye cuando se convierte en ley. Siguiendo a Dicey, “la ley mantiene y crea opinión”.
Resulta de sobra enumerar los casos en que las regulaciones legales han ido más allá de los deseos de la opinión pública: basta señalar, en el caso de nuestro país, la Reforma de Petróleos Mexicanos, pero ése no es tema aquí tratado.
Ya lo decía Juan Jacobo Rousseau “…Igual que un arquitecto, antes de levantar un gran edificio, observa y sondea el terreno para ver si va a soportar el peso, el legislador inteligente no redacta leyes supuestamente buenas en sí mismas, sino que primero investiga si el pueblo al que van destinadas es capaz de soportarlas”. El pensador ya intuía el poder de la opinión pública al señalar que “la opinión es reina del mundo y no está sometida al poder de los reyes, sino ellos mismos son sus esclavos…”.
 

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