Confidencial / Octubre 2008 PDF Imprimir E-mail
Por: Marco Antonio Blásquez

Así nací periodista (IV)

    Cuando iniciaron los entrenamientos de primavera de la Liga Mexicana de Beisbol de 1982, quedé habilitado como reportero de la fuente. Fue mi propio jefe, Jorge Escobosa Licona, quien con paciencia y detalle paternal me presentó con los dirigentes de los Diablos Rojos del México y los Tigres capitalinos.
    Don Jorge me citó un mediodía en el parque del Seguro Social, a donde llegué puntual y emocionado. Recuerdo que era un día soleado. Mike Paul, el veterano pitcher estadounidense, era presentado como la gran contratación de los Diablos Rojos. Ese mismo día, Roberto Mansur, el presidente del club, le confiaba a Escobosa, que se trataría de una temporada muy competitiva, pues el legendario Ramón “Tres Patines” Arano buscaría su victoria 300 de por vida en la Liga Mexicana. Manager de los Diablos era el dominicano Winston Llenas. Meses después sustituido por el inmortal Benjamín “Cananea” Reyes.
    Ese día conocí al cátcher Sergio “El Kalimán” Robles y al célebre batboy escarlata “El Abuelo” Mora. Diablos había sido campeón en 1981 e intentaba, junto con los Tigres capitalinos, reavivar la llama beisbolera luego de la lamentable huelga de peloteros en 1980, que había generado un total divisionismo y, también, la creación de la Asociación Nacional de Beisbolistas (Anabe), que había recaudado a los mejores peloteros de la época y tenía su propia liga de beisbol. En aquella Anabe militaban gente como “El Houston” Jiménez, Marco Leal, Luis Meré, “El Abulón” Hernández, Sergio Camargo, Aurelio “Yeyo” López y Enrique Romo, entro otros de excelsa calidad. Allí dirigía el tijuanense Jorge Fitch.
    El otro equipo capitalino, los Tigres, del magnate Alejo Peralta, había contratado como manager al histórico short stop Fernando “Pulpo” Remes, y contaban en su plantilla con peloteros como José “El Peluche” Peña, Tony Castillo, John Alvarez, “El Piri” Bellacetín, y los novatos Matías Carrillo, Pancho Montaño y Manuel “El Pimienta” Morales; y el tecatense Roberto”Beto” Heras, entre otros muchos.
    El beisbol no me era ajeno. Mi abuelo materno, don Roberto Salinas Garza, mi amado “Güero”, ferrocarrilero de oficio, era fanático de los Sultanes de Monterrey desde la época de Lázaro Salazar y del “Brujo” Rosell, y a través de la convivencia me había contagiado el amor por los de casa y el “odio deportivo” a los Saraperos de Saltillo y a los Alijadores de Tampico.
    En varias ocasiones me recuerdo al lado de mi abuelo y de mis tíos, con la oreja pegada al radio, aguardando ansioso el resultado de los Sultanes. O bien, en el parque “Cuauhtémoc y Famosa” presenciando un exquisito juego de pelota.
    En mis inicios como periodista el beisbol no sólo fue una “escuela de pensamiento” para mí. (Y no bromeo cuando catalogo a esta disciplina como una “escuela” capaz de engendrar percepción, función y dimensión a quienes la estudian). También me permitió desarrollar una crónica plástica y tinturera, pero siempre apegada a un método. Lo más complicado de hacer crónica no es la imprescindible gramática, sino la estructuración y jerarquización de las ideas. Y esa fórmula me la dio el beisbol. Mis crónicas deportivas, políticas, policiacas, vivenciales y hasta de actos terroristas han pasado sin queja por los escritorios de los más acuciosos correctores. Verdaderos “inquisidores” del lenguaje. Confieso que invariablemente he utilizado la métrica, el ritmo y la “pimienta” que le aprendí a los viejos cronistas de beisbol.
    El beisbol, y en general la fuente deportiva, me permitieron el privilegio de conocer a las leyendas periodísticas de aquel tiempo. No le vendería a nadie mis anécdotas profesionales con Pedro “El Mago” Septién, Oscar “El Rápido” Esquivel, Jorge “Sony” Alarcón, Enrique “El Campeón” Lláñez, Angel Fernández, Tomás “Tomy” Morales, Raúl Mendoza, Enrique Kerlegand, Fernando Marcos y Jorge Bermejo, entre otros.
    El palco de prensa del parque del Seguro Social (ya derruido), antecesor del glorioso Parque Delta, era el equivalente a un aula universitaria en donde se impartía cátedra de gran calidad. Para mí era como una alucinación estar en medio de un debate sobre records de todos los tiempos entre “El Mago” Septién y “Tomy” Morales. Eran alegatos que se prolongaban 10, 20, 30 minutos y no siempre concluían de buena forma. “El Mago” tenía fama de ser mitómano y como era un cronista afamado a nivel nacional, “Tomy” Morales, de La Afición; y don Raúl Mendoza, de Excélsior, que eran superiores a él en manejo estadístico pero le tenían celos, lo hacían quedar mal cada vez podían. Lo cierto es que entre Morales y Mendoza tampoco había una buena relación. El primero acusaba al segundo de “acartonado”; y el segundo al primero, de “indisciplinado”. La amistad entre “El Mago” y “Sony” Alarcón era un mito. “El Mago” decía que “Sony” hablaba de todo, pero conocía de nada”; y “Sony” decía del mago que su vida era “una ínsula de fantasía”, de allí que socarronamente le apodara “el marqués de Querétaro”.
    Lo único cierto es que todos estos viejos eran adorables y sumamente generosos con los jóvenes. “El Mago” reunía a un grupo de 3 chavalos y nos cautivaba con sus anécdotas, mientras el viejo Mendoza nos pasaba un papelito con lo que según él era el verdadero record, al tiempo de circular el índice en su sien, dando a entender que “El Mago” estaba zafado.
En tanto, “El Rápido” (su mote alterno era “El Repedo”), cuando no estaba en cabina y aún en ella, decía de bulto “¡salud con Corona!”, y se limitaba a hacer comidilla de todos.
    Recuerdo con nostalgia mis llegadas al parque a las seis de la tarde para capturar las notas previas y mis salidas a veces en la madrugada del día siguiente. En el área de preferente había un puesto de exquisitos tacos de cochinita pibil. Mucha gente pagaba la entrada al estadio sólo por saborear ese manjar.
    Por y con el beisbol recorrí algunos estados de la Unión Americana, fui al Caribe y visité todas las plazas de Verano e Invierno. Cubrí Series Finales, Campeonatos Mundiales de Beisbol Amateur, Juegos de Estrellas, Convenciones y Series del Caribe. Aunque estaba abierta la herida causada por la huelga que dio pie a la Anabe, la “fernandomanía” ayudaba bastante al espectáculo.
    Mi titularidad en la fuente de beisbol no me alejó de mis labores como editor y como reportero de apoyo en otras especialidades. Es así como me tocó cubrir un Campeonato Mundial de Boliche en 1983, al que acudió como representante nacional el tijuanense Benjamín “La Fiera” Corona; me asignaron la crónica del récord de la hora del ciclista italiano Francesco Moser; cubrí dos campeonatos mundiales de futbol, 3 maratones náuticos del Río Balsas, un campeonato mundial de billar, dos nacionales de charrería, 2 copas Lugano de Marcha… Entrevisté a Sal Sánchez una semana antes de su muerte, arranqué reveladoras declaraciones a Willie Aikens, uno de los bateadores más demoledores que he conocido, al que le era permitido jugar en la Liga Mexicana no obstante ser adicto, y el único pelotero profesional al que me ha tocado ver que lo embasan intencionalmente con la casa llena. Y muchas vivencias, coberturas y anécdotas que me llevaría horas, días, reseñar.
    El beisbol cambió mi vida. A veces creo que yo he sido injusto con él, no rindiéndole tributos tan importantes como, por ejemplo, aficionar a mis hijos, ir lo suficientemente a los parques, presenciar todos y cada uno de los juegos de todas y cada una de las Series Mundiales… ¡Ah… y con la debida anotación de box score! Parecería exagerado, pero la afición por el beisbol es mansa y prudente, pero es profunda y comprometida.
    También por el beisbol conocí al Ing. Jaime Bonilla Valdez, que por aquellos años era presidente y propietario de los Potros de Tijuana, de la Liga del Pacífico. Era de esos ejecutivos que llaman la atención de los medios: triunfador, joven, emprendedor y, además, propietario de un par de periódicos.
Me presenté con él en una Convención en la ciudad de Monterrey. Posteriormente, lo volví a saludar en Tijuana durante una gira de la selección nacional de Cuba, de la que yo era cronista de cabecera gracias a una recomendación del mayor Alonso Pérez.
    Una vez me tocó enfrentar al Ing. Bonilla en un juego de dueños de clubes contra periodistas. Bateó un par de jonrones. Y yo me fui de 3-1, con dos ponches sin tirarle y un podridito que picó milagrosamente atrás del short. (Ya luego contaré una vez que nos tocó ser delanteros en un juego de futbol, años después). Y también, en otras entregas relataré cómo y en qué condiciones me enrolé profesionalmente en las empresas del Ing. Bonilla.

 

Colaboradores

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Agustín Basave
Aquiles Medellín Silva
Carlos Monsiváis
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Jaime Martínez Veloz
Marco Antonio Blásquez
María Elena Estrello
Oscar Rivera
Pedro Ochoa
René Mora
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