Un lagunero en "chilangolandia" PDF Imprimir E-mail

Por: Jaime Martínez Veloz

La primera vez que llegué al Distrito Federal, Irene mi novia de juventud, me estaba esperando en la Central del Norte. Al bajar le pedí que fuéramos a la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Sábado al mediodía, el lugar esta solo o casi solo, el silbido del viento parece acompañarse de los gritos de dolor de los asesinados por el régimen de Díaz Ordaz.
La rabia y la rebeldía corren y se entrelazan, el corazón se acelera y la garganta se hace nudo. Estoy en el lugar de la impotencia y el coraje que marcó a mi generación. Después del 68, México no fue ni será el mismo. De la mano de Irene recorrí en silencio el lugar emblemático del movimiento estudiantil de 1968, año de las olimpiadas y de la represión brutal en contra de los estudiantes.
La ciudad es nostalgia, empuje, incertidumbre. El centro está lleno de gente, movimiento y trabajo. A mitad de la calle una señora con su anafre, nos deleita con unas quesadillas de hongos, unos tlacoyos de queso con frijoles y una chaparrita de piña. Con el hambre te chupas hasta los dedos.
El sillón de la sala donde vivía Irene, me sirvió de cama y cobijo durante algunos meses. Me incorporé a las clases que en la escuela de Arquitectura del Autogobierno de la U.N.A.M., impartían brillantes maestros de esa época. Carlos González Lobo, Germinal Pérez Plaja, Carlos Pradilla Cobos, Rodolfo Gómez Arias, Isaac Sigal, Ernesto de Alba, me compartieron sus conocimientos, para tener una nueva visión no sólo de la Arquitectura y el Urbanismo, sino también del mundo y de la vida.
La UNAM es escuela y vida, debate y rebate, amor y pasión, es como una segunda casa o una casa siempre dispuesta a recibirte. Hay de todo y para todos, locos, cuerdos y relocos, poetas, troskos, maos, priistas, marxistas, formales e informales, fresas y pesados, motos, remotos y rockeros, sindicalistas, anarquistas y comunistas. Es decir, sólo en un lugar como la UNAM es capaz de cobijar en su seno tan disímbolo coctel ciudadano. Las películas de los cines club estudiantiles jalan la atención de los estudiantes críticos, hay conferencias de todo tipo de temas y para todos los gustos y en Copilco nos reunimos con los miembros de los comités de lucha, para organizarnos, preparar volantes y planificar acciones de solidaridad, con todas las causas habidas y por haber.
De Linda Vista a la UNAM, viajaba en el trolebús a un costo de 60 centavos y 2 horas de viaje, el cual lo aprovechaba para leer periódicos, revistas, libros de Urbanismo y panfletos libertarios. Nunca me he acostumbrado al smog, me afecta en los ojos y la respiración. De todos modos cada viaje es una nueva experiencia, nuevas caras, nuevos ojos, nuevos gestos y de nuevo cada día es en el D.F. un nuevo comienzo.
A falta de trabajo, me dediqué a quemar suela, caminar todas las distancias posibles o utilizar el Metro como el vehículo de transportación favorito. Con admiración recorrí el Museo Nacional de Antropología, el Museo de Arte Moderno, el Bosque de Chapultepec, la Alameda, la Basílica de Guadalupe, para llegar de noche cansado o angustiado al depa de la Linda Vista, frente a la Iglesia de San Cayetano. Cada lugar en el D.F. hay a la par incertidumbre, encanto y magia.
De vez en cuando Irene y yo viajábamos a Tula Hidalgo, con un hermano de ella, que me permitió admirar “Los Atlantes”, dioses Toltecas de más de cuatro metros, ubicados a un ladito de la zona urbana. La comida de la región es riquísima y el ambiente familiar es cálido y fraterno.
Durante esa época las dictaduras militares en América Latina, predominaban y la represión contra las fuerzas de izquierda era brutal. Pinochet en Chile, Videla en Argentina, Strossner en Paraguay, Somoza en Nicaragua, habían convertido en un infierno al continente americano, con el claro y rupestre apoyo norteamericano. Los militantes de esos países encontraron apoyo y solidaridad en nuestro país. Con varios de ellos compartí angustias y anhelos. Algunos ingresaron a las Universidades del país, otros compartían actividades culturales con tareas de la resistencia y algunos más decidieron quedarse en México para siempre. Muchos amigos de la época subsisten hasta ahora, la amistad que se construyó en ese tiempo fue para siempre.
Los domingos en la mañana son de antología en el DF, la pancita, los tacos de barbacoa, el champurrado, en los puestos ambulantes en plazas públicas o los desayunadores en los mercados donde todo el que entra para el vendedor se vuelve “güerito o güerita”, según sea el caso. El afecto es casi carnal, es el cariño de una población que ha sido satanizada en las provincias mexicanas, donde los “pinches chilangos” son la raza más a toda madre. Valedores, ingeniosos y chambeadores son los que yo conozco, también los hay cuentachiles y gandallas, pero son los menos y proporcionalmente el mismo porcentaje que existe en cualquier parte del país.
Para efecto de contribuir al gasto del departamento, conseguí una chamba en Bufete Industrial, una compañía muy poderosa en materia de construcción, aunque mi trabajo era de modesto dibujante, trabajaba todo el día de lunes a viernes, hasta que me despidieron por andar organizando un sindicato con algunos compañeros del PMT. Con la liquidación me llevé a Irene a cenar y le compre el anillo de compromiso y luego nos casamos en Gómez Palacio Durango, en una boda familiar, donde todos nuestros parientes se divirtieron en una fiesta de familiares, amigos y gorrones.
Al regreso a la ciudad de México, mi tío Rodolfo me informó de unos cursos de capacitación, que se iban a impartir en la Casa del Agrarista de la CNC, en la Colonia Santa Maria de la Rivera, para seleccionar personal que se pudiera ir a trabajar en Promotorías Agrarias, que abrirían en diferentes partes del país.
Como resultado de dichos cursos me mandaron como Jefe de la Promotoría Agraria en San Pedro de las Colonias, donde tuve la oportunidad de conocer de cerca la problemática agraria de los campesinos laguneros. Lucha social, ampliación de ejidos, reparto de parcelas vacantes, asambleas de usufructo parcelario y dotación de derechos de agua, fueron algunas de las tareas que me mantuvieron ocupado durante un año en los ejidos de la bella Comarca Lagunera, entre surcos de algodón, sandías rojas y dulces, melones amielados, elotes dorados con chile, mayonesa y mantequilla, así como una entrañable fraternidad campirana.
Sólo un año estuve en San Pedro de las Colonias, porque mis compañeros de lucha, habían conseguido llevar a la dirección de la escuela de Arquitectura al Arq. Higinio Valdez García, profesor que hasta ese momento se había distinguido por sus posturas independientes y lo apoyaron con la condición de que me nombrara Secretario General de la escuela. En septiembre de 1978 volví a la escuela de mis amores. Arquitectura la de la Universidad Autónoma de Coahuila.

 

Colaboradores

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