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Por: Aquiles Medellín Silva Como en muchas otras cosas, en economía las apariencias importan tanto como las realidades, ya que afecta a aspectos críticos de nuestra existencia, despertando temores que sólo ella es capaz de generar. Y si eso es siempre cierto, lo es todavía más en las actuales circunstancias, en las que una parte importante del tejido social de México afronta, por vez primera, un futuro más que incierto. Es cierto que la capacidad de los gobiernos para alterar el curso del ajuste es más que limitada, diría que nula a dos años de su arranque. Y que, como ya señalaron Marx y, posteriormente, Schumpeter, la crisis es el inevitable remedio a los excesos anteriores. Esto último no lo puede rebatir ni Agustín Carstens, empleado del Fondo Monetario Internacional que, junto con el Secretario de Gobernación nacido en Madrid, Juan Camilo Mouriño, mecen la cuna del calderonismo. Pero todos estos argumentos pierden su significado ante la catástrofe familiar de la falta de empleo, las crecientes dificultades para hacer frente a la hipoteca o los temores sobre el futuro que despierta la crisis de oportunidades en curso. Es en estas circunstancias cuando los liderazgos, políticos y sociales, son más necesarios. Cuando, de hecho, son imprescindibles. No se trata de prometer aquello que no es posible. Pero si de extremar la sensibilidad ante el sufrimiento de quienes peor están pasando el impacto del derrumbe del boom inmobiliario en EU y sus consecuencias en México y lo que seguirá con tanta política errática y unilateral de elevar los precios en los básicos y los servicios (aunque los señores del gobierno del PAN olvidaron elevar el magro salario de los trabajadores). Recuerdo cuando el francés Charles de Gaulle comprendió que lo que su gente esperaba ante la incomprensible catástrofe de unas inesperadas inundaciones devastadoras en el sur de Francia era, simplemente, verle allá. Ver que comprendía sus problemas. Aunque nada pudiera aportar personalmente. Y las vacaciones del actual primer ministro británico, Gordon Brown, en un pueblo de la campiña inglesa lejos de los descansos caribeños que acostumbraba Tony Blair, pretenden exactamente lo mismo. Explicitar a sus ciudadanos que se está a su lado. Pero, en cambio, en México Mouriño Terrazo vacaciona en España. Por lo anterior y ante la insensibilidad de personajes tipo Carstens y Mouriño ¿no les apetecería a estos señores, aunque fuese sólo por unos días, irse de vacaciones a las antípodas de ellos mismos? Serían pobres y necesitados y tendrían acceso a su alma indescifrable, y podrían abrazar la bondad de Dios ante el prójimo y amigo, pero también experimentarían el desdeño y el olvido de la miseria que padecen más de cincuenta millones de mexicanos. Sentir la dulce emoción de la puesta de largo o el placer del látigo del hambre en el estómago. Salir a protestar a las calles ante los aumentos y por primera vez comer tortillas con chile y frijoles, o ser vegetarianos por necesidad. Nosotros podríamos ser ellos, ellos nosotros y todos más ricos. Como decía el filósofo: "Soy humano y nada humano me es ajeno". Se vive sólo una vez y sería bueno aprovecharla para poder experimentar en carne propia las razones del otro para comprenderle. Creo que, salvando todas las distancias, el México desigual de hoy, al no tener políticos que aporten resultados tangibles, hay necesidad de otro tipo de gestos, que impacten mucho más allá del apoyo económico electorero de coyuntura que está aplicando el calderonismo y el PAN. Gestos que se dirijan directamente a los aspectos más emocionales de la política, buscando un liderazgo que suministre la esperanza necesaria para transitar momentos tan difíciles como los actuales.
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