Por: Carlos MonsivaisNotas en torno a un paisaje inabarcable Cambia la noción de éxito personal en los sectores populares. La ideología de la sobrevivencia modifica los sueños del reconocimiento, no es lo mismo ser la estrella del salón de baile, o jugar bien futbol en ligas amateurs o conquistar un alto número de chavas, a ser el que mejor organiza a los vendedores ambulantes, el de la habilidad suficiente en el robo de autos, el que se las arregla sin recursos para montar un pequeño negocio. Así persista en alguna medida la noción anterior de éxito, la nueva se fija cada vez más no en los ritos comunitarios tradicionales, sino en las que se consideran habilidades perdurables en materia de sobrevivir. Y en el caso de las mujeres, por ejemplo hay un desarrollo de astucias, de actitudes antes no percibidas. El neoliberalismo por su furia explotadora, obliga a la emergencia de cualidades y capacidades de las que las mujeres no se sentían poseedoras. Esto se transparenta en las colonias populares, o en las organizaciones de vendedores ambulantes, en el universo de la economía informal. En la década de 1940 la imagen de la hembra triunfadora era Doña Bárbara, representada por María Félix, altiva y dominante. Se le sabía una excepción total, que no simbolizaba a la mujer, sino a la barbarie, femenina en su monstruosidad. Ahora en las ciudades de México, Bogotá, Lima o Guatemala, aparecen las cacicas, fenómeno reciente. Son inadmisibles los comportamientos de estas lideresas, pero es innegable el peso tremendo de las decisiones de género. Al darse la feminización de la economía, también se da la feminización del cacicazgo, y esto, negativo en la mayoría de casos; también permite advertir capacidades antes desdeñadas o impensadas. ¿Qué sucede con los hombres? Falta para que se dé en México la ruptura con los vínculos tradicionales, perceptible en Europa y Estados Unidos. Esa gran película que es Full Monty da aviso de la renovación extraordinaria de los roles de género entre los desempleados de Europa. En América Latina falta todavía para esos saltos del comportamiento, aunque se va apresuradamente hacia eso, y vienen a menos el antiguo prestigio del macho, las insolencias del patriarcado, la idea de que el hombre es el jefe indiscutido de la casa, toda la triste parafernalia del machismo latinoamericano.
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En el plano de las relaciones interpersonales y amorosas, la crisis repercute sin problema alguno. Esto es el territorio de los psicólogos sociales, los astrólogos, las psicólogas radiofónicas, los magnos expertos. A ellos les toca adornar con nuevos términos la necesidad perenne de construir una pareja, de darle empleo al género del bolero ultrarromántico, porque el amor en este momento ya es subfunción del bolero, uno se enamora para que las canciones tengan destinatario y no al revés. Al sentirse las personas parte del espectáculo (de algún espectáculo), casi todo cambia, el concepto de la honra tan dominante todavía en la primera mitad del siglo sólo opera en casos patológicos, la idea de la virginidad como la cuota de pureza exigible por los hombres simplemente se descarta. Ahora la pareja es lo más parecido a un seguro de vida. “Si tengo pareja, tengo con qué enfrentar los problemas”, y si además de la pareja viene la bendición familiar y la maldición demográfica de los hijos, pues mejor. En las relaciones amorosas también llegó el neoliberalismo y ya no se piensa en el afecto sino en la rentabilidad emocional, y no se considera la vida sexual sino la rentabilidad copulatoria, etcétera. Por supuesto que exagero y distorsiono, pero es para darle gusto a la mentalidad invicta de los financieros.
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Una calle en la ciudad, en la noche, representa el miedo, la idea que si se consigue darle vuelta a la esquina ya se triunfa, la sospecha de que esas personas que están ahí con aspecto amenazante pueden no pertenecer a un coro de música barroca o a un jurado de tesis profesional, la sensación de prisa salvadora, la impresión de qué hago aquí tan lejos de los cerrojos de mi casa. El uso de la calle antes era confiado, y con el caminar extenso el paisaje urbano se renovaba y se unificaba, surgían personajes, aparecían estereotipos. Ahora, los paseos prosiguen pero con la perspectiva tal vez subconsciente de que más valdría contratar de guarura al ángel de la guarda, porque la confianza urbana se ha reducido se le ha perdido el gusto a la calle, y el sobresalto es un antídoto al antiguo placer del recorrido. Cambian las ilusiones. Muchos de los sueños actuales tienen que ver con las esperanzas de construir islotes fortificados que se llaman casas o condominios, con la autogratificación de terminar el día en la cama propia y no en la sala de traumatología de algún hospital, con el suspiro de alivio al recordar que se tiene un empleo fijo, con el gusto de saber que así se vea televisión todo el día, ésta, naturalmente, no causa adicción. Hay una energía dilapidada o reducida a sus mínimas posibilidades expresivas, de vez en cuando algunos escapan de tal destino y participan en movimientos urbanos, en organizaciones no gubernamentales, en movilizaciones políticas, en el rechazo de la reforma energética propuesta por el gobierno, pero son todavía una minoría. La mayoría, una vez convencido de sus nulas posibilidades ciudadanas, hace de la televisión el equivalente del confesor, el psicoanalista y la policía que lo interroga. A través de bostezos o carcajadas se le confiesan al aparato de televisión los estados de ánimo, y de allí se desprende el núcleo de seguridades o de insatisfacciones antes provenientes de la melodiosa o monótona voz del cura o el psicólogo. La televisión no lo es todo, pero ante el vacío de las alternativas, sí es el objeto más seguro, el mueble de maravillas que no nos abandona.
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El amarillismo de una etapa cedió el paso a la información diaria sobre las matanzas del narcotráfico. El amarillismo no ha sido una afición sino una óptica social, y su poderío se desprende del morbo, segunda naturaleza social. Pero ante el narcotráfico el amarillismo común y corriente se desvanece, no parece irreal, sino mucho menos temible la secuencia de asesinatos por celos o por riñas de cantina. El narcotráfico es la suprarrealidad de las comunidades en donde la muerte segura es preferible a la inexistencia económica y al poderío que surge de un AK-47, pero por lo demás, el crimen, la violencia, el machismo se presentan irrecusablemente en la vida diaria y el que la televisión los registre no quiere decir que los amplifique. Los amplifica la realidad, y el impacto televisivo muestra cuán alejados estamos de dominar o trascender el desafío del narcotráfico.
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