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Durmiendo con el elefante PDF Imprimir E-mail

Por: Agustín Basave 

     La certera analogía paquidérmica atribuida al ex primer ministro canadiense Pierre Elliot Trudeau es útil para ilustrar los problemas del narcotráfico. En efecto, tener de vecinos a los Estados Unidos es como dormir con un elefante: hasta cuando se pone cariñoso nos puede aplastar. Sólo habría que agregar que cuando se torna desconfiado y le da por hurgar en nuestro buró nos deja destrozos. Resulta que el elefante es drogadicto, está dispuesto a pagar lo que sea para obtener la droga y, sin embargo, cuando le pasamos los paquetes que le llegan se enoja y nos hace responsables de su adicción. Y en vez de dejar de estirar la trompa para aspirar sus polvitos se dedica a husmear en nuestro lado de la recámara para demostrar que somos nosotros los que abastecemos su vicio, dejándonos un tiradero que después se niega a alzar. Además, claro está, de ingeniárselas para dar la impresión de que sus cosas siempre están muy ordenadas y para que su espacio se vea muy limpiecito.
    Fuera de bromas, el asunto es preocupante. Aunque toda generalización es injusta y aunque el argumento se ha esgrimido hasta la saciedad, hay que reiterar que la droga se produce y se trafica porque se consume: es la demanda la que estimula la oferta, y el mayor mercado está al norte del río Bravo. Nuestros vecinos nos recuerdan que el nuestro ya no es sólo un país de traficantes, porque cada vez tenemos más productores y consumidores, pero no reparan en el hecho de que además de consumir ellos también producen y, sobre todo, trafican. He aquí el meollo del asunto. Por culpa de los cárteles mexicanos y de la corrupción de nuestras autoridades, la mercancía que proviene del sur cruza nuestros cielos, mares o tierras y llega a algún punto del norte. De acuerdo. Pero desde la población fronteriza, portuaria o aeroportuaria estadounidense a la que llega, la droga se distribuye con asombrosa eficiencia a todo lo largo y ancho de un territorio mucho más grande que el nuestro. El cliente en la más grande ciudad o en el más pequeño y apartado pueblo norteamericano puede comprar su dosis puntualmente. Toda esa red de transporte, almacenamiento y venta encargada de realizar la complicadísima logística que implica el movimiento de la droga opera dentro del territorio de los Estados Unidos de América, y ahí son sus autoridades, y nadie más, las encargadas de aplicar la ley. Porque dicho sea de paso, ese concepto de soberanía trasnochada que nos aconsejan dejar atrás goza allá de cabal salud.
    Cuando les echamos en cara su problema de drogadicción nos reviran preguntando por el nuestro. Y tienen razón, el problema existe allá y acá y es el origen del multimillonario negocio de los estupefacientes. Pero cuando ellos nos acusan de no detener a los narcotraficantes cabría evocar al elefante hablando de orejas. Es evidente que si no tuvieran un problema de corrupción y tolerancia a la distribución de la droga en su jurisdicción territorial sería muy limitada; en el mejor de los casos habría mucha en la frontera y muy poca en el resto del país. Y dado que no es así vale creer que Estados Unidos, además de ser el principal consumidor del mundo, tiene un problema de narcotráfico menos notorio pero igual de grave que el de México. ¿Por qué no es eso una obviedad? Quizá porque los narcos de allá no son tan violentos y ruidosos como los de acá.
    Bueno. Si esa es la diferencia cabe formular otra pregunta a nuestros vecinos: ¿qué tanto es mérito de sus narcotraficantes provocar menos violencia y ruido y qué tanto es demérito de sus autoridades y sus medios? No estoy comprando la lógica de nuestra PGR que dice que el éxito de la lucha contra el narcotráfico se mide en número de muertos, pero sí estoy cuestionando la razón por la que su DEA y su prensa, radio y televisión permiten el sigilo de las narcofechorías que a su vez logran que su intenso tráfico sea tan terso y expedito. ¿O el negociazo de la droga estadounidense no necesita muchos y muy grandes ilícitos, complicidades y corruptelas para lograr tan eficiente distribución en millones de kilómetros cuadrados y tan alto grado de satisfacción de sus millones de usuarios? ¿Dónde están sus cárteles, cómo se llaman sus capos, quiénes son sus lavadores de dinero? ¡Ah, se me olvidaba, es que allá no existen las tendencias oligopólicas de acá! Allá hay muchos “cartelitos”, “capitos” y “lavadoritos” y su tamaño no da para las ocho columnas. Pero si se les está metiendo a la cárcel, ¿por qué sigue tan bien abastecido el mercado? ¿No será que prefieren un estado de cosas que conjura el escalamiento de la violencia y evita un multitudinario síndrome de abstinencia? Es pregunta.
    Ahora bien, por si el narcotráfico no fuera suficiente para complicar la agenda de la relación bilateral con nuestro poderoso vecino, siempre tendríamos a la mano otras opciones conflictivas. Allí está, para empezar, la migración. En ese espinoso asunto Estados Unidos actúa en forma igualmente paradójica: siendo el campeón de las leyes del mercado se las pasa por el arco de triunfo. Enfrenta el problema de los indocumentados con una mentalidad policiaca, ignorando que se trata de un fenómeno socioeconómico provocado por su demanda y nuestra oferta de cierto tipo de mano de obra barata, y que en consecuencia no se le puede contrarrestar con muros y persecuciones sino disminuyendo la asimetría de nuestras respectivas economías. Y entre que son peras o son manzanas se atiza la xenofobia, sereedita el racismo y se propician violaciones a los derechos humanos recurriendo, para justificar las crisis en las economías de algunos de sus estados, al chivo expiatorio favorito, el que no se puede defender: el malévolo inmigrante ilegal (generalmente de piel morena) que le quita el empleo al sufrido ciudadano norteamericano (de preferencia blanco y si se puede anglosajón y protestante también).
    Y así es en la mayoría de los casos. Cierto, tenemos algunas ventajas por el hecho de vivir al lado de un país que puede contagiar libertades individuales y avances científicos y tecnológicos, pero eso no nos libra de nuestra desventura geopolítica. Las frases sobadas del “pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, o de la política de buenos vecinos en la que “nosotros somos los buenos y ellos son los vecinos”, no surgieron gratuitamente. Es tremendamente difícil convivir tan de cerca con la única superpotencia que queda en el mundo. La presunta multipolaridad, que más bien parece una suerte de unipolaridad múltiple, nos sitúa en un plano de mayor vulnerabilidad. Y la dificultad estriba entre otras cosas en que a estas alturas del partido globalizado no es admisible la sentencia de Lerdo de Tejada de “entre el poderío y la debilidad, el desierto”. No podemos ni debemos encerrarnos en nuestra casa cuando las paredes se han desvanecido.
    No es un problema de personalidad colectiva sino de naturaleza humana. Entre los ciudadanos norteamericanos hay, como en todas las sociedades, gente buena, regular y mala. Es más, como admirador que soy de esa sociedad, me atrevo a decir que la gran mayoría de su gente es buena. Lo que sucede es que cuando un elefante trata con un puercoespín (J.D. dixit) difícilmente resiste la tentación de abusar de su fuerza. Y si el elefante anda armado y el puercoespín está anémico, peor. Ese es el caso del gobierno de Estados Unidos, que suele resolver sus diferendos internacionales de manera muy distinta a aquella con la que resuelve sus conflictos internos: mientras que su política interior es admirable su política exterior dista mucho de serlo. México lo sabe porque lo ha padecido en carne propia. Y aunque las individualidades arrojen luz --ahí está la dignificante anécdota entre dos tipazos como Thoreau y Emerson-- la sombra no acaba por disiparse.
    El realismo se impone. Pese a quien le pese, somos vecinos y socios y podemos ser amigos. La geografía no sólo es historia sino también realidad futura. Tenemos que aceptar nuestra vecindad y nuestra sociedad y esforzarnos por hacerla amistosa, justa y armónica, y en esa empresa la solución no es el aislamiento. Lo que hay que hacer es actuar con inteligencia y adoptar una posición digna para hacernos escuchar en los niveles pertinentes. En honor a la verdad, si bien en el tema de la inmigración indocumentada las autoridades de Estados Unidos se han endurecido, en cuanto a la relación entre el consumo y el tráfico de drogas han adoptado una postura un poco más autocrítica. De modo que hay que mantener bien abierta la puerta de la comunicación y el diálogo. Cuando un animal de ese tamaño no oye, hay que gritarle; si no hace caso, hay que jalarle la cola (no muy fuerte, que tampoco se trata de que nos caiga encima). Tarde o temprano tendremos que llegar a acuerdos mutuamente benéficos. Después de todo, el elefante es muy poderoso pero también está fatalmente destinado a dormir con el puercoespín.
 
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