Por: Marco Antonio Blásquez • Así nací periodista (II)
En marzo de 1981quedé formalmente ligado al periódico “El Universal” como “hueso”, denominación que se daba en las viejas redacciones a los auxiliares. Podría decir que mis primeros meses fueron difíciles… ir por tortas, sodas y cigarros cuando se está en la “edad de las vanidades” es afrentoso, pero mi amor por el periodismo me ayudó a entender que esa posición sería pasajera, un puente hacia la tierra prometida: ser reportero. Para entonces, las computadoras llegaban apenas a las redacciones. Eran unos monitores gigantescos de manufactura alemana marca “Harris”. El linotipo apenas había sido reemplazado por la fotocomposición. Los celulares y el internet eran todavía tema de ciencia ficción. El coordinador de ayudantes era un hombre de semblante duro, corte de soldado raso, Mario Calderón Dorantes, a quien apodaban “el maloso”. Era de pocas palabras. Sin embargo, conmigo se portaba amable y generoso. Cada vez que podía, en vez de darme la ayudantía, me colocaba en el turno de teletipos, en donde yo me sentía “el rey del mundo”, recibiendo, clasificando y distribuyendo los despachos informativos de las agencias mundiales como AP, UPI, AFP, Ansa, Reuter, etc. Además, el trabajo consistía en cambiar cintas y rollos de papel a los viejos y ruidosos receptores de color café oscuro. Dos veces “paré máquinas” . Cuando los atentados a Ronald Reagan y a Juan Pablo II. Antes de dirigirme a mi jefe de redacción con los despachos informativos, consulté con al menos 3 fuentes. Y todo resultó en éxito, en pocos meses mis jefes me ubicaron como un ayudante eficiente y responsable. Durante una guardia nocturna, unos compañeros me jugaron una broma con la intención de “bajarme de la nube”: grabaron una cinta de teletipo con la información de un supuesto accidente del entonces futbolista del momento, Evanivaldo Castro “Cabinho”, y la corrieron con créditos y confirmaciones por el aparato de UPI, la agencia de mayor credibilidad. Excitado por mi buena suerte y debido a que pasaba de la medianoche, no confirmé la información con otras agencias, y corrí hacia la oficina del coordinador técnico, quien ya había sido avisado por los autores de la broma. --¿Y a quién le importa ese negro? –me dijo en tono burlón. --Es el campeón de goleo… y aquí dice que “esta muy grave”, que “está a punto de morir…”. Al llegar a este punto del despacho, advertí la inconsistencia, la barbaridad a la que le había dado entrada. Observé el gesto de mi interlocutor y concluí que se estaban burlando de mí, pero lejos de culparlos, les agradecí que me hubieran puesto esa difícil prueba evitándome la tragedia de parar la rotativa en falso. El director general del periódico era Ariel Ramos Guzmán, un viejo regordete y fumador, que tenía arranques de ira demoledores. Nunca he vuelto a tratar con un jefe más gritón que ese. Un día Ariel decidió que yo debería ser el ayudante de la Mesa de Redacción. “Te quiero aquí, parado frente a la puerta. Si dejas entrar a una persona que no traiga gafete, entiende que es tu despido”, me instruyó. “Y una cosa más: si dejas entrar a alguien, ni voltees a verme, te vas a Personal y allí que te den tu finiquito. Y punto”. Con esa presión a cuestas, me convertí en un “bull dog” de la mesa de redacción. Reboté reporteros, fotógrafos, visitantes y uno que otro vendedor ambulante. Una noche se aproximó a la puerta un hombre distinguido, impecablemente vestido, de bigote negro tupido. Dos fornidos venían detrás de él. Lo “atoré” en la entrada, demandándole su gafete. --¿Gafete? –más que a mí, se preguntó a sí mismo. Cuando yo estaba a punto de revelarle a ese hombre la política de acceso a la Mesa de Redacción, un grito aterrador salió de la garganta del director Ramos: “¡Cabrón chamaco, déjalo pasar… es el patrón… en dónde traes la cabeza pinche ‘escuintle’…!”. Por Dios, creí terminada mi incipiente carrera de “periodiquero”, pero antes quise que la tierra me tragara. El catrín al que le había impedido el paso era el licenciado Juan Francisco Ealy Ortiz, dueño de la empresa, a quien había visto meses atrás por referencia del “Güero” Téllez Vargas, y cuyos rasgos francamente no recordaba. Ealy Ortiz tuvo una reacción inusual en los “caudillos periodísticos” de aquel tiempo. Cuando se supo sujeto a una regla de su cuadro directivo, me pidió amablemente que lo dejara traspasar por unos pasos el marco de la puerta. A lo que accedí. --¡Cállate, pinche gordo escandaloso! ¿Que no ves que este joven está siguiendo una instrucción tuya? Y para la otra vez que se te ocurra dar una orden de estas, ten la gentileza de mandarme un gafete. Cuando escuché la forma en que Ealy Ortiz le hablaba al dictador Ariel Ramos, me sentí a fuego cruzado. Y pensé: “si no me corre uno, me correrá el otro”. Pero ni yo mismo alcancé a calcular el beneficio que a mediano y largo plazo traería para mí el haber escapado ileso de “un choque de trenes”. A Ealy Ortiz me le quedé grabado como el “güerito” que no lo dejó entrar a su empresa, y a Ariel Ramos, como el ayudante que hizo valer sus órdenes inclusive por encima del dueño. Un lunes para amanecer martes, por allí de la 1 de la mañana, me encontraba acomodando los archivos y ordenando los escritorios. De repente escuché el saludo de mi coordinador de ayudantes, Mario Calderón “el maloso”. --Tengo una invitación a una disco de la Zona Rosa. Todos andan por allá. ¿Vamos? – me convidó. --¿Va a ir el señor Ramos? --Es el festejado, ¿cómo no va a ir? --Paso… si Ariel me ve en su fiesta me agarra a chingadazos. Ante la insistencia de mi jefe directo y con la promesa de estar sólo un rato, fuimos a la tertulia. Para mi suerte, cuando entramos al antro, completamente deslumbrados por las luces, fuimos a parar directamente a la mesa del festejado, quien al verme parece que vio al diablo… se produjo un tenso silencio. Le vi el entrecejo fruncido, la ceja levantada, la mirada grave y el acomodo en la silla de quien se apresta a levantarse en pos de una presa… Estaba reciente la historia del gafete y la regañada que el patrón le había dado enfrente de todos por “mi culpa”. Mi sorpresa fue minúscula cuando el ogro se puso de pie, exigió con ademanes contundentes que desalojaran un lugar junto a él para sentar allí a “su amigo”, “el güero” Blásquez. --Siéntate cabrón… Tú y yo tenemos que hablar… --Si señor Ramos, dígame usted --respondí mientras trataba de descifrar la inesperada cortesía del dictador. --¿Qué quieres ser en la empresa… dime qué quieres ser? –me interrogó arrastrando la lengua producto de cuatro o cinco escoceses. --Reportero, señor… quiero ser reportero. --Pues serás reportero, y muy chingón. Yo me voy a encargar de eso. Brindó conmigo, me abrazó fraternalmente. Y me pidió no beber más de dos copas. Y regresar a casa antes de las 3 de la mañana. Una semana después, me mandaron llamar de Personal para notificarme que a partir del lunes siguiente debería reportarme a la Sección Deportiva, en donde tenía reservado un puesto como “reportero suplente”. Me volví loco. Le hablé al “güero” Téllez Vargas, al doctor Alfonso Morales (el cronista de luchas, amigo cercano de mi familia). Le presumí mi nombramiento a mi padre, a mi madre, a mis abuelos, a mis hermanos. Me veía al espejo, que ya no era el mismo en el que me descubrí como narrador, y me arengaba a mí mismo: “¡pudiste, pudiste!”. Aquel lunes, no recuerdo si de julio o agosto de 1982 (15 meses después de mi ingreso formal al periódico), estuve seguro de que había pagado mi “derecho de piso” para buscar la oportunidad de ser reportero. Sabía que dejaba la ayudantía para siempre, y sentía que tenía al mundo frente a mí y que no habría más límites que los que yo mismo me impusiera. continuará...
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